—¿Por qué no me traes tú mismo la medicina?
«…»
—Llévala a mi habitación y aplícamela. Esta noche.
Era una frase que había leído en algún libro.
En toda crisis hay una oportunidad.
Así era como la gente lograba el éxito.
Temiendo que sus palabras sonaran demasiado descaradas, Yelena añadió rápidamente:
—No te estoy pidiendo que hagas nada más… Solo que me pongas la medicina.
«…»
—Está bien.
Al recibir aquella respuesta tan sencilla, la vergüenza que había sentido hacía un momento desapareció por completo.
Yelena sonrió ampliamente.
***
Aquella misma tarde, Inca Marezon terminó confesando todos sus crímenes.
El número de víctimas utilizadas en sus experimentos ascendía nada menos que a veinte.
Con la excusa de repartir hierbas medicinales, administraba en secreto el fármaco a las criadas y las utilizaba como sujetos de prueba.
Cuando Abbie le contó todo aquello, Yelena estuvo a punto de romper la taza de té que sostenía entre las manos.
Esto es una locura…
De inmediato se envió una carta a la familia Marezon notificándoles los crímenes de Inca y exigiendo que respondieran por ellos.
Tras deliberarlo, se decidió que el caso sería entregado primero a su familia para que asumiera la responsabilidad correspondiente.
Inca Marezon fue subido a un pequeño carruaje para prisioneros y abandonó el castillo bajo custodia.
Yelena permaneció de pie junto a la ventana, observando en silencio cómo el carruaje se alejaba poco a poco.
Cuando los crímenes de Inca salieron a la luz, todo el ducado quedó conmocionado.
Quienes más se alteraron fueron las criadas.
Sentían escalofríos al pensar que cualquiera de ellas pudo haber sido una víctima.
Lamentaban profundamente lo ocurrido a sus antiguas compañeras.
Y, sobre todo, no podían dejar de preguntarse:
—¿Por qué hizo algo así?
Las especulaciones comenzaron a extenderse rápidamente.
Quizá solo era un pervertido con gustos enfermizos.
No, tenía que existir una razón más profunda.
Algunos decían que su familia era problemática y que arrastraba traumas desde la infancia.
Yelena escuchó todas aquellas teorías y solo pensó una cosa.
Ojalá te caiga un rayo.
No le importaba.
Fuera cual fuera el motivo que hubiera llevado a Inca Marezon a cometer semejantes atrocidades, ella no tenía el menor interés en comprenderlo.
Yelena no era una persona tan bondadosa ni tan magnánima como para intentar entender la historia de un criminal.
Lo único que deseaba era que desapareciera para siempre.
Continuó mirando el carruaje hasta que desapareció en el horizonte.
Solo entonces corrió las cortinas de la ventana y se dio la vuelta.
En su mano sostenía una esfera de grabación.
Su expresión se volvió complicada.
…Menos mal que no tuve que usar esto.
Para ser más exactos…
No había sido necesario reproducir la segunda mitad de la grabación.
En esa parte, Inca Marezon insultaba directamente a Kaywhin Mayhard.
Lo llamaba…
«Monstruo».
Yelena había considerado revelar también esa grabación si era necesario para demostrar todos sus crímenes.
Pero, al final, no hizo falta.
Y eso la alegraba sinceramente.
Por mucho que quisiera que Inca pagara por todo lo que hizo… no quería que Kaywhin tuviera que escuchar esas palabras.
Manipuló la esfera y borró todas las conversaciones almacenadas en ella.
La confesión oficial de Inca ya había quedado registrada mediante otro dispositivo mágico, así que aquella grabación ya no era necesaria.
Incluso después de comprobar que todos los registros habían desaparecido, Yelena siguió observando la esfera durante unos segundos.
No era un objeto de un solo uso.
Podía volver a utilizarla tantas veces como quisiera.
Pero…
No quería hacerlo.
Será mejor deshacerme de ella.
Tomó una decisión enseguida y llamó al mayordomo.
—Ben.
—Sí, milady.
Yelena le entregó la esfera.
—Deshazte de esto.
Los artefactos mágicos debían eliminarse mediante un procedimiento especial.
Ben recibió la esfera con ambas manos e hizo una leve reverencia.
—Como ordene.
Después salió de la habitación.
***
Aquella noche, tal como había prometido, Kaywhin Mayhard apareció en el dormitorio de Yelena llevando el ungüento.
Yelena había preparado cuidadosamente la habitación.
Había bajado la intensidad de las lámparas para que la luz fuera tenue.
Y no solo eso.
También había encendido unas velas aromáticas que había hecho traer en secreto.
Su intención era tan evidente que cualquiera habría podido darse cuenta.
Sin embargo, Kaywhin no hizo el menor comentario.
…Tsk.
Bueno.
Ya sabía que reaccionaría así.
En realidad, tampoco esperaba demasiado.
Yelena observó fijamente la gran mano de Kaywhin mientras este aplicaba el ungüento sobre su muñeca.
Sus movimientos eran increíblemente delicados.
Aplicaba la medicina con tanto cuidado que parecía estar acariciando su piel con una pluma.
El cosquilleo hizo que Yelena retirara la mano casi por reflejo.
Kaywhin detuvo inmediatamente el movimiento.
—¿Te duele?

