Capítulo 18. Una sospechosa atmósfera romántica
Estaba segura de que, a cambio de su ayuda, pediría que colaboraran con él para derrocar a la emperatriz viuda y asegurar su ascenso al trono.
No podía haber otra razón para que el príncipe heredero, que estaba reuniendo fuerzas en el oeste, viajara hasta el lejano norte para hacer semejante propuesta.
La casa ducal de Winston estaba a la cabeza de los nobles políticamente neutrales. El matrimonio de Verónica había puesto en peligro la posición del duque por un tiempo, pero él había mantenido su postura con obstinación.
En aquel momento, los nobles del imperio estaban divididos entre quienes apoyaban a la emperatriz viuda y quienes respaldaban al príncipe heredero. En cuanto a los nobles que quedaban, supuestamente neutrales, en realidad solo observaban a ambos bandos y esperaban a ver hacia dónde soplaba el viento.
En esas circunstancias, conseguir el apoyo de la casa ducal de Winston no sería un mal negocio para el príncipe heredero.
Y, sin embargo, había dicho que no quería nada a cambio. No sabía si estaba ocultando deliberadamente sus verdaderas intenciones o si hablaba en serio.
—Además, dijo que quería verte.
—¿A mí?
—Sí. Tenía pensado regresar al oeste sin siquiera reunirse con Vincent.
—…
Verónica estaba tan desconcertada como el duque.
Ya no entendía cuáles eran las intenciones del príncipe heredero. ¿Qué querría decirle personalmente? Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se habían visto que incluso su rostro se había vuelto borroso en su memoria.
Aun así, no tenía motivos para rechazarlo. En ese momento necesitaba desesperadamente la ayuda del príncipe heredero.
Verónica separó los labios, que había mantenido apretados, y asintió con determinación.
—Sí, me reuniré con él.
—Si Su Alteza te hace alguna petición extraña…
—De todos modos, no hay nada que pueda decidir por mi cuenta.
Ante la respuesta serena de Verónica, el duque dejó escapar un pequeño gemido de preocupación.
Verónica ya tenía antecedentes de hacer algo así. A pesar de su firme oposición, había terminado casándose con aquel desgraciado de Cedric.
Además, el príncipe heredero con quien se había reunido esa madrugada también le parecía sospechoso. Hacía muchísimo tiempo que el duque no conversaba con él en privado.
Antes de partir hacia el oeste, el príncipe heredero todavía tenía un rostro juvenil, casi infantil. Verlo regresar convertido en un joven plenamente adulto lo había desconcertado en secreto.
Ahora que lo pensaba, ¿no se decía que el príncipe heredero también había alcanzado el rango de Maestro de la Espada durante la guerra?
En el imperio solo había tres Maestros de la Espada. El duque nunca se había sentido amenazado por Cedric, a pesar de que también era un Maestro de la Espada.
Pero el príncipe heredero era diferente. Durante toda su conversación a solas, el duque no había podido librarse de una extraña sensación de tensión.
Espero que no ocurra nada malo.
El príncipe heredero se había mantenido sereno durante toda la conversación, pero su mirada se volvía especialmente intensa cada vez que hablaban de Verónica. Por alguna razón, aquella mirada también le resultaba inquietante al duque.
Se aclaró la garganta con incomodidad y frunció el ceño.
¿Qué demonios es esto?
Fruncí el ceño ante aquel giro inesperado mientras escuchaba en tiempo real la conversación entre el duque y Verónica.
Yo era quien había enviado una carta a Dantellion, al campamento militar donde se encontraba en el oeste.
En realidad, el contenido no tenía nada de extraordinario. Solo había mencionado dos cosas: que Verónica estaba a punto de divorciarse de Cedric y que el divorcio sería difícil porque tanto el propio Cedric como la emperatriz viuda se oponían.
Pensé que, con solo leer aquello, el calculador Dantellion se daría cuenta de las ventajas que podía obtener en el norte si ayudaba a Verónica a divorciarse de Cedric.
Y, tal como había esperado, Dantellion había ido a visitar al duque. Pero todo lo demás estaba completamente fuera de mis cálculos.
Este tipo… No me digas que…
Después de pensarlo detenidamente, llegué a una conclusión que me hizo arrugar el rostro de golpe.
Primera pista.
En la novela original, después de la muerte de Verónica, Dantellion se convirtió en un tirano sin precedentes y atormentó a los protagonistas como si quisiera matarlos.
Incluso había llegado a sospechar que el autor lo había creado a toda prisa como villano porque, tras desaparecer Verónica, la villana original, ya no quedaba ningún personaje que cumpliera ese papel.
¿Por qué? Porque Dantellion no tenía motivos para odiar tanto a los protagonistas.
Era exagerado afirmar que los perseguía simplemente porque Cedric pertenecía a la facción de la emperatriz viuda. Después de todo, Dantellion trataba con bastante generosidad a los demás nobles que también apoyaban a la emperatriz viuda.
Segunda pista.
Después de leer la nota que describía la situación de Verónica, Dantellion había corrido hasta el norte.
Y, en lugar de negociar con el norte, se estaba comportando como un completo ingenuo. No quería nada a cambio. Solo quería ver a Verónica una vez antes de regresar.
Bueno, Verónica sí que es absurdamente hermosa.
La mujer más hermosa de todo el universo de la novela, reconocida oficialmente como tal por el propio autor, era nada menos que mi madre en esta vida: Verónica Winston.
No, ese no es el punto importante.
Sacudí la cabeza con energía.
En fin, al juntar esas dos pistas, la conclusión era evidente: Dantellion se había enamorado de Verónica.
Y tenía motivos de sobra. El rostro de Verónica bastaba para justificar cualquier cosa dentro de la trama.
Pero debía abordar el asunto con cuidado. La vida de todos nosotros estaba en juego.
Por ahora, ¿qué tal si escucho la conversación entre Dantellion y Verónica y luego lo pienso un poco más?
Después de ordenar mis pensamientos, asentí para mis adentros y me concentré en la conversación de ambos.
Poco después, escuché la voz de Verónica cuando se reunió con Dantellion.
—Ha pasado mucho tiempo, Su Alteza.
—Ah.
Verónica lo saludó con serenidad y levantó la cabeza.
No escuchó la respuesta que normalmente habría esperado de la persona sentada frente a ella, pero no le dio importancia. Simplemente se quedó mirando en silencio a Dantellion, quien había pedido verla.
—Ah, sí. Ha pasado mucho tiempo.
—…
Sorprendentemente, las primeras palabras de Dantellion fueron cálidas y familiares.
Por eso, Verónica no pudo evitar recordar más momentos de su infancia.
Las meriendas que compartía con Vincent y Dantellion en los jardines del palacio imperial. La vez que exploraron los enormes jardines y ella terminó separándose de los otros dos y rompiendo a llorar desconsoladamente.
Verónica soltó una risita sin darse cuenta.
—Je, je.
—…¿?
—Sigues siendo el mismo, ¿verdad, hermanito?
Llamar «hermanito» a Dantellion, que antes había sido un príncipe y ahora era el príncipe heredero, se consideraba una falta de respeto. Ni siquiera Verónica, hija de un duque, estaba exenta de esa regla.
Pero Dantellion había insistido tanto que la pequeña Verónica no había podido negarse.
Al final, aquel apelativo se había convertido en un secreto que solo compartían los tres. Los ojos de Verónica adquirieron un aire nostálgico.
—La verdad, no pensé que recordaras aquellos tiempos.
—¿Cómo podría olvidarlos?
—Ja, ja…
Por supuesto, era cierto que durante un tiempo los había olvidado. Había vivido lejos de Dantellion durante tantos años…
Pero la memoria humana era algo curioso. Ambos habían crecido y de su aspecto infantil apenas quedaba nada. Aun así, ahora que estaban frente a frente, los recuerdos de aquellos días comenzaron a regresar uno tras otro.
Sus cortos rizos dorados y sus ojos de un azul intenso, tan profundos como un lago. Su rostro, iluminado por una sonrisa amable, seguía siendo tan gentil como antes.
Verónica se sintió tonta por haberse puesto nerviosa. Sospechar que alguien como él podía ocultar otras intenciones era absurdo.
—Menos mal. Me preocupaba tener que llamarte «lady Verónica» y que todo resultara incómodo.
—No creo que fuera tan malo. ¿Quieres probar a llamarme así?
—Ja, ja… ¿Qué tendría que hacer para que me perdonaras?
—Je, je, je.
Dantellion también se rio y le respondió en el mismo tono juguetón. La risa de Verónica se hizo aún más sonora.
De verdad, parecía que hubieran regresado a su infancia. Era increíble que unas cuantas palabras bastaran para hacerla sentir así.
Sí, estaba segura de que alguna vez había disfrutado de una época tan cálida y tranquila.
Habían pasado tantos años que había terminado por olvidarla.
Los ojos de Verónica se ensombrecieron.
—Beri, me he enterado de lo que te ha ocurrido. Lo siento. Estaba en un lugar aislado de las noticias del exterior y me enteré demasiado tarde.
—No pasa nada, hermanito. Yo tampoco he podido ayudarte en todo este tiempo.
—…Quiero ayudarte ahora, al menos.
—…
Tal vez fueran palabras trilladas, pero Verónica percibió la sinceridad de Dantellion.
Quizá estaba utilizando el rostro familiar de su amigo de la infancia para engañarla. Sin embargo, no había ninguna razón para que se tomara tantas molestias.
—¿De verdad no quiere nada a cambio?
—…
Ante la pregunta de Verónica, Dantellion la miró fijamente.
Había algo extrañamente ardiente en su mirada, y Verónica no pudo evitar estremecerse un poco. Dantellion abrió lentamente los labios.
—Quiero que seas feliz, Verónica.
—…
—Eso es todo.
Después de aquello, ninguno de los dos pudo decir nada durante un buen rato.
—…
¿Qué es esto?
Me quedé estupefacta mientras escuchaba cada palabra de la conversación entre Verónica y Dantellion.
¿Qué demonios es esta atmósfera?
Hasta alguien que nunca hubiera leído la novela original podría darse cuenta.
La frase decisiva había sido: «Quiero que seas feliz». Era exactamente lo que diría un hombre profundamente enamorado y condenado a un amor no correspondido.
De verdad, ¿quién iba a imaginar que aquel aterrador tirano estaba enamorado en secreto de Verónica?
¿Quién habría pensado que un hombre violento que actuaba como si no conociera las emociones podía ser un romántico tan entregado?
Para alguien que había leído la novela original, aquello era un golpe impactante.
Tenía ganas de agarrarlo por el cuello y sacudirlo mientras gritaba: «¡Señor, ¿quién es usted?! ¡¿QUIÉN ES USTED?!»
—Uf.
Más o menos me lo había esperado, pero aun así fue impactante. Dejé escapar un pequeño suspiro de asombro.

