Capítulo 180 – La mejor defensa es el ataque (1)
Cyrus probablemente aún no había llegado al Reino de Wapien. Le preocupaba que ocurriera algún incidente grave antes de que él reencontrara a los antiguos Caballeros Negros, que pudiera perjudicarlo de alguna manera.
Geor miró fijamente a Arianna, que estaba absorta en sus pensamientos, y luego abrió la boca.
“Arianna.” (Geor)
Arianna lentamente abrió los ojos.
“Haz lo que quieras.” (Geor)
Una leve arruga se formó entre sus bonitas cejas. Arianna se mordió el labio inferior y dijo.
“No quiero hacerle daño a nadie.”
“¿Te refieres al Señor del Norte?” (Geor)
“A él también.”
“No te preocupes por nosotros.” (Geor)
“¿Cómo no voy a preocuparme? Somos familia.”
“Tiene sentido, precisamente porque somos familia.” (Geor)
Una mano se extendió sobre la mesa y se posó sobre la de Arianna. A diferencia de Cyrus, una cálida sensación presionó suavemente el dorso de su mano.
Los ojos color amatista la miraron fijamente.
“Porque somos familia.” (Geor)
Su corazón dio un vuelco, ya que él parecía sugerir que afrontarían las consecuencias juntos. Aunque había recibido afecto durante los cuatro años que pasó con la familia White, aún sentía lo mismo.
“¿Y Averaster?”
“Solo estoy esperando tus instrucciones.” (Averaster)
“Bien, entonces… Haré lo que me plazca.”
Una suave sonrisa se dibujó en los labios de Geor.
“Sí, hazlo.” (Geor)
Tras explicarles a Geor y Sini lo que debían hacer, Arianna llamó a Louis.
“Louis, por favor, dile al Gran Señor del Norte que se cuide, ya que podrían surgir problemas antes de lo previsto.”
“Princesa Consorte, si pudiera esperar un poco más…” (Louis)
«Piensa solo en tu propia lucha».
“No, no creo que debamos perder más tiempo. Entraremos al Palacio Imperial en cuanto terminen los preparativos.”
Ariana parecía tan decidida que Louis ya no pudo disuadirla.
Después de que Louis se marchara, Arianna se dirigió a la ventana. Salió a la terraza y contempló la puesta de sol, recordando los veintiocho años infernales que había soportado durante su vida pasada. Los momentos de soledad, cuando tenía que caminar sola por un sendero desolado, sin una pizca de calor, permanecieron vívidos en su memoria.
<“Solo piensas en tu propia lucha.”> (Cyrus)
Quizás Cyrus dijo eso porque preveía que las cosas terminarían así.
‘Bien, ahora es el momento de poner fin a mi lucha.’
Los haré atravesar un infierno del que no podrás escapar, tal como me lo hicieron a mí.
***
Cyrus y su grupo se movían muy rápido, así que recibieron el mensaje de Louis con un poco de retraso.
El rostro de Cyrus se contrajo al desenvolver y leer la carta que colgaba del tobillo del águila posada en su hombro. Andrei, que bebía agua, preguntó:
“¿Qué ocurre?” (Andrei)
“Dicen que el Emperador ha emitido un decreto imperial.”
“¿Un Decreto Imperial? ¿Qué decreto?” (Andrei)
“El matrimonio de Arianna White y el Quinto Príncipe Puniken Blenwit.”
Andrei e Isaac se quedaron boquiabiertos. Isaac, apenas recomponiéndose, tomó la carta de la mano de Cyrus y la leyó.
“¿Qué disparate es este? ¿Por qué el Emperador se entromete en el matrimonio de otra persona? ¡Debería ocuparse de sus propios asuntos con respecto a la boda de la Princesa! ¿Acaso ha se ha vuelto senil?” (Isaac)
“La Princesa Consorte se encuentra en una situación difícil.” (Andrei)
“Andrei, esto no es un asunto menor. Para revocar este decreto imperial, no queda más remedio que darle la espalda al Imperio.”
“El Gran Señor del Oeste ha estado actuando de forma sospechosa últimamente, así que también será difícil lidiar con el Imperio.” (Andrei)
Andrei ya anticipaba una guerra con el Imperio.
Cyrus se quedó de pie con los brazos cruzados, palmeándose el antebrazo mientras se sumía en sus pensamientos.
¿Qué pudo haber sucedido? ¿Por qué el Emperador emitió de repente un decreto imperial tan irracional? Debe saber lo que los nobles murmurarán sobre esa orden y también debe saber que el Gran Señor del Este estará furioso.
‘Es la guerra o la sumisión. Si se somete, Arianna se convertirá en miembro de la Familia Imperial, así que cree que eso le permitirá ganarse por completo el control del territorio Este.’
Debe haber alguien que haya cegado los ojos y los oídos del Emperador.
‘¿Será el Gran Señor del Oeste? ¿O será el Tercer Príncipe?’
‘Podría ser Victoria. El Quinto Príncipe tiene un temperamento difícil, así que la vida matrimonial con un tipo así no será fácil. Era el tipo de pensamiento que le habría pasado por la cabeza a esa mujer. Pero Victoria no se lo habría dicho directamente al Emperador… ¿Acaso la Consorte Real Aiela tomó medidas?’
Él había decidido a quién eliminar en caso de una lucha inevitable. Cyrus miró a los Caballeros Negros que esperaban sus órdenes.
Los Caballeros Negros se encontraban en el Territorio del Norte.
“Cyrus. Regresemos al Imperio.” – Andrei, percibiendo el conflicto interno de Cyrus, habló con firmeza.
“Los asuntos de la Princesa Consorte son la máxima prioridad.” (Andrei)
Cyrus tomó una decisión ante la mirada firme de su amigo.
“No. Ustedes dos procedan según lo planeado. Asegúrense de encontrar a los anteriores Caballeros Negros en la tierra de Wapien. Estarán prisioneros en algún lugar, como antes, así que busquen en las ruinas selladas de Paganus. Yo regresaré al Imperio.”
“Es peligroso que estés solo.” (Andrei)
“El trabajo de Arianna es mi máxima prioridad.”
Cyrus le dio una palmada en el hombro a Andrei.
“Todos los problemas de Arianna son míos. No te los voy a pasar.”
***
La mansión Bronte estaba sumida en la oscuridad.
Victoria había estado usando hierbas venenosas en el Príncipe Heredero y en la Princesa Heredera, pero la situación estaba a punto de complicarse porque Rachel había envenenado a Arianna. Contrató a alguien para que localizara al mayordomo al que Rachel había sobornado, pero pasaron varios días sin buenas noticias.
Se enteró de que Arianna, que llevaba un tiempo debatiéndose entre la vida y la muerte, finalmente se había desintoxicado con éxito y había abierto los ojos hacía dos días, pero aún no podía relajarse.
Aunque Arianna hubiera despertado sana y salva, el hecho de que la hubieran envenenado en presencia del Emperador representaba una amenaza constante y un desafío a la autoridad imperial. El Emperador, desconfiado y temeroso, jamás dejaría pasar por alto un incidente en el que uno de los suyos casi hubiera muerto delante de él.
Victoria y Rachel pasaron varios días sin poder beber siquiera un sorbo de agua. De vez en cuando, al lograr conciliar el sueño, tenían pesadillas en las que los caballeros del Emperador irrumpían en su casa, las ataban fuertemente, las arrastraban y las sometían a brutales torturas.
Se estremecían ante el más mínimo ruido, pensando que los caballeros imperiales habían ido a arrestarlas, y se les encogía el corazón cada vez que alguien decía que las buscaban.
Victoria culpaba a Rachel de todo eso, guardándole rencor y maldiciéndola. Jacob, que casi nunca volvía a casa, criticó a Rachel por no haber logrado controlar el ambiente lúgubre de la casa.
Rachel soportaba día tras día, sintiendo como si una mano invisible la estrangulara.
“Vamos… volvamos al Oeste, Victoria. Si volvemos, hablaré con mi padre y le pediré ayuda…” (Rachel)
“Cállate. Si dejamos el Imperio en esta situación, Arianna podrá hacer lo que quiera. ¿Entiendes? Aunque intente algo aquí, no podremos reaccionar. No puedo permitirlo. ¿Tiene sentido abandonar el Imperio como criminales? Además, después de haber causado este tipo de problemas, ¿crees que el abuelo se quedará de brazos cruzados?”
“Victoria…” (Rachel)
“Si tienes cabeza, piensa un poco.”
Aunque parecía que ya no quedaba nada que derrumbar, el mundo de Rachel seguía desmoronándose cada vez que oía las duras críticas de Victoria.
Lo único que siempre había deseado era sus amadas hijas se casaran con hombres de buenas familias y fueran felices, así que ¿por qué las cosas habían terminado así?
Victoria ignoró a Rachel, que sollozaba desesperada. No soportaba a su madre, que no hacía más que llorar y decir tonterías.
‘Tengo que hacer algo. No puedo quedarme aquí sentada dejando que gane.’
Aunque Arianna no atacó primero a Victoria y Rachel, Victoria sentía que ella las atacaba constantemente.
Porque pensaba que alguien como Arianna no debería atreverse a rechazarlas ni a mostrarles hostilidad. Siendo Arianna quien era, debía resignarse y aceptar todo lo que le hacían. Por lo tanto, cuando ella se defendía y levantaba un escudo para esquivar sus ataques lo interpretaban como un ataque dirigido a ellas.
Victoria se mordió la uña del pulgar. No se dio cuenta de que se la había mordido hasta quedar en carne viva, sin siquiera notó la sangre que brotaba de debajo. Estaba fuera de sí.
Era difícil escapar de la ansiedad que sentía como una niebla negra que se acercaba sigilosamente y le atenazaba los tobillos.
‘Piénsalo, Victoria. No puedes perder contra alguien como Arianna. ¡Ella no es nadie…!’
De repente se le ocurrió una idea.
‘Bien, yo daré el primer paso.’
El Gran Señor del Oeste siempre decía que atacar primero era la mejor defensa.
‘Solo necesito preparar el ambiente primero, antes de que esa bruja de Arianna se mueva.’
Rachel agarró la falda de Victoria cuando esta se puso de pie de repente y miró a su hija con ojos ansiosos.
“Tú… ¿qué, qué intentas hacer?” (Rachel)
Rachel temía que Victoria volviera a intentar alguna tontería. Quería saber qué pensaba hacer Victoria, al menos, para así poder prepararse para la situación.
Sin embargo, Victoria apartó fríamente a Rachel y salió de la habitación.
***
El Tercer Príncipe Harold también estaba tan ansioso y nervioso como Victoria.
“Madre, deberías haberla visto. ¡Me niego a seguir trabajando con Victoria!” (Príncipe)
La Consorte Real Aiela observaba en silencio a su hijo, que alzaba la voz con entusiasmo.
“Pensar que le arrancó el cabello a Arianna delante de todos. Nunca había visto algo así. Pensar que intentó hacerse la experta en arte sin motivo alguno y acabó haciendo el ridículo… ¿Qué dijo el Gran Señor del Oeste? ¿No dijo que era la más inteligente de sus nietas? El Gran Señor del Oeste nos ha engañado.” (Príncipe)
La Consorte Real Aiela contuvo un suspiro.
Como dijo Harold, Victoria últimamente se había comportado de forma muy extraña, demasiado extraña.
Cuando la conoció, parecía una niña tranquila, madura e inteligente, pero con el tiempo se mostraba cada vez más insensata e impaciente.
Sin embargo, no era buena idea romper lazos con el Gran Señor del Oeste en ese momento.
Debido a una serie de acontecimientos, la posición del Tercer Príncipe ya no era tan segura como antes. El Emperador lo miraba con desaprobación, y los nobles que antes lo habían apoyado y confiado en él, le habían dado la espalda discretamente.
“Madre, ¡cuánto odio a esa mujer!” (Príncipe)
Al ver a su hijo desesperado, la Consorte Real Aiela se preguntó de repente, qué pasaría si simplemente lo dejara todo así, y si dejara de codiciar el trono y se quedara tranquilamente en este lugar.
Entonces, su amado hijo no tendría que casarse con una mujer a la que no amaba, ni preocuparse constantemente por congraciarse con el Emperador. Quizás podrían vivir felices, disfrutando de lo que tenían y haciendo lo que deseaban.
‘Pero…’
Su ambición era demasiado fuerte. Tuvo que vivir toda su vida inclinando la cabeza simplemente por ser la Consorte Real. Para no perder el afecto y la confianza del Emperador y la Emperatriz, debía vivir con cautela, vigilando y midiendo atentamente cada una de sus palabras y acciones.
Solo había una razón por la que había soportado las palabras de la Emperatriz que la molestaban, así como las de las otras consortes que la provocaban: colocar a su hijo en el trono y eliminar a quienes le la habían atormentado en el pasado.
Anhelaba vivir, aunque solo fuera por un instante, una vida en una posición de prestigio, mirando a todos por encima del hombro sin tener que preocuparse por la opinión de nadie. Para lograrlo, los sentimientos de su hijo no le importaban en absoluto.
“Príncipe, debes ser paciente. ¿Cómo puedes vivir haciendo solo lo que quieres? Cuanto mayor sea tu objetivo, mayor será la dificultad que deberás soportar. Cuando asciendas al trono, podrás obtener todo lo siempre has deseado.”
“Pero madre…” (Príncipe)
“Esta madre…”
Las lágrimas corrían por los ojos de la Consorte Real Aiela.
“Lo siento. Si yo fuera la Emperatriz, no tendrías que soportar esto…”
Harold, que amaba a su madre más que a nadie, sintió que su corazón se ablandaba al ver las lágrimas de la Consorte Real Aiela.
‘Sí, soy el único que puede rescatar a mi madre de una vida de resignación. Tengo que hacer lo mejor que pueda.’
Justo cuando Harold tomó una decisión, una dama de compañía entró y anunció en voz baja:
“Su Majestad, Su Alteza. La Princesa Victoria Bronte solicita una audiencia.” (dama de compañía)
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