CCEPMD – 14

Capítulo 14 – Bajo la adversidad

 

Para cuando reabrieron el tráfico, ya era demasiado tarde y el Templo Ci’en ya no recibía visitas de devotos.

Ming Wan había planeado llegar a la hora adecuada, pero en el camino se encontró, con una niña que había caído al agua y no pudo evitar intervenir en «asuntos ajenos», sintiendo por ello una punzada de culpa.

Wen Zhi no había dicho ni una palabra en toda la noche; y se mantuvo con la cabeza erguida, las pestañas entrecerradas y la mirada fija en un punto del carruaje.

En los últimos días, el mayordomo Ding le había cambiado en secreto el incienso sedante que usaba, así que seguramente había estado durmiendo más profundamente, sus ojeras se habían desvanecido, haciendo que sus ojos parecieran aún más profundos y hermosos… pero seguía siendo frío e inaccesible.

Ming Wan pensó que el retraso en su importante asunto debía de haberlo hecho sentir de muy mal humor.

“¡Por favor, detente un momento!” – Gritó Ming Wan de repente, deteniendo el carruaje.

El centro de la ciudad bullía de actividad, las luces centelleaban como una galaxia y los vendedores ambulantes de comida aún permanecían a la vera del camino, sus tentadores aromas mezclándose con el vapor que ascendía.

Después de que el cochero detuviera el carruaje, Ming Wan miró a Wen Zhi y le preguntó con timidez: “Joven Maestro, ¿tiene hambre?”

Wen Zhi, tras haber pasado tanto tiempo solo, estaba cada vez más cansado del bullicio mundano y no quería quedarse mucho tiempo en la calle, así que respondió fríamente: “¿No has comido suficiente? Se está haciendo tarde; regresemos a casa pronto.”

Ming Wan abrió la boca, la calidez en sus ojos se atenuó ligeramente.

Su fugaz decepción no pasó desapercibida para Wen Zhi. Wen Zhi frunció el ceño, sintiendo una extraña irritación y pensó: ‘No la regañé; ¿por qué pone esa cara?’

Por suerte, a Ming Wan no pareció importarle su actitud, salió del carruaje y se dirigió a los puestos de comida nocturna.

Un cuarto de hora después, regresó al carruaje con un tazón humeante de jiaozi* en la mano.

(N/T: * El jiaozi es una empanadilla tradicional de la gastronomía china cuyo significado principal está asociado con la riqueza, la prosperidad y la transición hacia un nuevo año.)

Probablemente pensando que no era agradable comer sola, ladeó la cabeza y le dijo a Wen Zhi: “Tenemos que comer jiaozi en el día del solsticio de invierno, ¡o si no se nos congelarán las orejas! No sabía qué te gustaba, así que compré una de relleno vegetariano y otra de cordero y rábano. Puedes elegir la que quieras.”

‘Qué insistente era con esas nimiedades’, pensó Wen Zhi con una mueca de desdén.

Al ver su silencio, Ming Wan bajó lentamente sus doloridas muñecas, bajó la cabeza, suspiró y dijo con impotencia: “Está bien, sé que fue mi culpa hoy, por haberte hecho perder la oportunidad de ir a cumplir tu promesa y la Ceremonia de la Linterna de Loto. Si estás enojado, solo di unas palabras, no te contestaré…”

Ella hizo una pausa y luego añadió en voz muy baja: “¡Pero no te pases de la raya! Si es demasiado, yo también me enojaré…”

“Carne de Cordero.” – La interrumpió Wen Zhi en voz baja.

Ming Wan no reaccionó de inmediato y solo exclamó un “¡Ah!” mientras sostenía los dos cuencos.

Wen Zhi extendió una mano larga y fuerte, con la palma hacia arriba, y giró la cabeza fingiendo serenidad, diciendo con voz áspera: “No me gusta la comida vegetariana.”

Incluso al hacer concesiones y mostrar buena voluntad, seguía siendo tan grosero y malhumorado, por lo que era simplemente imposible hablar con él.

Ming Wan exclamó: “Oh”, y le entregó el tazón de jiaozi de cordero a Wen Zhi, advirtiéndole con sentimientos encontrados: “Ten cuidado, está un poco caliente.”

Varias jiaozi blancas, regordetas y con forma de media luna, flotaban en el caldo de cordero caliente y transparente, adornados con cebollín verde y mezclados con el aroma de la pimienta era increíblemente tentador. Wen Zhi tomó una jiaozi sin prestarle atención y sin soplarla, se la metió directamente en la boca. De repente, se quedó paralizado, frunciendo el ceño.

Ming Wan había estado observando su reacción, sintiéndose a la vez divertida y molesta, murmuró para sí misma: ‘Te dije que tuvieras cuidado, pero no me hiciste caso. ¡Ahora te has quemado! ¡Te has quemado esa lengua tan sucia! ¡Cómo vas a volver a hacer una rabieta!’

Al ver su expresión de impotencia, incapaz de tragar o escupir, Ming Wan se sintió impotente, e intentando disimular su regocijo, le sugirió: “Abre la boca y sopla; te sentirás mejor. No te quemes la boca.”

Dicho eso, tomó una jiaozi, sopló sobre ella y se la metió en la boca.

Wen Zhi, por supuesto, no haría algo tan infantil e indigno, simplemente frunció los labios, se tragó la jiaozi entera y sintió el calor abrasador de la comida deslizarse por su garganta hasta llegar a su estómago, donde una calidez indescriptible se extendió.

Al atenuarse las luces, el número de peatones que deambulaban por la calle disminuyó gradualmente, y los vendedores se preparaban para recoger sus puestos. Solo los carruajes esperaban tranquilamente junto al río, disfrutando del calor de un plato de cena.

Wen Zhi comió solo tres o cuatro jiaozis antes de dejar su tazón.

Era muy tarde, y aunque a regañadientes y con pesar, Ming Wan no tuvo más remedio que regresar a casa en el carruaje.

Al llegar a la calle Yongle, un giro por un callejón largo y apartado los acercó a la puerta lateral de la residencia del Marqués Xuan Ping.

Cuando el carruaje entró en el callejón, un repentino destello de luz iluminó el cielo, estallando en una explosión de colores vibrantes.

Era un día auspicioso, y alguien había lanzado fuegos artificiales; con estruendos ensordecedores, grandes columnas de fuegos artificiales iluminaron el cielo oscuro azul nocturno, como estrellas que se congregan, como un centenar de flores en plena floración, iluminando la mitad del firmamento con sus vibrantes colores.

Tales fuegos artificiales solo se veían en Chang’an durante las festividades. Ming Wan no pudo resistir la tentación de levantar la cortina del carruaje para mirar hacia afuera, con los ojos brillantes y luego se volvió hacia Wen Zhi para compartir su alegría: “¡Wen Zhi, mira! ¡Fuegos artificiales!”

Wen Zhi estaba sentado en su silla de ruedas, su abrigo de piel de zorro desprendía un aire de lujo, el juego de luces y sombras de los fuegos artificiales parpadeaba sobre su rostro apuesto y sereno, una tranquilidad que nunca antes había mostrado.

Pero en un instante, la paz en su rostro se transformó en una furia escalofriante, sus ojos se volvieron repentinamente agudos, penetrantes y feroces y agarró a Ming Wan, su mano de hierro la sujetó con fuerza por los hombros, obligándola a tumbarse, rugiendo: “¡Tírate al suelo!”

Antes de que Ming Wan pudiera siquiera gritar de dolor, casi simultáneamente, una flecha brillante rozó la parte superior de su cabeza y se incrustó en la pared del carruaje.

‘¿Flechas… por qué hay flechas?’

Sus ojos se abrieron de par en par, pero por suerte, Wen Zhi accionó a tiempo un mecanismo oculto en la pared del carruaje. Al girar el mecanismo, unas tablas de madera crujieron y bloquearon las puertas y ventanas, haciendo que el carruaje fuera impenetrable y deteniendo la lluvia de flechas.

Para ahorrar aire, Wen Zhi apagó la única vela del carruaje, sumiéndolos en una oscuridad inquietante.

Ming Wan se sentía como atrapada en un ataúd, todo era oscuro y aterrador, y se sentía asustada y asfixiada. A su alrededor, el aire se llenó del estruendo de las flechas al impactar contra la pared: «dun dun», acompañado de gemidos ahogados fuera del carruaje; presumiblemente, los guardias que acompañaban a la familia del Marqués habían sido superados por su formidable enemigo, resultando heridos o incluso muertos…

La respiración de Wen Zhi era superficial, claramente acostumbrada a esa situación.

Pero Ming Wan se enfrentaba a una crisis así por primera vez, así que no podía mantener la calma como Wen Zhi. En su nerviosismo, recordó de repente la primera vez que acompañó a Wen Zhi al palacio, cuando él la amenazó fríamente: <“Será mejor que bajes las cortinas del carruaje… Si alguien intenta asesinarme, la primera flecha te alcanzaría a ti.”>

Así que no era una amenaza; sino una verdad.

Los fuegos artificiales continuaban, aparentemente lanzados específicamente para enmascarar el sonido de las flechas; nadie se percató de ese intento de asesinato oculto en el callejón desierto.

Ming Wan se acurrucó en los brazos de Wen Zhi, aferrándose con fuerza a su manga, luchando por calmar su respiración agitada y dijo en un susurro: “¿Ellos… intentaban asesinarte?”

En la oscuridad, la voz indiferente de Wen Zhi resonó desde arriba: “¿Y qué más?”

“¿Por qué… por qué?”

Tras un largo silencio, Wen Zhi finalmente respondió con voz grave: “Porque conozco un secreto.”

Ese grupo originalmente quería que él muriera con los 70.000 soldados en la montaña Yan Hui, enterrando para siempre ese secreto venenoso. Desafortunadamente, no lograron su objetivo y Wen Zhi regresó con vida a Chang’an …

Ming Wan contuvo la respiración, pero Wen Zhi no tenía intención de explicarle cuál era ese supuesto ‘secreto.’ Su tono era tan frío como siempre cuando le dijo: “Han venido en gran número, el carruaje no los detendrá por mucho tiempo. Busca tu propio momento para escapar después.”

“¿Y tú?” – Preguntó Ming Wan.

“Lo único que quieren es mi vida.” – La voz permaneció indiferente, como si la vida y la muerte ya no importaran, sin mostrar ni rastro de deseo de vivir.

Ming Wan sintió de repente una oleada de ira.

Ella se había esforzado tanto por rescatarlo del estanque de lotos, esperando que al menos tuviera algo de empatía y valorara su vida. ¡Quién iba a imaginar que seguiría con esa actitud tan pasiva y resignada!

¿Acaso no sabía lo preciosa que era la vida? Si hay una pizca de esperanza no debe abandonarse fácilmente.

Justo cuando estaba pensando eso, la lluvia de flechas cesó. Tras un momento de silencio escalofriante, un estruendo ensordecedor resonó, y la puerta del carruaje fue destrozada por una espada, quedando hecha añicos.

Bajo la fría luz de la luna, dos asesinos enmascarados, vestidos de negro, se encontraban de pie sobre el travesaño del carruaje y donde antes habían estado el cochero y el guardia, solo yacían dos cadáveres tendidos en un charco de sangre.

Los asesinos saltaron al carruaje, acercándose paso a paso, alzando sus espadas ensangrentadas hacia Wen Zhi.

Pero Wen Zhi permaneció impasible, como una estatua de piedra sin vida en la oscuridad.

Ming Wan sintió una punzada de tristeza y dolor, instintivamente, agarró el antebrazo de Wen Zhi, con sus ojos almendrados fijos en él en la oscuridad, brillantes por las lágrimas, pero con una determinación que trascendía el miedo…

Cuando lo sacó del estanque de lotos, cuando salvó a la niña de ahogarse, sus ojos brillaban con esa misma luz inquebrantable: un anhelo infinito por la vida.

Ella quería que viviera.

Al leer su mirada, el corazón de Wen Zhi dio un vuelco. Antes de que pudiera reaccionar, las espadas curvas de los asesinos ya estaban suspendidas sobre su cabeza…

<¡Zas!>

Un nítido sonido de carne desgarrándose y sangre salpicando por todas partes.

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