La confusión se reflejó en los ojos de Yelena.
Este hombre, definitivamente, no era capaz de medir objetivamente la fuerza que tenía en las manos.
Con la delicadeza con la que estaba aplicando el ungüento, no solo un simple moretón… incluso una herida grave terminaría sintiendo cosquillas.
—…Me hace cosquillas.
Kaywhin Mayhard no respondió. Como si aquella respuesta no fuera la que esperaba, simplemente continuó aplicando el medicamento con el mismo cuidado de antes.
«¿Debería decirle que lo haga con un poco más de fuerza?»
Yelena dudó un momento, pero al final decidió guardar silencio.
Soportó las cosquillas mientras observaba en silencio las grandes manos de Kaywhin extender cuidadosamente el ungüento.
Cuando terminó con su muñeca y empezó a guardar el frasco de medicina, Yelena habló de repente.
—Oye.
—¿Sí?
—¿Cuándo empuñaste una espada por primera vez?
Era una pregunta completamente inesperada.
Kaywhin, que acababa de cerrar el frasco, levantó la vista hacia ella.
—Es solo que… tus manos son muy ásperas. Tienes muchos callos.
No era exactamente el dorso de sus manos.
Era la palma.
El dorso seguía siendo sorprendentemente suave.
En realidad, no era algo que hubiera descubierto esa noche.
Lo había notado la última vez que estuvieron en el despacho.
«¿Agarrarle la mano?»
Yelena negó para sí misma.
«Solo la toqué un poco.»
Después de corregir sus propios recuerdos, escuchó la respuesta de Kaywhin.
—La primera vez que sostuve una espada fue cuando tenía seis años.
—¿Tan pequeño?
Yelena recordó inmediatamente a su hermano Edward.
Él había comenzado a aprender esgrima cuando tenía alrededor de doce años.
«Seis años…»
Su mirada se perdió por un instante, como si intentara buscar un recuerdo muy lejano.
¿Qué hacía ella cuando tenía seis años?
No lograba recordarlo con claridad.
Probablemente ni siquiera sabía que existían las espadas.
Bueno… quizá sí.
Había leído cuentos de caballeros derrotando dragones y villanos.
Pero una cosa era conocerlas por los libros y otra muy distinta haber visto una espada de verdad.
«Era una época completamente diferente…»
Había pasado demasiado tiempo.
Entonces era apenas una niña.
Sin darse cuenta, Yelena comenzó a imaginar al pequeño Kaywhin Mayhard, de apenas seis años, sosteniendo una espada casi tan alta como él.
Tal vez notó lo que estaba imaginando, porque Kaywhin añadió con calma:
—Fue desastroso.
—Eso…
«No lo creo.»
Las palabras estuvieron a punto de salir de su boca, pero se detuvo.
Pensándolo bien, era lógico.
Para un niño de seis años debía de ser muy difícil manejar una espada.
Seguramente la espada era casi tan larga como él.
«Quizá incluso más…»
Tal como él decía, probablemente debió verse bastante torpe.
Sin embargo, en lugar de pensar que aquello era vergonzoso, otra imagen apareció en la mente de Yelena.
—…Más que desastroso…
Una ligera sonrisa apareció en su rostro.
—Debiste verte muy tierno.
Después de decirlo, ella misma terminó convenciéndose de que era verdad.
Sus mejillas se tiñeron ligeramente de rojo mientras continuaba hablando con entusiasmo.
—¿No es cierto? Estoy segura de que debías verte adorable. ¿Nadie te lo decía?
Kaywhin permaneció pensativo unos segundos.
—No lo sé.
—Seguro que sí. Lo que pasa es que ya pasó demasiado tiempo y no lo recuerdas.
En cuanto terminó de hablar, Yelena se dio cuenta de cómo había sonado aquello.
Se apresuró a corregirse.
—¡No quise decir que seas viejo! Solo… que ocurrió hace muchos años. Eso era lo que quería decir. ¿Entendiste?
En lugar de responder, Kaywhin sonrió levemente.
Al verlo sonreír, Yelena soltó un suspiro de alivio.
—Bueno… objetivamente tampoco eres viejo.
Lo observó con atención antes de continuar.
—Solo eres cinco años mayor que yo.
Yelena tenía ahora diecinueve años.
Y, según recordaba, Kaywhin Mayhard tenía veinticuatro.
—Dicen que cuando una pareja se lleva cinco años de diferencia, ya no hace falta mirar ninguna otra cualidad para casarse.
Era una afirmación completamente inventada.
Pero Yelena la dijo con tanta seguridad que parecía una antigua tradición.
Kaywhin tampoco tuvo intención de señalar que acababa de inventársela.
—¿De verdad existe ese dicho?
—Por supuesto.
Yelena asintió con total naturalidad.
Después añadió, como si acabara de recordar otro refrán.
—Y también dicen que, si una pareja así tiene un hijo…
Kaywhin la miró en silencio.
—…ese niño nacerá con un talento extraordinario.
No obtuvo respuesta.
Entonces añadió con una sonrisa inocente:
—Un talento tan grande… que incluso podría salvar al mundo.
Kaywhin siguió observándola en silencio.
Yelena sonrió todavía más.
—Entonces… ¿qué te parece si salvamos el mundo juntos?
Hubo un breve silencio.
Finalmente, Kaywhin extendió la mano hacia la lámpara que descansaba junto a la cama.
—Ya es muy tarde.
Con un suave movimiento, apagó la luz.
«Tsk…»
No funcionó otra vez.

