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Capítulo 12. Otro demonio de las joyas (2)

 

Imaginar a una niña de apenas cinco años, que ni siquiera había asistido a su baile de presentación en sociedad, caminando por ahí con una tiara más lujosa que la de la emperatriz viuda me hizo dar vueltas la cabeza.

Incluso la familia Winston tenía sus límites.

Aunque por dentro estaba bastante desconcertada, por fuera sonreí alegremente como si nada ocurriera y respondí:

—Umm, no quiero una tiara. ¡Me gusta más el collar que me dio mamá!

—¡Ja, ja! ¿Más que el que te haría tu abuelo?

—Siii.

Asentí sin vacilar ante la pregunta del duque. Sin embargo, en lugar de ofenderse, soltó una carcajada aún más alegre.

Para el duque, su hija Verónica era tan preciosa como yo. Ver cuánto la quería y la seguía hacía que se sintiera todavía más complacido.

Me había dado cuenta de eso desde hacía tiempo, así que, cuando estaba delante de él, no ocultaba en absoluto el cariño que sentía por Verónica. Y cuanto más lo hacía, más feliz se ponía.

«Así son los padres poderosos que adoran a sus hijas».

Podían tratar con indiferencia a los demás y a sus propios hijos varones, como si fueran piedras frías, pero se volvían blandos con sus hermosas y radiantes hijas y nietas, que se parecían a sus esposas. Era una regla básica de las novelas románticas de fantasía.

«Pensé que el duque de Winston era una excepción a ese cliché por la pésima primera impresión que me dio…»

Todavía recordaba la primera vez que lo vi entre la nieve.

En aquel momento, su rostro era tan frío como el hielo, y pensé que incluso sería difícil entrar en la mansión acompañando a Verónica.

Pero ¿quién lo habría imaginado? En cuanto el duque de Winston vio a su nieta por primera vez, prácticamente se convirtió en un idiota.

Para mí, que necesitaba ganarme su favor a toda costa, aquello fue un golpe de suerte completamente inesperado.

—Abuelo, por cierto…

—¿Mmm?

—¿Hay más joyas bonitas como esta en la mansión? Mamá me dijo que sí.

—Ah, así es.

Hoy tenía que averiguar dónde estaban las joyas que contenían a los otros demonios.

Había cinco joyas demoníacas en total, y tres de ellas eran rojas. Si fingía estar interesada y averiguaba al menos dónde estaban las rojas, me resultaría más fácil hacer contratos con sus demonios.

—Además del granate, tenemos un rubí y un diamante rosa.

—¡Uaaaau! ¿También son tan bonitos como este?

—Por supuesto. El diamante rosa le quedaría muy bien a nuestra Dia.

—¡Quiero verlos!

—¿Ah, sí?

—¡Siii!

Sonreí con la mayor inocencia posible y abrí mucho mis ojos brillantes.

Sin embargo, el duque, de quien esperaba que me entregara sin pensarlo dos veces una joya que contenía a un demonio, frunció ligeramente el ceño y dejó escapar un sonido de preocupación.

—Mmm…

—¿Qué pasa?

—No es nada. Esas joyas son bonitas, pero…

Su mirada se dirigió a la joya que contenía a Desmond.

Por la expresión de desagrado que puso, era evidente que le inquietaba bastante el hecho de que hubiera demonios sellados dentro de aquellas joyas.

—Ejem… Verás, esas joyas contienen…

—¡Yo lo sé!

—¿Qué?

—¡Sé qué hay dentro! ¡Mamá me lo contó!

—¿De verdad?

—¡Siii!

Hice que mis ojos brillaran deliberadamente mientras hablaba, como una niña emocionada que acababa de escuchar un cuento antiguo de labios de su madre.

—¡Me dijo que dentro hay un demonio genial!

—¿Un demonio genial?

—¡Siii!

Cuando grité con entusiasmo, la expresión del duque cambió sutilmente.

La verdad era que los demonios tampoco tenían muy buena reputación en este mundo.

Y era natural. Aunque, sorprendentemente, los demonios no eran necesariamente tan crueles, los que nacían en el oscuro Reino Demoníaco tenían por naturaleza un temperamento áspero y violento.

Los ángeles habían difundido rumores de que, cuando los demonios hacían contratos con los humanos, exigían el alma del contratista o la vida de otra persona a cambio. Era una estrategia para interferir e impedir que los humanos se sintieran tentados a establecer contratos con ellos.

Sin embargo, eso no significaba que los demonios solo hubieran hecho cosas buenas por los humanos con quienes contrataban. Al fin y al cabo, ¿por qué alguien que recurría a los demonios en lugar de a los ángeles iba a tener necesariamente buenas intenciones?

En comparación con ellos, el primer cabeza de la casa ducal de Winston había hecho un contrato con un Archidemonio para salvar a sus habitantes, que estaban muriendo en las inhóspitas tierras del norte, y había obtenido a cambio un poder inmenso. Por eso, sus intenciones podían considerarse mucho más nobles que las de otros contratistas de demonios.

Esa era la razón por la que la historia de la familia Winston se había difundido al mundo exterior de una manera tan favorable, a pesar de los intentos del templo por obstaculizarla porque desaprobaba aquella relación.

—Así que Berry ya te lo ha contado todo.

—¡Siii! ¡Quiero conocer al demonio!

—¡Ja, ja, ja!

El duque de Winston soltó una sonora carcajada al escucharme. Parecía encontrar adorable a su nieta, que decía aquellas cosas con tanta inocencia, sin comprender realmente nada.

Los ángeles y los demonios ya no eran más que personajes de cuentos antiguos.

Yo conocía la antigua lucha por el poder entre ángeles y demonios porque había leído la novela, pero para los habitantes del continente aquello no era más que una historia del pasado remoto.

De hecho, el encuentro de Verónica con Desmond en la historia original había sido casi accidental. Hacía muchísimo tiempo que un demonio sellado en una joya no establecía un contrato con un descendiente directo de la familia.

Por eso, aunque al principio el duque se había sentido algo incómodo, pronto soltó una carcajada ante mi reacción inocente. Ni siquiera se le pasaba por la cabeza que yo ya había liberado a Desmond del granate y firmado un contrato con él.

—Muy bien. Entonces haré una excepción y te regalaré una joya más.

—¡Uaaaau!

—Pero, si aparece un demonio, debes decírselo enseguida a tu abuelo.

—¡Sí!

Como ya había establecido un contrato con Desmond, asentí con total naturalidad, fingiendo inocencia ante el duque.

Ahora que lo pensaba, los contratos demoníacos eran realmente imperceptibles. ¡Ni siquiera el duque, que era un Maestro de la Espada, se había dado cuenta de que yo había hecho un contrato con Desmond!

[¡Bah! Por mucho que sea un Maestro de la Espada, no deja de ser un simple humano. ¡Jamás podría detectar el sagrado pacto del Archidemonio!]

«Mmm…»

Desmond se pavoneó y proclamó aquello con orgullo, como si el poder del Archidemonio le perteneciera personalmente.

Su actitud era un poco ridícula, pero tenía parte de razón.

Tal como había previsto, despertar a los otros demonios de las joyas y establecer contratos con más de ellos seguramente me daría una gran ventaja más adelante.

«Ni siquiera aspiro a conseguir a alguien tan poderoso como el Archidemonio. Me basta con reclutar a tantos demonios de las joyas como pueda».

Por ahora, mis objetivos eran los demonios sellados en joyas rojas, igual que Desmond.

Como todos estaban encerrados en joyas del mismo color, supuse que podría convencerlos de hacer un contrato con la misma facilidad con la que había convencido a Desmond. Así que ya estaba sacando conclusiones sobre unos demonios a los que ni siquiera había conocido.

—Rupert, trae el diamante rosa.

—¿Perdón? Pero…

Rupert, el mayordomo jefe de la casa ducal de Winston, miró al duque con expresión preocupada.

Aquella joya que contenía a un demonio sellado no era una piedra preciosa cualquiera. Seguramente la familia ducal la había conservado como reliquia familiar durante generaciones.

Por supuesto, que el cabeza de familia regalara una o dos reliquias a un descendiente directo al que apreciaba no era nada extraordinario. La propia Verónica había heredado el granate y lo había convertido en una pulsera.

Aun así, había una razón por la que el mayordomo reaccionaba de aquella manera.

Era por mí. Todavía era demasiado pequeña para recibir una reliquia familiar y, como Verónica aún no se había divorciado del protagonista masculino, yo seguía llevando el apellido Lionel en lugar del Winston.

—¿Acaso crees que mis palabras son una broma?

—…Entendido. Lo traeré.

Ante la mirada intimidante del duque, el mayordomo no tuvo más remedio que obedecer. Un mayordomo no podía rechazar las órdenes de su señor.

Poco después, regresó con un pequeño joyero. Sus manos temblaban mientras se lo entregaba al duque.

—Aquí lo tiene, Su Excelencia.

—Bien.

El duque recibió el joyero con toda naturalidad, como si no tuviera ninguna importancia. Luego abrió la tapa y sacó una joya de un color deslumbrante.

—¡Uaaaau!

Solté una exclamación de asombro en cuanto la vi. Aunque sabía que cualquiera que me observara podría pensar que parecía tonta, no podía dejar de admirarla.

A diferencia de Desmond, que estaba engastado en una pulsera, el diamante rosa era una sola piedra preciosa de gran tamaño. Quizá por eso su impacto visual era todavía mayor.

—¡Una joya rosada! ¡Es tan boniiiita!

—¡Ja, ja! ¿Te gusta?

Exageré deliberadamente mi exclamación, pero mi admiración era sincera.

Hasta hacía apenas un momento, me había burlado de la idea de que una piedra rosa se clasificara entre las joyas rojas. Sin embargo, al ver aquella gema rosada, cristalina y resplandeciente, fui incapaz de seguir mofándome.

[¡Maldito presumido, tan deslumbrante por fuera y nada más! ¡No te dejes engañar, ama! ¡Ese tipo tiene una personalidad podrida!]

«…¿Y tú eres quien dice eso?»

[¡¿Qué tiene de malo mi personalidad, ama?!]

Desmond se quejó, indignado. Lo ignoré y extendí la mano hacia el diamante rosa.

—¿Lo quieres?

—¡Sí!

—Mmm. Ejem.

—¿…?

Pero el duque, de quien esperaba que me entregara la joya de inmediato, comenzó a dar largas por alguna razón.

Confundida, incliné la cabeza y lo miré. El duque se aclaró la garganta con torpeza.

«No me digas que…»

Lo observé con desconfianza hasta que de pronto comprendí lo que ocurría. El duque había ladeado ligeramente la cabeza y acercaba disimuladamente una de sus mejillas hacia mí.

«¿Acaso quiere que le dé un besito…?»

Cuando comprendí sus intenciones, mi expresión se endureció un poco. Lo miré con una evidente falta de entusiasmo.

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