ESPMALV 146*

Capítulo 146 – 🔞

Antes de que pudiera siquiera pensar en el significado de sus palabras, otro clímax se apoderó de Eileen. Sus manos temblorosas se aferraron a las sábanas y, sin darse cuenta, agarró el antebrazo de Cesare.

En el momento en que su frágil mano lo tocó, los músculos bajo su piel se tensaron. De alguna manera, la sensación de esa fuerza la tranquilizó. Eileen dejó escapar un leve gemido y arqueó la espalda, levantando las caderas para ayudarlo a penetrar más profundamente.

El impacto de sus cuerpos le enrojeció levemente la piel, y cada embestida brusca que le aplastaba las caderas le cortaba el aliento. Aturdida por la intensidad, gimió suavemente.

Su respiración era entrecortada y superficial, y su voz se le quebraba. Convulsionando de intenso placer, jadeó, y luego intentó disminuir la profundidad de sus embestidas abriendo las piernas.

Pero antes de que pudiera, el muslo de Cesare la bloqueó por completo. Lo único que pudo hacer fue apretar los dedos de los pies.

“Haa, hhh, ngh, es extraño… hii, realmente extraño, sigo… viniendom…”

El clímax no se detuvo; se repitió una y otra vez. Sentía que su mente se desmoronaba, tan destrozada que no sería extraño que perdiera la razón. El placer la invadió por completo.

Enloquecida, mordió con fuerza el dedo de Cesare que estaba a su alcance, dejándole pequeñas marcas de dientes.

Fue un acto desesperado de resistencia, pero para Cesare fue algo bienvenido. Gimió bajo y profundo, como si lo saboreara, y metió los dedos mordidos en su pequeña boca.

Su vientre ya se sentía hinchado por haberlo tomado, y con sus dedos llenando su boca también, era como si estuviera completamente llena de arriba a abajo.

Eileen volvió a hundir sus afilados dientes en su dedo, pero incluso eso se convirtió en parte de su caricia. La longitud de su interior se estremeció violentamente, desgarrándola con aún más fuerza.

Atrapada en la ola de clímax interminables que la atravesaba, Eileen ya no sabía qué hacer. Solo podía aceptarlo con impotencia, mientras su frágil hilo de consciencia se desvanecía.

La parte inferior de su cuerpo se estremeció con pequeños espasmos, temblando por completo. Su lengua se apretó bajo sus largos dedos, y ella dejó escapar un grito agudo al recibirlo.

Entonces, de repente, sintió que algo se desplomaba en su interior. El mundo se volvió negro, y su consciencia se apagó por un instante.

Cuando regresó, Eileen se dio cuenta de que estaba gritando como si estuviera muriendo, liberándose una vez más desde abajo.

“¡Haaaa!”

Aunque solo llevaba unos segundos inconsciente, se le puso la piel de gallina. Incluso se le erizaron los pelos de las mejillas y el cuero cabelludo. Cuando Eileen sacudió la cabeza con furia y se mordió los dedos, los movimientos de Cesare se suavizaron.

Pero esa delicadeza solo empeoró las cosas. Su cuerpo, acalorado y perdido en el deseo, ansiaba una estimulación más intensa, no suavidad. El leve placer que él le proporcionaba no podía extinguir el fuego que se aferraba a su piel. Entre lágrimas, Eileen suplicó:

“Señor… Cesare, m-más…”

Su lengua, apretada, le hacía arrastrar las palabras. Llorando desconsoladamente, extendió la mano hacia atrás con dedos temblorosos, rozando levemente su muslo con las uñas. Su súplica, entre sollozos, se derramó entre gemidos.

“Por favor… más…”

Cesare soltó una breve carcajada, y de inmediato le agarró ambas muñecas y las sujetó. Y entonces empezó a embestir con fuerza de nuevo. El implacable embestida hizo a Eileen gemir como un animalito.

“Ah, ah, sí, sí, ngh, ¿qué hago? ¡Se siente tan bien…!”

El placer era demasiado fuerte para resumirlo en la palabra ‘bueno’. Sin embargo, no tenía otra palabra para describirlo, así que simplemente exclamó que se sentía bien, jadeando en el delirio.

El cuerpo de Eileen, tembloroso y sumido en el placer, se reflejó en los ojos carmesí de Cesare, tranquilos y hundidos. Su rostro se contrajo; él también estaba abrumado por un placer inconmensurable.

El éxtasis que sintieron unidos en sus lugares más íntimos y profundos era insoportable. Cada reacción de Eileen provocaba aún más a Cesare, porque esto, más que nada, era la prueba de que estaba viva, en el sentido más carnal posible.

Cuanto más se entrelazaban sus cuerpos, más profundamente lo absorbía Eileen. Aunque las oleadas de placer la hacían temblar de agotamiento, lo aprovechó al máximo porque provenía de él. A diferencia de su habitual timidez y vigilancia, se reveló por completo y anheló a Cesare con una sinceridad sin reservas.

“¡Ha, ah, Señor Cesare…!”

Sus ojos sólo miraban a Cesare; no podía ver nada más, no podía pronunciar ningún nombre excepto el de él.

El placer era tan intenso que la mareaba, casi sucio en su intensidad. El cabello que antes llevaba recogido con pulcritud estaba largo y suelto, un revoltijo enredado. Sus orejas, que asomaban entre los mechones, estaban de un rojo intenso, y la visión de sus hombros y pecho ruborizados de placer lo deleitó.

Incapaz de resistirse, le mordió el borde de la oreja. Eileen giró la cabeza y, de repente, lo besó primero. Tal como Cesare le había enseñado, lamió y mordisqueó sus labios antes de introducir la lengua.

En ese momento, Cesare ya no pudo contenerse. Un gemido de dolor se le escapó al tiempo que su cuerpo se ponía rígido. Desde la base de su miembro, una presión pesada y dolorosa se elevó hacia arriba.

“¡Ah, hhnngh…!”

Eileen dejó escapar un tembloroso gemido de expectativa al sentirlo dentro de ella, ella ya conocía el placer de ser llenada en su punto más profundo.

Con sus muñecas aún sujetas por el agarre de Cesare, ella enredó su lengua con la de él, lentamente, con avidez, mientras absorbía la semilla que él derramaba dentro de ella.

Con los ojos entreabiertos durante el beso, levantó lentamente los párpados. Él no había cerrado los ojos en absoluto; durante todo el beso, la había estado observando.

Incluso después de su liberación, Cesare no se retiró. Simplemente apoyó su peso sobre ella, presionándola contra sí.

Su pecho, húmedo de sudor, rozaba la línea de su espalda y la cubría por completo. Visto desde arriba, solo se habría vislumbrado un atisbo de su cabello.

“…Eileen.”

La llamó por su nombre, presionando sus labios contra su mejilla sonrojada, y comenzó a moverse lentamente de nuevo. Aunque ya había terminado, su miembro la rozó, provocándole un placer lento y sordo. Sintiendo la calidez de sus labios contra su mejilla, Eileen separó los suyos.

“Señor Cesare…”

Un clímax débil y lánguido recorrió su cuerpo. Dejó escapar un gemido débil y suspiró, temblando con pequeños escalofríos.

No podía hacer nada más. No tenía fuerzas ni para mover un dedo del pie, apenas la voluntad para mantener los ojos abiertos. Cuando sus párpados finalmente cayeron, Eileen se quedó dormida, desmayándose como si se deslizara hacia el olvido.

★✘✘✘★

Al despertar, todo a su alrededor, y su cuerpo, ya estaba en orden. Eileen yacía allí con un camisón limpio, su piel impecable, sin rastro de fluidos.

Al recobrar el sentido, sintió calor en la mejilla. Cesare tenía la cabeza de ella apoyada en su regazo y leía un libro.

La tenue luz del amanecer se filtraba suavemente por la habitación. Eileen, aturdida por el ensueño, creyó que era un sueño y miró a Cesare. Cuando él bajó la vista del libro hacia ella, se miraron en silencio un rato.

Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se acostó con él. El espacio que antes se sentía tan amplio cuando estaba sola ahora parecía, de alguna manera, lleno. Era una extraña plenitud, pero agradable.

Aún pensando en lo onírico que parecía todo, Eileen miró a Cesare aturdida. Sentía el cuerpo pesado por la fatiga, y su mente tardaba en despejarse tras la violencia de su anterior intimidad. Cesare extendió la mano y le acarició la frente.

“Dijiste que querías un día para ti”.

Sus largos dedos rozaron su mejilla, el ligero toque tan suave como una hoja recién brotada.

“¿Has decidido qué quieres hacer con ello?”

Como su voz era tan suave, el momento parecía aún más irreal. Eileen negó lentamente con la cabeza.

Sin decir palabra, Cesare le pasó los dedos por el pelo. Los mechones, que brillaban con su sutil color, se enroscaban y desenrollaban entre sus dedos mientras jugaba distraídamente con ellos. Luego preguntó con ligereza, como de pasada:

“¿Viajamos? Un día o dos.”

Medio dormida, Eileen parpadeó para despertarse. Quiso abrir bien los ojos, pero le pesaban demasiado los párpados.

«Viajar…?»

Su voz, áspera por el sueño, le sonó desagradablemente en los oídos, y cerró la boca rápidamente. La mano que había estado jugueteando con su cabello se deslizó hasta sus labios. Presionando el centro de sus suaves labios con la yema de un dedo, susurró en voz baja:

«Si quieres.»

“Cuando te hayas recuperado, Señor Cesare…”

No quería perder el tiempo ganado por su lesión. Ante su inmediata negativa, Cesare soltó una leve carcajada. Al ver cómo se alzaba la comisura de su boca, Eileen volvió a separar los labios.

“…Señor Cesare.”

Su lengua rozó la punta de su dedo mientras hablaba, enviando un leve escalofrío a través de su cuerpo.

“Lo que me daba curiosidad… quiero preguntarlo ahora.”

Cesare se limitó a sonreír en silencio, como si ya supiera que ella lo interrogaría en el momento en que despertara.

Quizás fue por esa mirada fija en ella, pero el extraño pensamiento que la había visitado antes comenzó a presionarla insistentemente nuevamente.

Eso no puede ser cierto. Fue un pensamiento arrogante y absurdo… y sin embargo…

Sentía que todo lo que Cesare hacía era, de alguna manera, por ella. Incluso el hecho de que hubiera terminado con un cuerpo inamovible.

Si hubiera sido ella misma, su mente habría detenido semejante tontería. Pero ahora sus pensamientos eran suaves y borrosos, el aire onírico le aflojaba los labios. Las palabras se le escaparon antes de que pudiera detenerlas.

“No es por mí, ¿verdad? Que usted… se volvió así, Señor Cesare…”

La respuesta no llegó de inmediato. El silencio se prolongó. Eileen, esperando, luchó con todas sus fuerzas contra la somnolencia que la invadía de nuevo. Justo antes de que volviera a hundirse, recibió una respuesta silenciosa.

«Por supuesto que no.»

Fue la primera mentira que Cesare le dijo.

 

 

Retroceder Menú Novelas Avanzar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio