CCEPMD – 17

Capítulo 17 – Xiao Hua

 

Desde el intento de asesinato, la actitud de Wen Zhi había cambiado sutilmente; ya no se resistía a que Ming Wan le cambiara los vendajes a diario.

Mientras Wen Zhi no la critique con palabras hirientes, Ming Wan vivía bastante cómoda en la residencia del Marqués.

Pero tal comodidad le producía una sensación de inquietud y melancolía, como si hubiera tomado algo que no le pertenecía. Ming Wan no era una persona desagradecida. Sin encontrar forma de recompensar a Wen Zhi, solo podía dedicarse con mayor empeño a su cuidado: lo atendía como médico, le cambiaba los vendajes y estudiaba en secreto casos de rehabilitación para la parálisis de las extremidades inferiores, preparándose para ayudarlo en su recuperación. De esa manera, incluso si se divorciaran en el futuro, no se arrepentiría.

Durante varios días soleados, Ming Wan y Qing Xing secaban hierbas en el patio.

Xiao Hua regresó de hacer unos recados y al pasar por detrás de Qing Xing, extendió la mano y le dio una palmadita en el hombro. Qing Xing jadeó y se giró para ver los ojos felinos de Xiao Hua entrecerrados con picardía bajo su máscara y fingiendo inocencia, él dijo: “No fui yo quien te golpeó.”

Qing Xing lo miró furiosa, pero, incapaz de hacer nada al respecto, se quedó tan malhumorada como un bollo arrugado.

Ming Wan se enteró hoy de que Xiao Hua apenas acaba de cumplir dieciocho años, un poco menor que Wen Zhi. Parecía maduro y sereno porque siempre llevaba una máscara y prefería la ropa negra; pero en realidad es un adolescente que aún no había madurado. Quizás todavía resentido con Qing Xing por haberlo creído erróneamente un “espíritu zorro”, Xiao Hua aprovechaba cualquier oportunidad para molestarla y burlarse de ella, huyendo rápidamente cuando estaba a punto de golpearlo.

A Ming Wan le pareció divertido y se dirigió a la estantería de madera para secar la raíz de astrágalo. El estante tenía cuatro niveles, el superior bastante alto, al que no podía llegar. Justo cuando le dolían los brazos, vio de repente un par de brazos que se extendían por encima de su cabeza y colocaban fácilmente la cesta.

Ming Wan se giró y, en efecto, vio el rostro oscuro y fantasmal de Xiao Hua.

Dijo: “Gracias”, con una creciente curiosidad por Xiao Hua y no pudo evitar preguntar: “¿Por qué todos te llaman ‘Xiao Hua’?”

Xiao Hua retrocedió un paso, con la mandíbula perfectamente definida bajo la máscara, apoyándose en el marco de madera, respondió: “Mi apellido es Hua. Mi padre era subcomandante del Marqués. Tras su muerte, el Marqués me trató como a un hijo. Como solo tenía once años cuando llegué a su mansión, me llamaban ‘Xiao Hua’, y ahora es una costumbre.”

‘Ya veo.’

Tras pensarlo un momento, Ming Wan añadió: “¡Entonces puedo llamarte por tu nombre! ‘Xiao Hua’ suena a nombre de chica; no se ajusta a tus formidables habilidades.”

Por alguna razón, la expresión de Xiao Hua se volvió más sutil.

Ming Wan rebuscó entre las hierbas de la cesta de aventar* y preguntó con naturalidad: “¿Cómo te llamas?”

(N/T: * Una cesta de aventar es una herramienta agrícola tradicional, ancha y poco profunda, que se utiliza para separar el grano limpio de la paja y la cascarilla utilizando la fuerza del viento.)

Xiao Hua, visiblemente nervioso, cambió de tema de manera abrupta: “Aprendí a usar la espada gracias al joven maestro. Yo no soy bueno; él sí.”

Tras muchas preguntas, Xiao Hua simplemente hizo un gesto con la mano sin responder, negándose a decir su nombre completo. Cuanto más callado permanecía, más curiosa se ponía Ming Wan: “¿Por qué llevas una máscara? ¿No te resulta incómodo cubrirte la cara?”

Xiao Hua respondió tímidamente: “Porque soy feo.”

“¡No te creo! ¡Mientes!” – Exclamó Qing Xing, asomando la cabeza por detrás del estante de madera, y luego, en represalia, intentó quitarle la máscara. – “¡Quítatela y déjame ver!”

Xiao Hua sintió de inmediato un presentimiento de peligro inminente y, para esquivarla, se cubrió la máscara con una mano, casi derribando el estante de madera donde se secaban las hierbas medicinales. Ming Wan estabilizó rápidamente la cesta redonda, riendo y haciendo un gesto a Qing Xing: “¡A la izquierda! ¡Bloquéalo! ¡Qing Xing, salta y agárralo!”

El frío sol invernal brilló de repente, y el patio se llenó de risitas.

Wen Zhi repasaba la información que había recopilado en su habitación, pero las risas del patio lo interrumpieron y no podía concentrarse. Frunció el ceño y golpeó con la pluma que tenía en la mano el papel de arroz, sobre el que había impreso un tótem de lobo gris, salpicando una mancha de tinta seca.

Tras un rato a solas, finalmente empujó su silla de ruedas con semblante serio, deseando ver de qué se reían.

Sin molestar a nadie, aparcó la silla de ruedas detrás del bonsái bajo el alero y observó a través de las escasas ramas a Ming Wan, que jugaba en el patio.

Ming Wan estaba de pie bajo la luz del sol, con la mirada fija en Xiao Hua, acorralado por Qing Xing. Ella aplaudía de vez en cuando, luego se ponía las manos en las caderas, sus ojos se arrugaban con una amplia y alegre sonrisa.

Wen Zhi se aferraba con fuerza al reposabrazos de su silla de ruedas, sus ojos, entrecerrados por las hojas, llenos de una profunda tristeza, una ira y un resentimiento inexplicables que le oprimían el corazón.

Ming Wan nunca le había sonreído.

En su presencia, Ming Wan siempre se mostraba ligeramente molesta y resignada; su mayor acto de rebeldía eran unas pocas palabras de réplica, nunca una sonrisa tan radiante. Se burlaba de sí mismo para sus adentros, sabiendo que a cualquiera que soportara su temperamento volátil le costaría sonreír, pero aun así no podía dejarlo pasar…

¡Ella se rebajó a cuidarlo solo por la compasión desbordante de un médico!, pensó con malicia.

En ese momento, Qing Xing se levantó de un salto y tocó la máscara de Xiao Hua. La máscara se inclinó, dejando ver brevemente la mitad de su rostro, pero él la bloqueó rápidamente, provocando que Ming Wan suspirara con pesar.

El rostro de Wen Zhi se tornó frío, empujó su silla de ruedas y, apretando los dientes, gritando desde el pasillo: “¡Hua, Da, Zhuang!”

Cada palabra fue pronunciada con claridad.

Al oír las palabras “Hua Da Zhuang”, Xiao Hua se quedó paralizado como si le hubiera alcanzado un rayo y ya no se atrevió a hacer más alboroto. Sus ojos felinos, llenos de resentimiento, miraron a Wen Zhi.

Wen Zhi no mostró piedad, ni siquiera un atisbo de ira, y su voz se volvió aún más fría: “¡Ven aquí!”

Xiao Hua dejó caer los hombros, se cubrió aún más con la máscara y se acercó abatido y con la cabeza baja.

“¿Hua… Hua Da Zhuang?” – Ming Wan, ajena a la repentina ira de Wen Zhi, estaba completamente cautivada por el nombre completo de Xiao Hua.

Para cuando se dio cuenta de lo que sucedía, ya se reía a carcajadas, apoyándose en el marco de madera, hasta que le dolía el estómago.

Un joven espadachín con habilidades extraordinarias, ¡y sin embargo tenía un nombre tan vulgar y tosco! No es de extrañar que no revelara su nombre completo; si no se llamaba ‘Xiao Hua’, se llamaba ‘Da Zhuang’, entre dos males, eligió el menor, pero ¡ambos verdaderamente trágicos!

(N/T: 小花 (Xiǎohuā) significa literalmente «pequeña flor» en el idioma chino. Y El término chino 大壯 (Dà Zhuàng) se traduce literalmente como «Gran Fuerza» o «El Poder de lo Grande».)

Por desgracia, la máscara se había levantado demasiado rápido, y Ming Wan, momentáneamente distraída, no había tenido la oportunidad de ver bien el rostro de Xiao Hua. Curiosa, se secó las lágrimas de risa de los rabillos de sus ojos y se volvió hacia Qing Xing, diciendo: “Qing Xing, ¿viste cómo era? ¿Es tan simple como su nombre?”

Qing Xing permaneció en silencio, con el rostro cada vez más rojo.

 

***

 

Cuando llegó el momento de cambiar el vendaje de Wen Zhi, Ming Wan llevó la gasa y las hierbas machacadas a la cálida habitación.

Wen Zhi estaba conversando en voz baja con Xiao Hua, pero al ver entrar a Ming Wan, dejó de hablar y resopló con frialdad.

Ming Wan se sentía inocente y desconcertada, preguntándose qué le pasaba a Wen Zhi ese día.

Se abstuvo de preguntar y, mientras le quitaba las vendas, oyó a Xiao Hua decir: “Se dice que antes del cierre del ejercicio fiscal, esa persona abandonó Kaifeng en secreto y regresó a Chang’an. Mis subordinados estaban a medio camino de perseguirlo, pero le perdieron el rastro. No sabemos dónde se esconde ahora en la capital; desde luego, no está en su residencia.”

En ese momento, Xiao Hua miró a Ming Wan y, al ver que Wen Zhi no protestaba, continuó: “Los asesinos de hace unos días eran excepcionalmente hábiles, no parecían simples rufianes de los bajos fondos, sino asesinos bien entrenados. Los tatuajes en sus cuerpos coincidían con los que el joven maestro vio en la montaña Yan Hui; es casi seguro que pertenecen a esa persona.”

La mirada de Wen Zhi se posó en el papel de arroz sobre el escritorio, donde estaba dibujado un lobo gris increíblemente feroz, idéntico al talismán que colgaba de la cintura del hombre en el acantilado de la montaña Yan Hui.

La sangre se le subió a la cabeza; Wen Zhi se llevó los dedos a la frente y se esforzó por reprimir la oscuridad que le invadía el corazón.

La herida de flecha había cicatrizado, pero la zona circundante aún estaba algo roja, así que Ming Wan se levantó para prepararle una receta para reducir la inflamación y favorecer la regeneración de los tejidos. A Wen Zhi no le gustaba tomar sopas medicinales, así que ella, con mucho cuidado, molió la medicina, le añadió harina y miel, y la dejó cocer a fuego lento hasta obtener una pasta espesa. Tras enfriarse, la formó en pastillas del tamaño de un pulgar, y se las daba tres veces al día; muy práctico.

Wen Zhi seguía hablando con Xiao Hua sobre el intento de asesinato, mencionando a un alto funcionario de la capital, hablando de manera muy secreta. Ming Wan supuso que probablemente estaba relacionado con la derrota en la montaña Yan Hui.

Mientras formaba las pastillas, miró a Xiao Hua y, al recordar su sencillo nombre, no pudo evitar reírse a carcajadas.

Fue una risa muy suave, pero Wen Zhi la oyó y su mirada afilada y fría la recorrió, penetrándola como un cuchillo.

Ming Wan reprimió rápidamente la risa y bajó la cabeza para seguir formando las pastillas.

Una extraña sensación de inquietud volvió a invadir a Wen Zhi. Miró fríamente a Xiao Hua y le ordenó: “¿Qué haces mirándola? ¡Date la vuelta!”

“¿?” – Xiao Hua se sintió ofendido, pero no le quedó más remedio que obedecer.

Para cuando terminó la medicina, Xiao Hua ya se había marchado, Wen Zhi apoyó los codos en el reposabrazos de su silla de ruedas, ladeó ligeramente la cabeza y cerró los ojos, aparentemente dormido.

Que pueda dormir unos minutos más era algo bueno, así que Ming Wan no lo despertó, guardó las pastillas preparadas en un pequeño frasco de porcelana, lo selló y se levantó para estirar su dolorida espalda.

Una brisa se coló por las rendijas de la ventana, alborotando el papel de arroz con un motivo de lobo que había sobre la mesa. Ming Wan, sin nada más que hacer, se acercó de puntillas para examinar el motivo, pero no logró descifrarlo. Así que se agachó y se quedó mirando fijamente el rostro dormido de Wen Zhi.

‘¿Cuánta sensibilidad tiene en las piernas? ¿Tiene cura?’

Una vez que este pensamiento cruzó por su mente, no la abandonó.

Como poseída, no pudo resistir la tentación de extender la mano y tocar el punto de acupuntura debajo de la rodilla de Wen Zhi, presionando con timidez…

De repente, sintió un apretón en la muñeca, Wen Zhi, que había despertado en algún momento, la sujetó con una mano, con los ojos llenos de una oscuridad insondable.

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