Capítulo 25. Te desafío a un duelo (1)
Miré a Cedric con tanta furia que casi echaba humo por las orejas.
Tenía a Gloria a su lado y, aun así, se comportaba como si tuviera todo el derecho del mundo a hacer lo que quisiera. Quizá por eso todos los que nos rodeaban, incluida yo, nos quedamos en silencio, aparentemente sin saber qué decir.
Verónica finalmente logró recuperar la compostura y abrió los labios.
—Tú de verdad eres…
—……
—Siempre igual. Eres un descarado.
Verónica sonrió.
Era una sonrisa cautivadora y seductora, como la de una rosa en plena floración. Los ojos de Cedric temblaron ligeramente al contemplarla.
—No tengo ninguna intención de regresar allí, marqués Cedric Lionel.
—Señora…
—La familia imperial también aprobará nuestro divorcio muy pronto.
—¿Qué está diciendo…?
Cedric pareció desconcertado por las palabras de Verónica.
Bueno, era comprensible. Seguramente la emperatriz viuda le había asegurado que jamás permitiría el divorcio.
Pero, a partir de ahora, la emperatriz viuda dejaría de ser quien controlara a la familia imperial. Sonreí satisfecha al lado de Verónica.
—Eso es imposible. La familia imperial jamás lo aprobará.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—Ja… Señora, sé que desconoce cómo funciona el mundo, pero hacer un berrinche no hará que consiga lo que quiere.
—……
¡Este desgraciado ahora trataba a Verónica como si fuera una niña! Su actitud dejaba muy claro lo que siempre había pensado de ella.
Una joven noble testaruda que no sabía nada del mundo. Seguramente la despreciaba como se desprecia a una villana de una novela romántica fantástica.
Y todo porque no tenía ni idea de lo inteligente y extraordinaria que era Verónica.
—Bueno, supongo que tendremos que esperar para ver qué sucede.
Verónica levantó su copa de vino y sonrió con dulzura. Después bebió lentamente un sorbo de vino tinto.
—Entonces, espero que disfrute de un agradable momento con su amada.
—……
Después de despedirse con elegancia, Verónica se dio la vuelta. Yo la seguí sin vacilar.
Hasta el final, Verónica se mantuvo serena y llena de dignidad. Para cualquiera que lo hubiera presenciado, estaba claro que ella había ganado.
Tomé su mano y levanté la cabeza con orgullo.
Pero entonces…
—¡Señora!
—¡……!
En un abrir y cerrar de ojos, Cedric corrió hacia nosotras, agarró el brazo de Verónica y tiró de ella con brusquedad.
Todo sucedió tan de repente que Verónica no tuvo tiempo de reaccionar. Solo pudo dejarse arrastrar por la fuerza brutal de Cedric.
—¡Suéltame…!
—Tenemos que hablar.
—¡Ya no tengo nada que hablar contigo!
Verónica gritó, pero Cedric se negó a escucharla.
Miré a mi alrededor. Por desgracia, no había ningún miembro de la línea directa de los Winston cerca, y los demás nobles solo podían observar, desconcertados.
¿Qué debía hacer? ¿Usar la ayuda de los demonios para detener a Cedric?
Pero, si lo hacía, podía terminar revelando mis poderes…
Mientras dudaba, mis ojos se encontraron con los de alguien.
—¡……!
—……
Gloria, que parecía estar muy angustiada, abrió mucho los ojos al verme.
Sus ojos verdes, incapaces de ocultar cuánto la había herido aquella situación, quedaron grabados en mi mente. Apreté los dientes.
Esto era cruel incluso para Gloria, la protagonista femenina de la historia. Por muy arrepentido que supuestamente fuera el protagonista masculino, tenía que haber límites.
Había perdido la memoria, abandonado a Gloria, la mujer que había amado, y se había casado con otra. Después, cuando Gloria huyó estando embarazada, él se había tomado la molestia de buscarla y traerla de vuelta.
¿Y ahora le mostraba abiertamente a Gloria lo obsesionado que estaba con su antigua esposa?
¿Acaso este hombre no era una basura absoluta?
Fruncí el ceño y les di una orden mental a los demonios.
«¡Desmond, Vivi! ¡Ahora mismo…!».
Pero, antes de que pudiera terminar, un anuncio atronador resonó en el salón del banquete.
—¡Su Alteza Imperial, Dantellion Noah Sylvester, el supremo Sol del Imperio Sylvester, hace su entrada!
—¡……!
Mientras la voz del guardia resonaba por el enorme salón, las pesadas puertas se abrieron. Entonces apareció un hombre alto.
Dantellion parecía un dios de la mitología antigua. Su cabello dorado, como si estuviera hecho de oro puro, estaba peinado pulcramente hacia atrás, lo que hacía destacar aún más sus atractivos rasgos masculinos.
Todos los nobles que habían estado observando la disputa entre Verónica y Cedric fueron incapaces de apartar los ojos de Dantellion.
Yo tampoco fui la excepción. Mi cuerpo se quedó rígido y solo pude mirarlo embobada mientras se acercaba lentamente hacia nosotras.
—Marqués Lionel.
—¡……!
La voz grave y profunda de Dantellion resonó en el salón. Sus fríos ojos azules estaban fijos en la mano de Cedric, que todavía sujetaba el brazo de Verónica.
Cedric se estremeció. Hizo una mueca antes de abrir la boca.
—Yo… saludo respetuosamente a Su Alteza Imperial…
—Suéltela.
—……
—Suelte su brazo antes de hablar.
Dantellion repitió las mismas palabras sin cambiar de expresión.
El rostro de Cedric se contrajo de manera deplorable. Apretó los dientes y finalmente soltó el brazo de Verónica, que había estado sujetando con tanta fuerza.
—Le ruego que me discul…
—Lady Winston, ¿se encuentra bien?
Dantellion ignoró por completo a Cedric y se dirigió a Verónica. Su cuerpo alto y ancho se interpuso entre ella y Cedric.
—Ah, sí. Estoy bien.
—Parece que tiene el brazo amoratado.
—Bueno, eso…
Verónica miró su brazo, sorprendida. En efecto, su piel blanca como la nieve estaba roja e hinchada, marcada por las huellas de los dedos de Cedric.
Dantellion observó la lesión con expresión seria.
—Sería mejor que el médico imperial la examinara.
—Ah.
—Acompañen a la dama.
Ante su única orden, un sirviente se apresuró a acercarse para guiar a Verónica. Antes de seguirlo, ella se volvió hacia mí.
—Dia, ven aquí.
—……
Para ser sincera, quería quedarme en el salón del banquete y seguir contemplando un poco más el enfrentamiento entre Dantellion y Cedric.
Pero no podía hacerlo. Contuve un suspiro y seguí obedientemente a Verónica.
—Mamá, ¿estás bien?
—Sí, mamá está bien.
—……
Verónica parecía extrañamente aturdida. Asintió al mirarme, pero tenía la mirada perdida.
¿Estaría conmocionada por el comportamiento de Cedric? Pero, si ese fuera el caso, ¿por qué tenía las mejillas ligeramente sonrojadas…?
Entrecerré los ojos. Por alguna razón, no creía que Cedric fuera el motivo por el que Verónica parecía estar en las nubes.
«Bueno, hay que admitir que Dantellion se veía bastante guapo hace un momento».
Con su cabello rubio, parecía un príncipe montado en un caballo blanco, salido directamente de un cuento de hadas. Incluso el uniforme blanco que no solía usar le quedaba de maravilla.
Entré en una sala de descanso junto a Verónica, que seguía distraída. El sirviente inclinó profundamente la cabeza ante ella.
—Espere un momento, por favor. Iré a buscar al médico imperial.
—Está bien.
Cuando Verónica asintió, el sirviente retrocedió con pasos ceremoniosos y salió de la sala. Miré con preocupación el brazo de Verónica, que seguía rojo e hinchado.
—¿Te duele mucho?
—Mamá está bien.
—Dia te dará un besito para que se te pase.
—Ay, mi niña.
A estas alturas, actuar con ternura me salía de forma natural. Me acerqué al brazo de Verónica y soplé suavemente sobre él varias veces.
—Mi dulce Dia. ¿Ves? Ya no me duele nada.
Verónica sonrió radiante al decirlo. Yo sabía perfectamente que era mentira, pero ella parecía estar genuinamente feliz.
Yo también sonreí con una risita, y Verónica me acarició la cabeza.
En ese momento…
¡PUM!
—¡Veri!
—¡Veri!
—¡Dia!
La puerta de la sala se abrió de golpe y varios hombres vestidos de oscuro entraron apresuradamente.
Eran el duque de Winston y los miembros de su línea directa. Los miré con frialdad.
—¡Cómo se atreve ese desgraciado de Cedric…!
En cuanto el duque de Winston vio finalmente el estado de Verónica, sus ojos parecieron arder de furia.
Vincent y Brandon también apretaron los dientes al ver su brazo hinchado.
—Padre, ¿adónde va?
—¡No me detengas!
—Haa…
Verónica soltó un largo suspiro mientras sujetaba al duque de Winston, que estaba a punto de salir de la sala hecho una furia.
No habían aparecido ni por asomo cuando Cedric había maltratado a Verónica en el salón del banquete, ¿y ahora venían a armar un escándalo?
Por supuesto, entendía que quizá no se habían dado cuenta porque había demasiadas personas rodeándolos.
Aun así, causar semejante alboroto a esas alturas solo pondría a Verónica en una situación incómoda. Chasqueé la lengua para mis adentros mientras observaba al duque de Winston.
—Por cierto, ¿qué está haciendo Su Alteza en este momento?
—¿Te refieres al príncipe heredero?
—Sí.
Verónica preguntó con un poco de ansiedad, como si no pudiera dejar de pensar en el príncipe heredero, que seguía en el salón del banquete.
El duque guardó silencio por un momento.
—Bueno, verás…
—¿Qué sucede?
—Su Alteza Imperial…
—¿……?
El duque no dejaba de hacer pausas. ¿Por qué tenía que crear tanto suspenso? Cuando incluso yo empecé a fruncir el ceño a su lado, finalmente volvió a hablar.
—Va a batirse en duelo con ese desgraciado de Cedric.
—¿Qué? ¿Qué ha dicho?
—¿……?
¿De repente?
A mí también se me cayó la mandíbula.
¿Qué demonios había pasado después de que nos fuéramos para que aquellos dos terminaran desafiándose a un duelo?
—No entendía por qué estaba tan enfadado, pero parece que verte, Veri, lo enfureció muchísimo.
—Ah…
—Espero que aproveche esta oportunidad para dejar medio muerto a ese desgraciado de Cedric.
El duque soltó una carcajada mientras hablaba.
Verónica se quedó sin palabras por la sorpresa, mientras yo miraba al duque con una expresión de absoluta incredulidad.
¿Un duelo entre Maestros de la Espada? ¿De verdad eso iba a salir bien?
Ya me estaban dando ganas de suspirar.

