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Capítulo 11. Otro demonio de las joyas (1)

«¿Esa no es la voz de Brandon…?»

Incliné la cabeza, pensativa.

Pero no pude contener la curiosidad, así que avancé sigilosamente unos pasos.

—Baja la voz, Brandon.

—¡Lionel, ese maldito desgraciado!

«¿Lionel?»

Al escuchar aquel nombre tan familiar, abrí los ojos de par en par.

Me acerqué un poco más. Dentro de la habitación, de donde se filtraba una luz intensa, parecían haberse reunido varias personas, entre ellas el duque y Brandon.

[Espera, ama. Si te acercas más, podrían descubrirte.]

«¡Pero apenas puedo oír lo que dicen!»

[Hmm… Aún te falta maná, pero espera un momento.]

«¡…!»

En cuanto Desmond terminó de hablar, sentí que las fuerzas me abandonaban de golpe.

El poder de un demonio no era ilimitado por el simple hecho de haber firmado un contrato con él. Para utilizarlo de manera eficaz, el contratista también debía poseer cierta capacidad.

En ese sentido, este cuerpo, el de Claudia, tenía un potencial innato extraordinario.

Y no era para menos. Después de todo, yo era hija de Cedric, uno de los únicos tres Maestros de la Espada del Imperio, aunque fuera un completo desgraciado, y del duque de Winston, que también era un Maestro de la Espada.

El problema era mi edad. Claudia era demasiado pequeña para que todo aquel potencial floreciera. Además, quizá porque había nacido con demasiado poder, su cuerpo también era débil.

—Ugh…

[¡Concéntrate, ama!]

—Uf…

Aun así, todavía podía soportarlo. Cuando me concentré, las voces que provenían de la habitación se escucharon mucho más claras que antes.

—Sabía que el marqués Lionel se negaría a divorciarse de mí, pero jamás imaginé que llegaría tan lejos.

Era la voz de Verónica. Eso significaba que en aquella habitación había al menos tres miembros directos de la casa ducal.

En algún momento, Verónica había cambiado incluso la forma en que se dirigía al protagonista masculino. Su tono se había vuelto sumamente frío, como si estuviera hablando de un completo desconocido.

—¡Entonces, simplemente vayamos a la guerra! ¡No hay manera de que perdamos contra esos desgraciados!

—Cuida tu lenguaje, Brandon.

Vincent lo reprendió con severidad. Así que él también estaba allí. Estaban hablando de algo importante, por lo que era imposible que dejaran fuera al joven duque.

—Esto no es una simple disputa territorial. Detrás del marqués está la familia imperial.

—¡Pero…!

—¿Has pensado en lo que podría pasarle a Claudia si perdemos?

—Ugh…

La habitación quedó en silencio al instante.

Después de escuchar aquella conversación, contuve un suspiro y me di la vuelta.

Ese desgraciado de Cedric no solo se había negado a divorciarse de Verónica, sino que incluso estaba considerando iniciar una guerra territorial. Todo para recuperarla.

¿Por qué quería llegar tan lejos? ¿Acaso todavía no había absorbido todos los negocios de la casa ducal de Winston?

Según la historia original, Verónica, la protagonista femenina, la casa ducal de Winston y el templo debían enfrentarse entre sí, hasta que la familia comenzara a caer poco a poco en la ruina.

¿Y ahora pretendía iniciar una guerra territorial de repente para destruir a los Winston?

«Es absurdo, pero… la historia ya se ha desviado demasiado del original. Supongo que podría pasar».

Por suerte, con la ayuda de Desmond, regresé a mi habitación más rápido que Sophia. Una vez allí, me quedé sumida en mis pensamientos.

Si estallaba una guerra territorial en este momento, ¿qué bando tendría ventaja?

Si lo analizaba objetivamente, la casa ducal de Winston. El inhóspito norte era, por naturaleza, una fortaleza inexpugnable.

A lo largo de la historia del Imperio, la casa ducal de Winston jamás había sido conquistada por otra fuerza.

«Pero Cedric es el protagonista masculino».

En este mundo, la suerte estaba del lado de los protagonistas, no de los villanos. Si él deseaba algo, seguramente no habría nada que no pudiera conseguir.

—¡Maldita sea!

Sabía que escapar del protagonista masculino no sería el final de mis problemas, pero no imaginaba que ese desgraciado estuviera tan loco. Solté una maldición mientras caminaba de un lado a otro de la habitación.

[¿Por qué no los arrasamos a todos, tal como sugirió el segundo joven amo?]

—Porque no es tan sencillo.

[¡Bah! Si nuestro gran Archidemonio estuviera aquí, ¡todos esos tipos no serían más que un puñado de insectos!]

—¿Archidemonio?

[¡Sí! Y los demonios que estamos sellados en joyas como yo…].

—¡Ah, los demonios de las joyas!

Ahora que lo pensaba, Desmond no era el único demonio sellado en una joya. Simplemente no conocía a los demás porque Desmond era el único que aparecía en la historia original.

—¿Dónde están los otros?

[Hmm, pues… no lo sé.]

—¿Ni siquiera sabes dónde están tus compañeros?

[¡¿Compañeros?! ¡No me compares con esos insoportables! ¡Yo estoy muy por encima de ellos!]

—Hmm…

Tal como esperaba, los demonios no debían llevarse muy bien entre sí.

Asentí y luego le pregunté con seriedad:

—¿Crees que el duque de Winston lo sabe?

[Bueno, como cabeza de familia, al menos debería saber dónde están. Incluso podría tenerlos guardados en algún lugar como reliquias familiares.]

—A ti te convirtieron en una pulsera y Verónica te llevaba puesta.

[¡Ja! ¡Eso fue porque la joya que me contiene es excepcionalmente hermosa!]

—Ya veo…

Desmond lo proclamó con una arrogancia desmedida.

Después de insistirle un poco más para obtener información, descubrí que había cinco demonios al servicio del Archidemonio, contando a Desmond.

Las joyas se dividían en rojas y negras. Al parecer, los demonios tenían una especial predilección por esos dos colores.

Quizá por eso el Archidemonio había tomado tanto cariño al primer duque de Winston.

En fin, entre las joyas rojas estaban Desmond, sellado en un granate; Ruerus, sellado en un rubí; y Vivi, sellada en un diamante rosa, aunque no sabía si el rosa podía considerarse realmente un tono de rojo.

Entre las joyas negras estaban Ilness, sellado en una obsidiana, y Dollens, sellado en un ónix.

Al parecer, cada demonio tenía habilidades diferentes, pero Desmond no conocía los detalles de todas ellas.

Además, para invocar al Archidemonio, era necesario establecer contratos con los cinco demonios sellados en las joyas, tal como había hecho el primer duque.

¿Pero qué era esto? ¿Tenía que reunir las siete bolas de dragón o qué? ¡Qué fastidio!

—¡Ay, no importa! Por ahora, los buscaré y haré contratos con ellos conforme los encuentre.

[Si quieres controlar a más demonios, ama, también tendrás que crecer un poco.]

—Ah, eso también es un problema.

De hecho, en la historia original, el protagonista masculino no tardaba demasiado en destruir a Verónica y a la casa ducal de Winston.

Además, Verónica y los Winston no eran los únicos villanos que sometían a los protagonistas a todo tipo de pruebas.

Había un jefe final que amenazaba a los protagonistas de una manera tan despiadada que los atormentaba prácticamente hasta el final de la novela.

«El tirano enloquecido, Dantellion Noah Sylvester».

En este momento, no era más que un príncipe heredero que había perdido poder frente a la emperatriz viuda y había sido desterrado a una región fronteriza.

Sin embargo, después de que la casa ducal de Winston cayera y Verónica fuera ejecutada, el príncipe heredero, que había permanecido oculto en la frontera occidental, regresaría a la capital al frente de un enorme ejército.

Incluso conseguiría que las naciones aliadas enfrentadas a las fuerzas occidentales se pusieran de su lado, y arrasaría la capital con un avance imparable.

Tras tomar el palacio imperial en un abrir y cerrar de ojos, Dantellion enviaría a la arrogante emperatriz viuda a la misma región fronteriza donde él había sido desterrado y ascendería al trono.

Y, a partir de entonces, comenzaría a atormentar sin descanso al protagonista masculino, que se habría quedado sin respaldo. Lo trataría como a su enemigo más acérrimo.

«Dantellion y Verónica habían crecido juntos, como amigos de la infancia, ¿verdad?»

Más que simples amigos de la infancia, había una diferencia considerable de edad entre ellos, y el príncipe heredero la había querido como si fuera su hermana menor.

Probablemente por eso no podía perdonar al protagonista masculino por haber llevado a Verónica a la muerte mientras él estaba ausente.

Aunque, para ser sincera, la manera tan despiadada en que atormentaba a Cedric era excesiva. Llegó a tal punto que los lectores se quejaron de su comportamiento. La verdad, yo tampoco terminaba de entender por qué Dantellion llegaba tan lejos.

—En fin, un tirano…

El jefe final que amenazaba a los protagonistas hasta el último momento con su aterrador poder.

Aunque al final tampoco conseguía derrotarlos, quizá podría aprovecharme de él para salir de esta situación.

Después de todo, el enemigo de mi enemigo es mi aliado. Si unía fuerzas con el futuro tirano desde el principio, tal vez podría conseguir un desenlace diferente al de la historia original.

—¡Muy bien! ¡Formaré una alianza con el tirano!

[¿Hmm?]

Desmond inclinó la cabeza.

Ahora que lo pensaba, Desmond no sabía gran cosa sobre Dantellion. No podía decirle que este mundo era un libro y que yo conocía el futuro porque lo había leído. Así que me limité a darle una explicación sencilla.

—Es el príncipe heredero que se encuentra actualmente en el oeste. Puede que nos ayude.

[¿Ese hombre que es el príncipe heredero?]

—¡Sí!

[¿Por qué?]

—Porque…

¿Porque también odiaba a los protagonistas en la historia original?

Además, seguramente no le daría la espalda a Verónica, su amiga de la infancia. Asentí para mis adentros.

—En fin, nos ayudará.

[Bueno, si tú lo dices, ama…]

Desmond murmuró con evidente desconfianza. Lo miré y le dediqué una dulce sonrisa.

—Entonces, como ya está decidido, vuelvo a contar contigo, ¿de acuerdo?

[Qué remedio…]

Observé cómo Desmond abandonaba una vez más el osito de peluche para actuar como mi mensajero. Después, solté un largo suspiro de alivio.

***
—Abuelo.

—¿Mmm?

—Mira esto.

—¿Mmm?

Le mostré al duque de Winston el collar que llevaba colgado del cuello.

Como siempre, el duque me tenía sentada en su regazo mientras trabajaba. Al verlo, abrió los ojos de par en par.

—Es un granate.

—Me lo dio mamá.

—¿Berry te lo dio?

—¡Sí!

Ante mi entusiasta respuesta, el duque de Winston entrecerró los ojos.

Seguramente había percibido el poder inusual que emanaba de la joya en la que Desmond estaba sellado.

—¿De verdad te lo dio Berry?

—¡Sí! Le dije que era bonito, así que lo sacó de su pulsera y me lo regaló.

—Mmm…

La expresión del duque de Winston se endureció ligeramente.

—¿Sabes qué es esa joya?

—Una joya bonita.

—Ja, ja… Berry, de verdad…

Debía de estar completamente desconcertado. No era una joya cualquiera. Como contenía a un demonio, seguramente la habían conservado durante generaciones como una reliquia de la familia.

Quizá Verónica recibiría una reprimenda del duque por aquello. Por mucho que su hija le pareciera adorable, regalarle a una niña una reliquia familiar como esa…

—Y pensar que lo convirtió en un collar tan sencillo. Berry no tiene ningún sentido de la elegancia. ¿Quieres que tu abuelo lo convierta en una tiara? ¡Te haré una mucho más espléndida que la de la emperatriz viuda!

«…»

Lo sabía. Tenía que haberlo imaginado.

Miré al duque de Winston con una expresión completamente inexpresiva y una mirada de absoluto desencanto.

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