Capítulo 21 – Asura
Hoy era la víspera de Año Nuevo y al amanecer, el tenue sonido de los fuegos artificiales que despedían el año viejo se oía en la ciudad. Wen Zhi, que tenía el sueño ligero, tuvo dificultades para volver a dormirse después de despertarse, por lo que simplemente se vistió, se levantó de la cama y, con gran esfuerzo, subió a su silla de ruedas para lavarse y arreglarse frente al espejo de bronce.
Los candelabros estaban casi consumidos y nadie había cortado las mechas. En la penumbra, la manga de Wen Zhi rozó accidentalmente una horquilla de jade que yacía sobre la mesa. La horquilla cayó al suelo y se hizo añicos con un estrépito.
Wen Zhi frunció el ceño. Había usado esa horquilla durante años; su repentina rotura solo empeoró su mal humor.
Entre las 7 y las 9 de la mañana, debían ir al santuario ancestral para ofrecer ofrendas a los antepasados y luego compartir el vino y la carne de la ofrenda para recibir la bendición de los antepasados.
El ajetreo continuó hasta el anochecer, los sirvientes se apresuraban a colgar faroles y encender petardos, ofreciendo palabras auspiciosas a los dueños de la mansión del Marqués y pidiendo dinero de la suerte. Wen Zhi, a quien nunca le había gustado participar en tales festividades, regresó solo a su habitación para leer y matar el tiempo. Los sirvientes no se atrevieron a actuar con presunción en presencia de Wen Zhi, sino que rodearon a Ming Wan, colmándola de halagos, cada uno más fuerte que el anterior, impidiéndole marcharse por un rato.
Poco después, se oyó un ligero golpe en la puerta del estudio, Wen Zhi, suponiendo que era Xiao Hua, dijo sin dudar: “Adelante.”
Se oyeron pasos ligeros que se acercaban, claramente no eran los de Xiao Hua.
Wen Zhi alzó la vista y vio entrar a Ming Wan, vestida con un nuevo vestido carmesí brillante y con el cabello recogido en un pequeño moño, con el rostro ligeramente regordete, que parecía un jade cálido, y a primera vista, poseía un encanto vivaz y adorable.
“¿Por qué no estás en el recibidor? ¿Qué haces aquí?” – Wen Zhi, por su parte, no sabía decir muchas palabras amables.
“Quisiera que escribieras algunos caracteres de ‘felicidad’ para pegarlos en la puerta.” – Dijo Ming Wan, colocando con delicadeza el papel rojo que tenía en la mano sobre el escritorio. Temiendo que Wen Zhi no estuviera de acuerdo, añadió. – “El tío Ding dijo que la letra del joven maestro tiene cierta elegancia y es muy bonita.”
La expresión de Wen Zhi permaneció impasible y no respondió.
Ming Wan sabía que interrumpir a alguien mientras estudiaba era muy peligroso, y supuso que se negaría, justo cuando iba a decir “olvídalo”, vio a Wen Zhi dejar el libro y tomar en silencio el papel rojo de su mano.
“Muele la tinta.” – Ordenó, cogiendo el pincel.
“Ah, de acuerdo.” – Ming Wan sintió un ligero estremecimiento en el corazón, un poco abrumada por la sorpresa.
Wen Zhi estaba inusualmente de buen humor hoy. Ming Wan se apresuró a un lado para moler la tinta y luego volvió corriendo para dejarle el pisapapeles, no pudo evitar mirarlo, cada vez más cautivada, percibiendo algo diferente en él ese día.
Tras observarlo un rato, se dio cuenta de repente de que no llevaba moño, solo una cinta azul oscuro con delicados dibujos sujetaba un mechón de cabello detrás de su cabeza; el resto caía como tinta negra sobre sus hombros, un único mechón detrás de su oreja hasta su pecho. Sus pestañas bajas, bañadas por la luz del sol poniente, suavizaban sus rasgos, por lo demás profundos y fríos, dándole un aire juvenil.
Sus dedos largos y delgados sostenían el pincel de pelo de cabra, y su escritura cursiva fluía con libertad y sin esfuerzo. Ming Wan preguntó con naturalidad: “¿Por qué no usaste tu horquilla de jade blanco de siempre hoy?”
Cuando Wen Zhi terminó el último trazo del carácter “福” (fortuna/bendición), apartó el papel rojo para que se secara la tinta y luego dijo: “Está arruinada.”
Ming Wan exclamó: “Oh”, pensando que era una lástima, pues parecía que a él le gustaba mucho esa horquilla de jade.
“Que tengas un año de paz y prosperidad.” – Ella dijo esa frase auspiciosa.
Entonces recordó que el día del Festival de los Faroles era el cumpleaños de Wen Zhi, y que él le había hecho un gran favor a su padre en secreto, así que ese regalo debía ser entregado. Pero ella no sabía qué le gustaba a Wen Zhi…
Distraída, disminuyó la velocidad al moler la tinta, y el pincel de Wen Zhi no se humedeció lo suficiente de tinta, resultando en trazos secos y ásperos al escribir. Él pareció disgustado, arrugó el papel rojo y lo arrojó a un lado, diciendo con voz grave: “Hasta un burro molería la tinta mejor que tú.”
Ming Wan aceleró el paso, aprovechando la oportunidad para preguntar: “¿Su Alteza suele tener algo que usted desee o le guste?”
Wen Zhi respondió: “No.”
La respuesta esperada extinguió con éxito la creciente curiosidad de Ming Wan.
Cada año, en la víspera de Año Nuevo, se celebra una feria en el templo, la celebración más importante del año.
Unos días antes, Jiang Lingyi y Ming Wan habían quedado en encontrarse en la entrada del Templo Ci’en a las siete de la tarde de la víspera de Año Nuevo para orar juntas pidiendo bendiciones. Ese año, la familia Ming atravesaba dificultades, y Ming Cheng Yuan aún no se recuperaba de su enfermedad, así que ir al templo a rezar era una forma de encontrar paz interior.
“Da la casualidad de que el joven maestro también va a cumplir una promesa en nombre de la joven mayor. ¿Por qué no viajan juntos? Habrá mucha gente en las calles y podrán cuidarse mutuamente. Sin embargo, deben regresar antes de medianoche para la cena de Nochevieja y esperar el año nuevo.” – El mayordomo Ding, empeñado en hacer de casamentero, instó encarecidamente a Wen Zhi y Ming Wan a viajar juntos.
La expresión de Wen Zhi era indiferente. Aunque no estaba particularmente interesado, tampoco se opuso.
Quizás temiendo que ocurriera otro accidente, llevaron dos guardias más esta vez, y Xiao Hua también los acompañó.
El carruaje avanzaba lentamente, lleno de los animados sonidos de la ciudad. Pasó media hora con frecuentes paradas y arranques, pero Ming Wan no mostraba signos de impaciencia. Incluso sacó un pañuelo de su pecho, lo abrió y dentro encontró dos pasteles de frijol de color verde pálido con forma de flor de ciruelo.
Sin dudarlo, le dio un trozo a Wen Zhi y dijo: “Para que te llenes un poco el estómago, porque no podrás comer hasta que regresemos.”
Wen Zhi era muy quisquilloso con la comida y no le gustaba lo dulce y empalagoso. Justo estaba a punto de rechazarlo con frialdad, pero de repente se encontró con la mirada de Ming Wan.
Sus ojos eran muy limpios, reflejando con especial nitidez las luces del mercado, mezclados con una pizca de expectativa que ni ella misma percibía. Por alguna razón, no pudo rechazarla y finalmente, se llevó un trozo de pastelito a la boca y le dio un mordisco…
Frunció el ceño; le dolían los dientes por el dulzor.
Ming Wan giró la cabeza y observó la calle que se alejaba lentamente, con los ojos entrecerrados y una leve sonrisa que no podía contener.
En los últimos dos días, Ming Wan parecía haber comprendido mejor el temperamento de Wen Zhi. Por ejemplo, cuando estaba realmente enfadado, no mostraba ninguna expresión; cuanto más incómodo se sentía, más fingía una actitud fría e impasible; cuando no podía mantener la farsa, simplemente la evitaba, comportándose con la torpeza de un niño malhumorado.
El carruaje llegó a la puerta del barrio y no pudo continuar avanzando.
“Alteza, hay una feria en el templo más adelante; no pueden pasar carruajes ni caballos.” – Informó un sirviente que regresaba de su reconocimiento.
Wen Zhi, que ya estaba bastante impaciente, frunció aún más el ceño al oír eso.
La silla de ruedas de Wen Zhi era pesada y muy inconveniente para subir y bajar, sobre todo con tanta gente en el camino…
Tras pensarlo un momento, Ming Wan sugirió: “De todas formas tengo que ir al templo, así que ¿por qué no me das las ofrendas y el dinero del incienso? Así lo hago todo a la vez.”
Wen Zhi tamborileó con los dedos en el reposabrazos durante un buen rato, luego señaló a un guardia de aspecto sencillo y dijo: “Toma las cosas y ve con ella.”
Acompañada por el guardia, Ming Wan finalmente logró llegar a la entrada del Templo Ci’en, donde efectivamente vio a Jiang Lingyi esperándola en la luz tenue del crepúsculo.
El templo estaba repleto de fieles, las largas campanas repicaban, el humo del incienso llenaba el aire y el Buda sentado parecía compasivo. Ming Wan se puso en fila para ofrecer incienso y cumplir sus votos, donando dinero para el incienso y las ofrendas, entonces notó que el centenario árbol de sal* frente al patio estaba adornado con cintas de seda roja, y varios monjes de alto rango meditaban y recitaban sutras bajo él y la gente les pedía amuletos de protección.
(N/T:* 娑羅樹 (suō luó shù) se refiere al árbol de sal (Shorea robusta), un gran árbol perenne originario de la India y el sur de Asia, también conocido en contextos budistas como el Árbol de Sal o sara-souju (en referencia a los pares de estos árboles). Simbolismo budista: Es considerado un árbol sagrado en el budismo. Representa la fugacidad y la impermanencia de la vida, ya que la tradición dice que Buda Gautama alcanzó el parinirvana (la liberación final) acostado entre un par de estos árboles (shara-souju), los cuales florecieron y se marchitaron repentinamente.)
El corazón de Ming Wan se conmovió, tomó la mano de Jiang Lingyi y dijo: “Hermana Jiang, consigamos amuletos de protección también.”
Jiang Lingyi sabía que Ming Wan estaba preocupada por la salud de su padre, así que asintió y dijo: “De acuerdo.”
Ming Wan consiguió dos amuletos de protección.
“Uno para el tío, ¿y para quién es el otro?” – Jiang Lingyi la miró con dulzura y bromeó con una sonrisa suave, con un rostro tan grácil como una pintura delicada a la luz de las lámparas.
Ming Wan escondió los dos amuletos detrás de su espalda y sonriendo sin responder, estiró el cuello para mirar el que Jiang Lingyi sostenía en la mano y preguntó: “¿Para quién es este amuleto, hermana Jiang?”
Los padres de Jiang Lingyi habían fallecido hacía unos años y aunque tenía un tío, su relación era distante. Ese amuleto no podía ser para su tío, así que solo había una posibilidad…
“¿Para el paciente que te dio la capa la última vez?” – Adivinó Ming Wan con una sonrisa.
Jiang Lingyi volvió en sí y la reprendió con tono de disculpa: “No digas tonterías otra vez.”
Las dos hermanas charlaron y rieron mientras salían del Templo Ci’en, adentrándose en una escena bulliciosa iluminada por los primeros rayos del atardecer.
Hombro con hombro, en medio del ensordecedor clamor de gongs y tambores, los artistas enmascarados de la ópera Nuo bailaban y rezaban a los dioses; los acróbatas escupían fuego y blandían espadas; los hombres llevaban niños sobre sus hombros, las mujeres caminaban de la mano; la multitud se extendía en tres capas, bloqueando por completo la calle.
Ante tal espectáculo era imposible de abrirse paso incluso para los guardias de la mansión del Marqués.
Ming Wan se detuvo, extendió la mano y tomó una máscara de ópera Nuo de un puesto callejero, se cubrió el rostro y, con la voz amortiguada por la máscara, preguntó con una sonrisa: “Hermana Jiang, mira esto, ¿es divertido?”
Jiang Lingyi estaba a punto de responder, pero no se percató de que un hombre alto se acercaba lentamente por detrás, dándole una palmadita suave en el hombro.
Jiang Lingyi se sobresaltó y se giró para ver una máscara de demonio en colores negra y roja y no pudo evitar asustarse, retroceder dos pasos y chocar con Ming Wan.
Ming Wan, pensando que se trataba de un hombre lascivo acosando a una jovencita, estaba a punto de llamar a los guardias cuando vio al hombre enmascarado levantar la mano que sostenía el abanico de hueso negro y dorado, usándolo para subirse la máscara y revelar un rostro sorprendentemente apuesto y luego sonreír con aire de disculpa: “Disculpe, ¿asusté a Xiao Jiang?”
La voz del joven era muy agradable, profunda y resonante. Su rostro no era tan apuesto y refinado como el de Wen Zhi, pero su sonrisa era deslumbrante. Especialmente sus ojos largos, estrechos y con forma de fénix, que reflejaban una profunda y cautivadora ternura, que te ahogaban al mirarlos…
Ming Wan tiró de la manga de Jiang Lingyi y susurró: “Hermana Jiang, ¿conoce a esta persona?”
Jiang Lingyi respondió en voz baja: “…La capa.”
Solo pronunció esas dos palabras, pero Ming Wan lo entendió todo. Así que él era el paciente que le había dado la capa.
“No esperaba encontrarme con usted por casualidad en la calle, y no pude evitar acercarme a saludarla. Le pido disculpas si he sido impertinente, señorita.” – Dijo el hombre con voz íntima, con sus pálidos ojos de fénix fijos en Ming Wan. Luego apoyó la barbilla en su abanico y entrecerró los ojos lentamente, preguntando. – “¿Puedo preguntar quién es esta dama?”
“La esposa del Marqués de Xuan Ping, una buena amiga mía.” – Respondió Jiang Lingyi, con la mirada baja, sin atreverse a mirar al hombre, como si una simple mirada pudiera quemarla. Luego se giró hacia Ming Wan, que tenía una expresión de curiosidad y la presentó: “Wan Wan, este es… el joven maestro Li.”
“Así que usted es la esposa del heredero del Marqués de Xuan Ping, mis disculpas por no reconocerla.” – Dijo el joven maestro Li, haciendo una breve pausa antes de inclinarse respetuosamente, irradiando un aire de nobleza innato.
Ming Wan no intentó ocultar su curiosidad y asintió, diciendo: “Joven maestro Li.”
El joven maestro Li echó un vistazo a la bulliciosa calle y dijo: “El camino es peligroso con tanta gente. ¿Adónde van ustedes dos, señoritas? Las acompañaré.”
Ming Wan miró el carruaje estacionado al final de la calle y declinó cortésmente, diciendo: “No se moleste, joven maestro. El carruaje de mi familia está justo en la esquina, además, tengo guardaespaldas.”
El joven maestro Li abrió su abanico de hueso con un gesto elegante y dijo con suavidad: “Aun así, las acompañaré; si la señora se va sola, Xiao Jiang no se sentirá tranquila.”
Ming Wan miró a Jiang Lingyi, cuyas mejillas estaban ligeramente sonrojadas, claramente nerviosa.
“Está bien.” – Ming Wan no tuvo más remedio que ceder por el bien de su amiga.
El joven maestro Li era muy hablador, amable e ingenioso sin resultar molesto; tanto su apariencia como su forma de hablar eran perfectamente equilibradas, pero esa perfección era casi excesiva, lo que lo hacía parecer irreal…
Por alguna razón, desde que Ming Wan conoció al joven maestro Li, su corazón había estado en vilo, siempre sintiendo que aquel joven encantador y aristocrático era demasiado etéreo y misterioso, haciendo imposible comprenderlo del todo.
Mientras tanto, Wen Zhi, que había estado esperando ociosamente en el carruaje, se sintió aburrido, por lo que extendió la mano y levantó la cortina; recorrió la bulliciosa y concurrida calle con una mirada casual, y vio a Ming Wan y Jiang Lingyi acercándose una al lado de la otra, acompañadas por un joven con una magnífica túnica de sándalo, que portaba una máscara…
Incluso a varios metros de distancia, las luces eran brillantes. Al ver el rostro de ese hombre, Wen Zhi sintió como si le clavaran un cuchillo en la cabeza y sus pupilas se contrajeron bruscamente.
Las luces se tiñeron de rojo sangre, la multitud se transformó en cadáveres, y los lamentos de las almas de los muertos de la montaña Yan Hui parecieron resonar en sus oídos una vez más.
Como si hubiera una conexión telepática, Ming Wan levantó la vista bruscamente, su mirada se encontró con la de Wen Zhi a una distancia de cuatro o cinco metros, y un repentino pánico la invadió.
Las linternas brillaban intensamente, pero no lograban calentar la gélida noche invernal. El rostro de Wen Zhi se ocultaba entre las sombras del carruaje; y su mirada afilada se dirigió directamente hacia ella, tan fría como cuchillas de hielo.
Ming Wan no lo había visto con una expresión tan siniestra en mucho tiempo; una sola mirada bastaba para helarle la sangre.
“Yo… he llegado, hermana Jiang, ¡espera, por favor!” – Ignorando la expresión de Jiang Lingyi, ella se apresuró hacia el carruaje.
No sabía qué le pasaba a Wen Zhi, por qué su expresión era tan aterradora; solo sabía que aquello no podía ser nada bueno.
“Señora, por favor, espere.” – El joven maestro Li sonrió con la misma dulzura de antes, volviéndose a poner la máscara; su rostro ahora era el de un demonio amenazador.
Xiao Hua, sentado con las piernas cruzadas en el carruaje, también notó al invitado inesperado entre la multitud, se levantó bruscamente y miró a Wen Zhi, exclamando: “¡Cómo puede ser él! ¿Cómo es posible que mi cuñada esté caminando con él?”
El rostro de Wen Zhi estaba frío como el hielo, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños: “… ¡Xiao Hua, vámonos!”
Xiao Hua estaba atónito: “Pero mi cuñada sigue…”
“¡Vámonos!” – La palabra, cargada de odio y rabia, salió entre dientes.
Él pensaba que la traición en la montaña Yan Hui ya había sido dolorosa, pero no imaginaba que verla llegar acompañada de ese hombre esa noche le causaría un dolor aún mayor.
Ming Wan observó impotente cómo Wen Zhi bajaba la cortina del carruaje, bloqueando su vista sin piedad, y luego veía cómo el carruaje pasaba rozándola, dejándola atrás a toda velocidad y quedó atónita.
El cambio fue demasiado repentino, como el cielo y la tierra en un instante.
Ming Wan se quedó allí, inmóvil, dejando que la multitud que pasaba la empujara y la zarandeara. Sentía el corazón como si estuviera lleno de plomo, estaba frío y pesado, lo que le dificultaba la respiración.
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