SLMDG 35

—¿Eh?

—Las criadas como nosotras no acudimos al médico solo porque nos sentimos un poco mal.

Yelena volvió la mirada hacia Abbie, quien continuó explicando con calma.

—Si descubren que estamos enfermas, existe la posibilidad de que perdamos nuestro trabajo. Además, aunque los médicos del castillo no cobren por la consulta, para una criada es casi una costumbre ahorrar todo el dinero que pueda.

Los labios de Yelena se entreabrieron.

—… Ah.

Claro.

No había pensado en eso.

Para Yelena, acudir a un médico apenas aparecía un malestar era algo completamente natural.

—Entonces… si Inca Marezon no hubiera sobornado al médico, seguramente habría habido criadas que ni siquiera habrían descubierto que estaban embarazadas hasta que su vientre comenzara a notarse.

Y aquello era precisamente lo que Inca Marezon quería evitar.

Si el embarazo llegaba a hacerse evidente, quienes convivían con la criada terminarían dándose cuenta y el rumor acabaría extendiéndose por todo el castillo.

—… ¿Y Inca Marezon?

La mente de Yelena era un caos mientras hacía la pregunta.

Abbie respondió de inmediato.

—Sigue siendo interrogado. Ya han aparecido testigos y pruebas suficientes, así que probablemente termine confesándolo todo.

—Ya veo…

Yelena dio otro sorbo a su té antes de dejar lentamente la taza sobre la mesa.

Entonces comprendió algo.

Kaywhin había descubierto enseguida qué era lo que faltaba.

Eso significaba que conocía muy bien la vida de quienes servían en su ducado.

Existían muchos nobles que jamás se preocupaban por la forma en que vivían sus subordinados.

Pero Kaywhin Mayhard no era uno de ellos.

Yelena acarició distraídamente el borde de la taza.

Tras permanecer unos instantes en silencio, levantó la vista.

—¿Dónde está ahora el duque?

***

Después de interrogar personalmente a Inca Marezon, Kaywhin Mayhard salía de la sala de interrogatorios cuando vio a Yelena esperándolo en el pasillo.

—Esposa.

—Tengo que hablar contigo.

Sin darle tiempo a responder, Yelena lo sujetó de la muñeca y lo arrastró hasta una habitación vacía cercana.

Cerró la puerta apenas ambos entraron.

Kaywhin observó en silencio a la pequeña mujer que, con una fuerza que apenas podía compararse con la suya, acababa de arrastrarlo hasta allí.

Una leve expresión de desconcierto cruzó su rostro.

—¿Qué ocurre?

—Voy a hacerte una pregunta.

Yelena respiró hondo.

—Pero tienes que responderme con absoluta sinceridad.

—¿Qué clase de pregunta es…?

—Primero prométemelo.

Kaywhin guardó silencio unos segundos.

Finalmente respondió con tranquilidad.

—Si puedo responderla, lo haré con honestidad.

«Mira nada más… Dejándose una vía de escape.»

Yelena frunció ligeramente el ceño, aunque enseguida resopló.

No importaba.

Ella sabría si estaba mintiendo.

Siempre había confiado en su intuición para detectar una mentira.

Apoyó una mano contra la pared y, tras reunir el valor suficiente, habló.

—La razón por la que te niegas a pasar la noche conmigo…

Kaywhin abrió apenas los labios.

—Eso…

—Todavía no termino.

Yelena tomó aire profundamente.

Levantó la cabeza y sostuvo la mirada del duque.

—¿Tiene que ver con los rumores?

—¿Con tu reputación?

Su voz se volvió más suave.

—¿O con esa absurda historia de que estás maldito? ¿Crees que, si te acercas demasiado a mí, terminarás haciéndome daño?

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Mientras esperaba la respuesta, Yelena intentó imaginar cómo reaccionaría si él contestaba que sí.

Si lo pensaba con lógica…

Aquello sería una buena noticia.

Si ese era el verdadero motivo, bastaría con que ella le dijera que no le importaba.

Así todo quedaría resuelto.

Ya no tendría que preocuparse por encontrar la manera de concebir al guerrero destinado a salvar el mundo.

Era, sin duda, la mejor respuesta posible.

Y, sin embargo…

¿Por qué sentía que no sería capaz de alegrarse?

No.

Si Kaywhin respondía que sí…

Lo único que sentiría sería rabia.

Y una rabia inmensa.

Yelena se mordió con fuerza el interior del labio.

El silencio se prolongó durante un largo instante.

Finalmente, Kaywhin habló.

—No.

Yelena dejó escapar el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Me estás diciendo la verdad?

Kaywhin sostuvo su mirada sin vacilar.

—Te respondí con total honestidad.

Los ojos de Yelena recorrieron detenidamente el rostro del duque.

Buscaban el más mínimo indicio de una mentira.

Pero no encontraron ninguno.

Poco a poco, la tensión desapareció de su expresión.

—… Ya veo.

Entonces…

No era esa la razón.

¿Debía sentirse aliviada?

¿O decepcionada?

Ni ella misma era capaz de responder a esa pregunta.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio