RPE 23.3

Esta prueba no era solo para su clase; todos los alumnos que tenían educación física a esa hora debían rendirla, por lo que el campo de deportes desbordaba de estudiantes.

La tarde regalaba un clima agradable, de cielo despejado y azul brillante; lo único difícil de llevar era el incipiente calor.

Para cumplir con el examen, y a petición del delegado de deportes, todos comenzaron los ejercicios de calentamiento. Mientras giraba las muñecas, Wen Ke’an contempló el firmamento, dejando volar su mente. Se preguntó qué estaría haciendo Gu Ting en ese momento y si su cuerpo ya se habría recuperado por completo del efecto de aquel polvo.

Por puro instinto, giró el rostro hacia la dirección donde se ubicaba la escuela de él.

Al segundo siguiente, se quedó helada.

Bajo la sombra de un frondoso árbol cercano, un joven de camisa blanca permanecía de pie. La brisa vespertina le revolvía el cabello suavemente mientras la observaba en absoluto silencio. Justo cuando ella pensaba en él, Gu Ting aparecía ante sus ojos.

Wen Ke’an parpadeó, incrédula. Al notar que lo había descubierto, los ojos del muchacho se entornaron en una cálida y serena sonrisa.

—Wen Ke’an, ¿qué haces despistada? —el reclamo del delegado la devolvió a la realidad, obligándola a retomar el ejercicio.

En condiciones normales, habría buscado la forma de escabullirse para ir a su encuentro en un descuido del profesor. Sin embargo, al tratarse de una evaluación formal con horarios tan estrictos, no le quedaba más remedio que permanecer allí.

La última prueba consistió en los 800 metros planos. Quizás por la falta de entrenamiento reciente, al cruzar la meta sintió un agotamiento insólito.

—¿Te cansaste mucho? —preguntó Jin Ming, acercándose para apoyarle una mano en el hombro.

—Un poco —asintió ella.

Jin Ming la examinó con extrañeza; al ver que no estaba agitada ni con el rostro enrojecido, dudó:

—¿En serio? Ni lo pareces.

A su alrededor, la mayoría yacía en el césped sin fuerzas para ponerse en pie. Wen Ke’an, salvo por unas cuantas gotas de sudor en la frente, no mostraba mayor fatiga. Lo pensó un momento y aclaró con total seriedad:

—Sentí el esfuerzo, pero no hasta el punto de quedar exhausta.

Ambas comenzaron a caminar plácidamente. Al acercarse a un gran árbol no muy lejano, Wen Ke’an divisó un pequeño paquete en el suelo, se agachó y lo recogió.

—Una botella de agua, una toalla limpia… —enumeró Jin Ming, inclinándose para curosear—. ¡Hasta trajo curitas!

No había duda de que eran detalles de Gu Ting. Al tener asuntos pendientes y no poder quedarse —habiendo tenido que marchar cuando ella realizaba los abdominales—, se los había dejado allí resguardados.

Jin Ming soltó una risita cómplice:

—Vaya, qué considerado… ¿Quién te lo envió? ¿Algún admirador secreto?

—Tal vez tengo un «hada caracol» velando por mí —bromeó Wen Ke me’an con una sonrisa tierna.

—…

Tras descansar un rato a la sombra, la clase estaba por concluir. Justo cuando Wen Ke’an se disponía a levantarse para formar fila, un alboroto llamó la atención de todos en la pista.

—¿Qué pasó allá? —preguntó Jin Ming.

—Parece que alguien se lesionó —observó Wen Ke’an.

Segundos después, varios chicos con uniforme escolar abrieron paso entre la multitud. El del medio llevaba una pierna profundamente raspada y avanzaba a duras penas apoyado en un compañero.

Por la posición en la que estaban, tuvieron vista privilegiada del percance. De inmediato, varias compañeras se acercaron corriendo; entre ellas, la encargada de arte, siempre al tanto de los chismes, trajo el reporte:

—Se tropezó de feo mientras corría. Se hizo un raspón bastante feo.

Cuando se dispersaron para acoplarse a la formación, Jin Ming pareció reaccionar de golpe y se giró hacia ella:

—Ese chico se me hacía conocido… ¿No era Ji Xingran?

—No me fijé bien —respondió Wen Ke’an restándole importancia y entornando los ojos.

En la enfermería del establecimiento, la gravedad de la caída atrajo a varios profesores de educación física, dejando el espacio completamente abarrotado.

—El raspón es severo y profundo. Deberíamos contactar a sus apoderados —indicó el médico tras desinfectar la zona, dirigiéndose a la tutora de Ji Xingran.

—De acuerdo —asintió la profesora.

El procedimiento de curación era doloroso, pero el muchacho permanecía sentado en la camilla en absoluto silencio, como si no sintiera el ardor del antiséptico. Al ver a la docente sacar el teléfono, murmuró secamente:

—No se moleste.

—¿Cómo? —la profesora se detuvo.

—Aunque los llame, no van a venir —sentenció Ji Xingran con la mirada fija en el suelo y voz helada.

Tal como anticipó, la tutora marcó repetidas veces a sus padres sin obtener respuesta alguna.

Como la herida le impedía reintegrarse a las clases, se le indicó reposar en la enfermería. Tras sonar el timbre de salida, la profesora volvió a pasar:

—Aún falta terminar el vendaje. Espera un momento más; tu padre avisó que enviará a alguien a recogerte.

—Está bien —respondió él con indiferencia.

Ji Xingran ostentaba la reputación del alumno más popular del Instituto N.º 1. Al difundirse la noticia del accidente, varias chicas acudieron durante el receso con la intención de verlo, pero él, sumido en un pésimo humor, se negó tajantemente a recibir a nadie.

—Hermano Ran… —la voz de su compañero de pupitre interrumpió el relativo silencio de la sala.

El chico entró sonriendo y, temiendo que lo expulsara, se apresuró a explicarse:

—Estamos en hora de estudio individual y la profesora me envió a hacerte compañía. ¡No me corras, Hermano Ran! Por fin me libré de esa clase, jeje.

Dado lo conversador que era, al ver que Ji Xingran no emitía palabra, busco conversación por su cuenta:

—Oye, Hermano Ran… ¿qué onda con tus papás? ¿Siguen fuera mucho tiempo?

Lo conocía desde la secundaria y sabía ciertos detalles de su entorno familiar. Sin embargo, al percibir que el tema le incomodaba, cambió rápidamente de rumbo:

—Por cierto… ¿de verdad ya no le gustas a la chica más guapa del colegio? Esta tarde vio clarito que te habías lastimado y ni se molestó en acercarse a mirar.

Era de dominio público que a Ji Xingran le fastidiaba la insistencia de Wen Ke’an, por lo que su distanciamiento debería haber sido un alivio. No obstante, apenas soltó el comentario, notó un cambio drástico en la atmósfera.

Lejos de mostrar satisfacción, el rostro de Ji Xingran se ensombreció de tal manera que infundió un halo aterrador.

El compañero retrocedió un paso instintivamente:

—¿Q-Qué te pasa?

Con la mirada fría y desprovista de calidez, Ji Xingran espetó bruscamente:

—Lárgate.

La estancia recuperó el silencio. A solas en la penumbra de la enfermería, Ji Xingran apretó los puños sobre la camilla, mascullando en voz baja mientras su mirada se tornaba aún más oscura:

—Ella dijo que le gustaba… para siempre.


Por la tarde, al término de la jornada escolar, la profesora tutora detuvo a Wen Ke’an antes de que abandonara el aula:

—Te presento al Profesor Wang, director de la Compañía de Danza Qinghua —dijo la docente, señalando al hombre de cabello largo que aguardaba a su lado.

Al escuchar el nombre de la célebre compañía, Wen Ke’an se quedó helada por un instante. Conocía perfectamente el prestigio de esa institución: albergaba a bailarines de élite tanto a nivel nacional como internacional. En los últimos años había experimentado un crecimiento impresionante, y unirse a sus filas había sido uno de sus grandes anhelos.

En su vida pasada, para cuando tuvo la edad requerida para postular, la nómina estaba completa y no abrían vacantes. Cuando finalmente volvieron a audicionar, ella ya había firmado contrato con otra agrupación.

La tutora le dio una palmadita afectuosa en el hombro:

—Los dejo para que conversen tranquilos, tengo unos pendientes en dirección.

—Vaya no más, profesora, muchas gracias.

Tras quedarse a solas con el visitante, Wen Ke’an fijó su mirada en él:

—Profesor Wang… ¿a qué se debe su visita?

El Profesor Wang le dedicó una sonrisa sumamente amable:

—¿Eres la estudiante Wen Ke’an?

—Sí, soy yo.

—¿Fuiste tú quien presentó el baile anoche en la fiesta de la escuela técnica?

Sorprendida de que estuviera al tanto, Wen Ke’an no intentó ocultarlo y asintió con franqueza:

—Así es.

—Nuestra compañía está por iniciar un programa de reclutamiento para jóvenes talentos. Tu interpretación de anoche me pareció sencillamente extraordinaria y posees una base técnica impecable. Dime, ¿te interesaría unirte a la Compañía de Danza Qinghua? – dijo el profesor Wang.

 

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