Capítulo 1. Divórciate de papá, mamá
—¡Por fin…! ¡Lo logré!
Exclamé con emoción.
Al fin, todos los preparativos habían terminado.
Acababa de firmar el contrato, así que me incliné respetuosamente ante el agente inmobiliario.
—¡Muchas gracias!
—No hay de qué, señorita. Espero que la mudanza salga muy bien.
—¡Sí!
Respondí con entusiasmo y levanté la cabeza.
Aunque no podía verme los ojos, seguramente me brillaban de felicidad.
Después de despedirme del agente inmobiliario, salí de la oficina. Mi corazón ya latía con fuerza por la emoción.
Todo había tardado bastante más de lo que esperaba.
Me había esforzado hasta el agotamiento para ingresar a una prestigiosa universidad y, después, tuve que atravesar una etapa caótica en la que compaginaba los trabajos universitarios con las actividades de un grupo de preparación laboral que ni siquiera encajaba con mi personalidad.
Además, aprovechaba cualquier momento libre para trabajar a tiempo parcial y ganar dinero. Sinceramente, entre los estudios y el trabajo, hubo varias ocasiones en las que estuve a punto de desplomarme por el exceso de esfuerzo.
Pero, por fin, todo ese sacrificio estaba dando sus frutos.
Después de conseguir, por muy poco, un puesto en una gran empresa, había postulado deliberadamente a una sede ubicada en una región bastante alejada.
Mi objetivo era sencillo: escapar de aquella casa que tanto detestaba.
Apenas conseguí el empleo, utilicé el dinero que había ahorrado poco a poco durante todos esos años para firmar el contrato de una casa. En realidad, como la empresa estaba ubicada fuera de la ciudad, normalmente ofrecía alojamiento a sus empleados, pero aquel lugar era demasiado pequeño para que viviéramos dos personas.
En esta casa viviríamos mi mamá y yo, solo nosotras dos.
Por fin, mi deseo estaba a punto de hacerse realidad.
Divórciate de papá, mamá.
—…¿Cómo podría hacerlo?
—Entonces, ¿vas a seguir viviendo con él a pesar de todo lo que hace?
«…»
Mi padre biológico no era más que una basura de persona.
Sinceramente, no había otra manera de describirlo.
Se había casado con mi hermosa madre y, desde entonces, le había sido infiel como si se tratara de una costumbre cotidiana. Además, cuando bebía hasta perder el control y se convertía en una bestia, incluso llegaba a golpearla.
Por suerte, nunca me golpeó a mí, pero eso solo se debía a que mi madre me protegía desesperadamente.
Yo no podía hacer nada.
¿Qué podía hacer una niña pequeña e indefensa?
Lo único que podía hacer era acurrucarme en una habitación oscura y temblar de miedo mientras escuchaba los desgarradores gritos de mi madre.
Con el paso del tiempo, fui creciendo y, junto con mi edad, también creció el odio que sentía por aquel hombre que se hacía llamar mi padre.
Finalmente, cuando otra de sus amantes apareció en nuestra casa y armó un escándalo, llegué al límite de mi paciencia.
En aquel entonces estaba en la secundaria. En medio de nuestra casa, completamente destrozada por el altercado, le dije a mi madre que se divorciara de él.
Le propuse que nos marcháramos y viviéramos las dos por nuestra cuenta.
Pero mi madre negó con la cabeza.
Nunca me explicó sus motivos, por más que se lo preguntara, pero sabía que todo tenía que ver conmigo.
Mi padre era un hombre despreciable, con una personalidad completamente podrida, pero su familia pertenecía a una de las familias más adineradas del país, casi al nivel de un chaebol. En otras palabras, tenían muchísimo dinero.
Si mi madre hubiera estado sola, quizá se habría divorciado sin pensarlo dos veces.
Habría aceptado una indemnización razonable y se habría marchado de aquella casa.
Pero el problema era yo.
Mi padre, que engañaba a mi madre con tanta facilidad como si respirara, seguramente no me quería. Sin embargo, su familia era diferente.
Desde que era pequeña, se habían fijado en mí porque siempre me habían considerado una niña superdotada. Era muy probable que se negaran a renunciar a mi custodia.
Si mis padres se divorciaban mientras yo todavía era menor de edad, mi madre quizá tendría que marcharse sin mí.
Y aunque lograra ganar una difícil batalla legal y llevarme con ella, habría sido casi imposible para una mujer que había dedicado todos esos años a las labores del hogar mantenerme y pagar mis estudios.
Por eso, al final, dejé de insistir.
En lugar de eso, estudié con empeño y me esforcé todo lo que pude.
Cualquier cosa con tal de escapar de aquella maldita casa.
Y ahora, después de tantos años, por fin estaba viendo los resultados de mis esfuerzos.
Saqué rápidamente el teléfono y pulsé el botón para llamar.
—¿Aló?
—¡Mamá, soy yo!
—¡Cariño! ¿Ya vas a venir a casa?
—Sí, llegaré pronto.
Mi madre todavía no sabía que había firmado el contrato de una casa en la que podríamos vivir juntas.
Pensaba darle la noticia cuando llegara a casa, como si fuera un regalo sorpresa.
Después, le pediría que pusiera su firma y sello en el acuerdo de divorcio que había guardado a escondidas en un cajón, y nos marcharíamos de aquella casa juntas.
Solo de pensarlo, el corazón se me llenaba de emoción.
—Mamá, cuando llegue a casa, hay algo que…
Hay algo que quiero decirte.
Eso era lo que estaba a punto de decir cuando, de repente…
—¡Aaaah!
—¿Eh…?
Un estruendo ensordecedor resonó y algo se precipitó hacia mí a una velocidad increíble.
Alguien gritó cerca de mí.
Yo solo pude quedarme mirando, atónita, el enorme camión y el automóvil que habían atravesado la barrera de seguridad y se habían subido a la acera.
¡Pum…!
—¡…!
Mi cuerpo salió despedido por los aires antes de que pudiera siquiera gritar.
Después, caí al suelo y rodé por él.
El impacto fue tan fuerte que la cabeza me zumbaba.
Ah, el teléfono…
Con mucho esfuerzo, recordé que apenas unos instantes antes había estado hablando con mi madre.
Pero el teléfono ya no estaba en mi mano. No tenía idea de adónde había salido despedido.
Una oleada de dolor insoportable me invadió y no pude moverme.
—Ah…!
Tenía que volver y decírselo.
Decírselo a mamá…
Que viviríamos felices las dos.
Que ya no tenía que seguir soportándolo por mi culpa.
Que, a partir de ahora, yo me encargaría de hacerla feliz…
Tenía que… decírselo…
—Ah…
Con aquel último suspiro, cerré lentamente los ojos.
Y el mundo entero quedó en silencio.
«…»
Qué ruido.
Fruncí el ceño al escuchar el sonido que alguien hacía a mi lado.
¿Quién demonios estaba haciendo tanto escándalo?
Tenía el sueño ligero, así que arrugué el entrecejo, molesta. Había tanto ruido que ni siquiera podía dormir tranquila.
—¿…?
Entonces, de pronto, me di cuenta de algo.
¿No me había atropellado un automóvil?
Y, por lo que recordaba, varios vehículos habían chocado entre sí, así que probablemente me había visto involucrada en un accidente múltiple.
Al recordar de golpe lo que había sucedido, abrí los ojos apresuradamente.
—¡Ugh…!
—¿Cariño…?
—¡Ah, me duele…!
Me dolía todo el cuerpo, como si alguien me hubiera golpeado de pies a cabeza.
Abrí los ojos y dejé escapar un gemido de dolor sin poder evitarlo. La persona que estaba sentada a mi lado se sobresaltó y se volvió inmediatamente hacia mí.
—¡Ah…!
Es increíblemente hermosa. ¿Quién es?
Nunca en mi vida había visto a alguien tan deslumbrante. ¿Sería una amiga de mi madre?
Era incluso más hermosa que mi propia madre, quien tenía una belleza digna de una actriz.
Aunque me sentía un poco culpable por pensarlo.
Pero ¿por qué estaba llorando? ¿Dónde estaba mi madre?
Además, sus ojos… son rojos.
No eran rojos por haber llorado. Sus iris eran rojos de por sí, un color de ojos imposible de encontrar en una persona coreana común.
Sus rasgos también eran muy exóticos. ¿Acaso mi madre tenía alguna amiga extranjera?
Con la mente todavía aturdida, solo pude mirarla y murmurar con confusión.
—Cariño, ¿has abierto los ojos? ¿Puedes oírme?
—Eh… bueno…
—¡Oh, Dios mío! ¡Gracias! ¡Muchísimas gracias!
—¡…!
La mujer volvió a romper en llanto, dejando que las lágrimas le corrieran por el rostro.
La observé, completamente desconcertada. Entonces, de repente, una avalancha de recuerdos desconocidos comenzó a aparecer en mi mente.
—¡Ah…!
—¡Dia! ¿Qué te pasa, cariño?
—¿Dia…?
—¿Todavía te duele?
La niña a la que llamaban por aquel apodo se llamaba Claudia Lionel. Era la pequeña hija del marqués de Lionel.
Con la mirada todavía vacilante, contemplé a aquella mujer de belleza extraordinaria. Gracias a los recuerdos que habían aparecido en mi mente, ahora conocía su nombre.
Veronica Lionel.
Una antigua duquesa y señora de la casa del marqués de Lionel.
Y la madre de este cuerpo que ahora ocupaba…
—Hija mía, quédate acostada y descansa tranquila. El médico personal llegará pronto.
«…»
Aparté la mirada de ella y me quedé observando el techo sin comprender del todo lo que sucedía.
Era un techo muy ornamentado, de un estilo antiguo y elegante.
Estoy dentro de la novela que leí.
Una novela romántica de fantasía en la que Veronica aparecía como la villana.
Tenía una hija pequeña, una niña de salud delicada que, cuando comenzaba la historia original, enfermaba de una fiebre muy alta y terminaba muriendo.
Con apenas cinco años.
¿Yo soy esa niña…?
¿Era un sueño?
Sí, tenía que ser una pesadilla absurda. No había manera de que hubiera reencarnado dentro de una novela.
Si volvía a perder el conocimiento, seguramente despertaría en un hospital.
Cerré los ojos apresuradamente.
—¡Dia, hija mía…!
«…»
Pero, al escuchar el desesperado grito de Veronica, no pude mantener los ojos cerrados.
A regañadientes, volví a abrirlos y la miré.
—…Mamá.
—Sí, cariño. Mi niña hermosa, mi preciosa hija.
«…»
Veronica me acarició la mejilla con las manos temblorosas. Su rostro estaba empapado de lágrimas, pero aun así seguía siendo extraordinariamente hermoso.
En esta novela, yo nunca había estado del lado de los protagonistas.
La razón era sencilla: el protagonista masculino era un auténtico canalla.
Por mucho que la protagonista femenina hubiera sido su primer amor, él seguía siendo un hombre casado que había cometido la imperdonable atrocidad de serle infiel a su esposa.
Y, por si fuera poco, tuvo la desfachatez de decirle a Veronica, quien ni siquiera había tenido tiempo de recuperarse del dolor por la pérdida de su hija, que pensaba llevar a la protagonista femenina a vivir a su casa.
¿Cómo podía alguien no perder los estribos ante semejante situación?
A lo largo de toda la novela, Veronica era tratada despiadadamente como una villana, pero yo nunca la había visto de esa manera.
La miré con compasión y abrí lentamente la boca.
—Mamá, tengo un deseo.
—Claro, cariño. Dime lo que quieras.
Había unas palabras que no había conseguido decirle a mi verdadera madre antes de que fuera demasiado tarde.
Por alguna razón, la imagen de Veronica se superponía con la de mi propia madre, así que continué hablando despacio, en voz baja.
—Divórciate de papá, mamá.
«…»
Y, acto seguido, cerré suavemente los ojos.

