Yelena pensó que era extraño sentirse tan confundida.
Siempre había creído que era una persona sencilla.
Sin embargo, parecía que había días como ese, en los que ni siquiera entendía lo que pasaba por su propia cabeza.
—Entonces… ¿cuál es la verdadera razón?
Guardó silencio un momento y enseguida negó con la cabeza.
—Olvídalo. En realidad, nunca esperé que me respondieras.
Mientras hablaba, retiró la mano que apoyaba contra la pared.
Su voz sonaba mucho más relajada que al principio.
—En fin… Solo vine a preguntarte eso. Ya no tengo nada más que decir.
«…»
—Si tú tampoco tienes nada que decirme… me iré.
Esperó unos segundos.
Como Kaywhin no respondió, extendió la mano hacia la puerta.
En ese instante, una mano grande apareció delante de ella y le bloqueó el paso.
—Espera, esposa.
—¿Sí?
—¿Puedo ver tu muñeca?
Yelena levantó la manga de una de sus muñecas sin darle demasiada importancia.
—Aquí.
Kaywhin negó con la cabeza.
—Esa no.
Señaló la otra.
—La otra muñeca.
«…»
Yelena permaneció inmóvil.
A diferencia de antes, esta vez retrocedió un paso y escondió la mano detrás de la espalda.
—Ahora que lo pienso… creo que esto no está bien.
Miró a Kaywhin con expresión seria.
—Aunque estemos casados, ¿no crees que es demasiado pedirme que te enseñe mi piel en un lugar como este?
«…»
—Creo que tengo derecho a escoger el momento y el lugar.
Carraspeó con fingida solemnidad.
—Para empezar, prefiero la noche al día. Y también prefiero un dormitorio con ambiente antes que una habitación desconocida como esta…
—Yelena.
…
—La muñeca.
Yelena levantó la vista.
Kaywhin seguía observándola con la misma expresión tranquila.
—Por favor.
…
Yelena soltó un largo suspiro.
Al final, sacó lentamente la muñeca que escondía detrás de la espalda.
Con poca voluntad, levantó apenas la manga.
Un hematoma oscuro cubría casi toda su muñeca.
La marca tenía claramente la forma de una mano sujetándola con fuerza.
Su piel era tan blanca que el moretón resaltaba todavía más.
Yelena volvió a bajar la manga enseguida.
—¿Ya viste suficiente?
Kaywhin guardó silencio unos segundos antes de preguntar:
—¿Te lo hizo Inca Marezon?
Yelena soltó un pequeño bufido.
—Aunque quisiera decir que no… la marca habla por sí sola.
La verdad era que no quería enseñárselo.
Qué vergüenza.
Su piel se marcaba con demasiada facilidad desde que era niña.
No podía creer que Inca Marezon hubiera logrado dejarle un moretón así.
Era realmente humillante.
Kaywhin volvió a guardar silencio.
El tiempo siguió pasando.
Incapaz de soportarlo, Yelena levantó poco a poco la mirada.
Fue entonces cuando él habló.
Su voz sonaba más rígida de lo habitual.
—¿Por qué lo hiciste?
Yelena frunció ligeramente el ceño.
—¿A qué te refieres?
—¿Por qué llegaste tan lejos para sacar a la luz los crímenes de Inca Marezon?
—Ahora que mencionas la herida…
Yelena murmuró para sí.
En realidad…
No era como si hubiera querido terminar así.
¿Quién haría algo semejante porque sí?
Aun así, el resultado no había sido precisamente satisfactorio.
Ella había descubierto el crimen de Inca Marezon, pero quien encontró las pruebas y los testigos para demostrarlo fue Kaywhin.
Aquello le resultaba incómodo.
Era como si ella hubiera encontrado el problema…
…pero él hubiera sido quien lo resolviera.
Sentía que le habían arrebatado la parte más importante.
Por eso ya no podía decirle, como había pensado al principio, que ahora él estaba en deuda con ella.
Aquello ya la tenía de mal humor.
Y escuchar esa pregunta, que sonaba casi como un reproche, terminó por hacerla estallar.
Antes de pensarlo, las palabras salieron solas.
—¿Por qué?
Lo señaló con el dedo.
—¡Por tu culpa!
«…»
—¡Porque dijiste que no ibas a dormir conmigo!
—Esposa…
—¡Quería hacer un gran mérito descubriendo los crímenes de Inca Marezon! ¡Así tendría una buena excusa para pedirte que durmieras conmigo! ¡Ese era todo mi plan! ¿Entiendes?
Las palabras salieron casi como un grito.
Y justo después…
La razón volvió de golpe.
«…»
Estaba loca.
¿Qué acababa de decir?
Una intensa vergüenza le subió al rostro.
Sin saber dónde mirar, desvió la vista mientras deseaba que el suelo se abriera y la tragara.
Kaywhin la observó durante unos segundos.
Parecía querer decir algo.
Pero al final simplemente abrió la puerta.
—Haré que te envíen un ungüento para la muñeca.
Y salió de la habitación.

