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Capítulo 17. El futuro tirano, Dantellion (2)

—Dia, mamá irá a visitar al abuelo un ratito.

—Mmm.

Asentí obedientemente ante las palabras de Verónica. Cuando ella se apartó, Sofía se acercó a mí de manera natural.

Miré de reojo a Verónica mientras salía de la habitación.

Por más que lo pensara, aquello me parecía extraño. ¿Por qué el duque llamaría a Verónica a estas horas?

Desde que llegamos a la residencia ducal de Winston, ni Verónica ni yo habíamos hecho absolutamente nada.

Tal vez el duque y los demás miembros directos de la familia consideraban que habíamos sufrido bastante en la residencia del marquesado y simplemente querían que descansáramos y disfrutáramos de nuestra estancia.

Seguramente, Cedric solo le había contado a Verónica su amenaza, hecha con aires de suficiencia, de iniciar una guerra territorial. Después de todo, lo había mencionado cuando yo estaba en mi habitación con Sofía.

Por eso, aquella convocatoria resultaba demasiado sospechosa. Sin duda, estaba ocurriendo algo. Estaba segura.

—Demonio, sigue a Verónica y escucha a escondidas su conversación.

[¡¿Qué?! ¡¿Maestra?! ¡¿Qué crees que soy?!]

—Pues, obviamente…

[No, no hace falta que lo digas.]

Desmond, que estaba a punto de montar en cólera, de repente se desanimó cuando intenté responderle sin rodeos.

De verdad, sus emociones eran una montaña rusa.

Chasqueé la lengua y continué:

—Parece que van a hablar de algo importante, así que ve rápido a escuchar.

[Ugh, pero ese tipo de la Espada Maestra me da un poco de miedo.]

—¿Ah, sí?

Así que eso era. Le tenía miedo al duque de Winston.

Murmuré, dejando que se notara mi decepción.

—Te la pasabas presumiendo de ser un archidemonio, pero parece que ni siquiera puedes hacer nada contra un Maestro de la Espada.

[Bueno…]

—Vivi dijo que incluso podía bloquear el ataque de un Maestro de la Espada, pero tú…

[¡Grrr!]

Tal como esperaba, compararlo con Vivi hizo que Desmond se frustrara tanto que no supiera qué hacer.

Fingí no darme cuenta y seguí pinchándole el orgullo.

—Bueno, no importa. Si es demasiado difícil para ti, no tienes que hacerlo. Estoy segura de que Vivi lo haría mucho mejor.

[¡Por supuesto! Si se trata de una orden de mi ama, ¡naturalmente…!]

[¡Oye! ¡Cállate!]

[¡Aaah!]

Desmond se levantó de golpe y empujó a Vivi hacia un lado. Vivi chilló y cayó al suelo.

Claro que, para cualquiera que los viera, aquello no habría parecido más que una pelea entre dos peluches. Por suerte, Sofía se había ausentado para traer algo de comer y no presenció la escena.

[¡Bruto violento! ¡¿Quieres pelear conmigo?!]

[¡Pervertido! ¡¿Crees que puedes quitarme mi trabajo?! ¡Ni lo sueñes!]

[¡Ja! ¡Entonces ve de una vez! ¡Si hace un momento estabas casi llorando de miedo!]

[¡¿Cuándo he llorado yo?! ¡Qué criatura tan insolente!]

Aunque el ruido en mi cabeza empezaba a ser un poco molesto, gracias a las excelentes provocaciones de Vivi, conseguir que Desmond me obedeciera resultaba sencillo.

Además, probablemente debido a sus habilidades, Desmond era mejor que Vivi para escuchar conversaciones a escondidas.

[¡Está bien! ¡Volveré enseguida, mi ama!]

—De acuerdo. Que te vaya bien.

Desmond se marchó rebosante de confianza. Al mismo tiempo, el osito de peluche que lo albergaba se desplomó como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos.

La verdadera forma de los demonios eran sus joyas, pero, una vez que tenían un contratista, podían desplazarse libremente a cualquier lugar.

Su apego a los cuerpos físicos se debía a su deseo de permanecer en el Reino Intermedio. Normalmente, no tenían una forma corpórea en este mundo y se desplazaban como seres incorpóreos. Después de todo, sus verdaderos cuerpos estaban en el Reino Demoníaco.

Por eso podía enviar a Desmond al norte o al oeste como si fuera una paloma mensajera. Y ahora lo había mandado a seguir a Verónica para que escuchara a escondidas su conversación con el duque.

—¡Ta-dá! ¡Aquí están los bocaditos!

—¡Guau!

Mis ojos brillaron al ver lo que Sofía había traído.

Como merienda después de comer, había traído madeleines y pastel de chocolate, los dulces favoritos de la Claudia original.

Por suerte, a mí también me gustaban, así que podía disfrutar de ellos con toda la alegría del mundo.

—Como se tomó bien su medicina, esto es su recompensa.

—Mmm.

—Pero tenga cuidado de no comer demasiado, o le dolerá la pancita.

—Mmm, está bien.

Sofía, que siempre se preocupaba por mí, comenzó a darme un pequeño sermón. Dejé que sus palabras me entraran por un oído y me salieran por el otro mientras estiraba la mano para tomar una madeleine.

[Ahhh, qué delicioso se ve. A veces me arrepiento de haber elegido un cuerpo de juguete para ocasiones como esta.]

¿No fuiste tú quien dijo que te gustaban los muñecos?

[Uuuh, sí, es verdad, pero aun así…]

Vivi se quejó a mi lado y se dejó caer, desanimada. Así de deliciosas eran las madeleines de la residencia ducal. Sonreí, satisfecha.

Ahora bien, ¿cuánto más deliciosa sería la información que Desmond trajera consigo?

Esperé con entusiasmo, curvando los labios en una sonrisa.


—¿Me llamó, padre?

—…Sí.

El duque de Winston observó en silencio a Verónica mientras entraba en su despacho.

Cuando Verónica había llegado a la residencia con Claudia hacía poco, tenía un aspecto sumamente demacrado y lamentable. Sin embargo, ahora parecía mucho más tranquila.

Al comprobarlo con sus propios ojos, el duque de Winston dejó escapar un suspiro de alivio.

—Uf…

—¿Ocurre algo?

Pero el suspiro del duque hizo que Verónica se sintiera inquieta.

¿Acaso Cedric Lionel había vuelto a amenazarla?

Verónica se mordió el labio. Desde que lo había conocido, se arrepentía de todo.

Lo único de lo que no se arrepentía era de haber tenido a su adorable hija, Claudia.

Era inevitable que Verónica sintiera culpa hacia el duque de Winston.

Por fortuna, el duque quería y consentía a Claudia incluso más que a sí mismo. Aun así, eso no borraba el hecho de que Verónica había ignorado sus advertencias y preocupaciones.

—Beri.

—Sí.

Verónica se puso tensa cuando el duque la llamó. Si Cedric había vuelto a provocarlos…

Y si pronto estallaba una guerra territorial, ¿qué debía hacer ella? Sin darse cuenta, Verónica cerró los ojos con fuerza.

—Su Alteza Imperial, el príncipe heredero, ha llegado.

—…¿Qué?

—No se trata de una visita oficial. Lo hemos alojado en el pabellón de invitados, tal como él lo solicitó.

—…¿?

Verónica quedó desconcertada ante aquella noticia tan inesperada.

¿El príncipe heredero? ¿Su Alteza Imperial, el príncipe heredero?

Mientras intentaba asimilarlo, de pronto recordó algo que ya parecía un recuerdo de un pasado muy lejano.

Verónica había conocido por primera vez al príncipe heredero, Dantellion Noah Sylvester, cuando tenía más o menos la edad que Claudia tenía ahora.

En la época en que el difunto emperador y la emperatriz aún vivían, el imperio era un lugar extraordinariamente pacífico.

Por aquel entonces, Verónica vivía con su familia en una casa adosada que tenían en la capital. Vincent era invitado con frecuencia para jugar con Dantellion, que en aquel entonces todavía era un príncipe.

Un día, Verónica acompañó a Vincent y conoció a Dantellion. Como no tenía hermanos, a Dantellion le parecía curioso que Vincent quisiera tanto a Verónica.

Los tres se hicieron amigos de manera natural. Dantellion trataba a Verónica como si de pronto hubiera conseguido una hermanita. Para la pequeña Verónica, era como tener otro hermano mayor.

Pero ¿por qué él…?

Verónica había recordado por un instante aquellos días de su infancia, cálidos y apacibles, pero de pronto volvió en sí y se preguntó mentalmente.

Aquel tiempo tranquilo y acogedor había pasado demasiado rápido.

Después de que los antiguos emperador y emperatriz fallecieran en un accidente repentino, muchas cosas cambiaron con rapidez. Para cuando Verónica tuvo edad suficiente para asistir a su baile de presentación en sociedad, se había vuelto difícil encontrarse con Dantellion.

La última vez que lo vio fue durante el banquete organizado con motivo de su partida hacia el oeste. Apenas se encontraron por un momento.

De eso habían pasado ya siete años.

—Es muy repentino.

—Así es.

—¿Por qué ha venido Su Alteza?

—Bueno… él está al tanto de tu situación.

—¿Qué?

Verónica se sorprendió muchísimo al escuchar al duque.

¿Dantellion conocía su situación? ¿Sabía que estaba intentando divorciarse de Cedric? ¿O incluso estaba enterado de que Cedric amenazaba con iniciar una guerra territorial contra el norte?

Al ver lo confundida que estaba Verónica, el duque añadió:

—Y ha dicho que quiere ayudarnos.

—¿Su Alteza?

—Sí.

—…

Sinceramente, si el príncipe heredero los ayudaba, todo sería mucho más sencillo.

La casa ducal de Winston había mantenido la neutralidad política desde hacía generaciones. Sin embargo, el matrimonio de Verónica con Cedric, quien pertenecía a la facción de la emperatriz viuda, estuvo a punto de quebrantar ese principio.

Ahora que Verónica quería divorciarse de Cedric, aceptar la ayuda del príncipe heredero volvería a poner en peligro aquella neutralidad. Aun así, el duque también había llegado a la conclusión de que sería imposible resolver este asunto sin el apoyo de una facción imperial.

Por supuesto, tendrían que ofrecer algo a cambio.

Al comprenderlo, Verónica preguntó con expresión sombría:

—¿Qué pidió Su Alteza a cambio?

—Yo también pensé que pediría algo.

—…¿?

El duque murmuró y dejó escapar un grave sonido de preocupación. Verónica lo miró, desconcertada.

El duque ya había conversado una vez con el príncipe heredero aquella madrugada, poco después de su llegada.

Sin embargo, todavía no lograba comprender sus intenciones. Frunció el ceño y finalmente habló.

—Dijo que no quiere nada.

—¿Qué?

¿Que no quería nada? ¿Cómo podía ser eso posible?

Al escuchar las palabras del duque, Verónica sintió una profunda desconfianza.

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