RPE 07

—¿Li Yaobai y su pandilla están aquí? ¡Vámonos, vámonos!

Justo cuando Wen Ke’an terminaba de empacar unas alitas de pato para unas chicas jóvenes, las vio alejarse presas del pánico.

Siguiendo sus miradas, Wen Ke’an divisó a un grupo de chicos que se encontraba no muy lejos.

No parecían muy mayores, quizá tendrían diecisiete o dieciocho años. Algunos llevaban palos en las manos y, a simple vista, era evidente que no parecían estudiantes precisamente ejemplares.

—¿Quiénes son? —preguntó alguien con curiosidad en voz baja mientras observaba la escena cerca de Wen Ke’an.

—Son del instituto de formación profesional de la ciudad. Siempre se meten en peleas y causan problemas. Es mejor no meterse con ellos. Vámonos.

La mirada de Wen Ke’an se posó en el chico que iba al frente.

Vestía una camiseta negra sin mangas. Tenía el cabello corto y castaño, con algunos mechones de flequillo cayéndole ligeramente sobre los ojos.

Al observar sus ojos de fénix, ligeramente alzados en las comisuras, Wen Ke’an tuvo la extraña sensación de haberlo visto antes en alguna parte.

Los chicos tenían un objetivo claro.

Se acercaron rápidamente al puesto de Wen Ke’an.

Había algunos clientes haciendo cola, pero, al ver acercarse a aquel grupo de jóvenes problemáticos, todos se alejaron rápidamente para evitar verse involucrados.

Wen Ke’an permaneció de pie frente al puesto, en silencio.

Quizá el otro grupo no esperaba encontrarse con una chica tan bonita vendiendo allí. Los chicos parecieron quedarse un poco desconcertados y, por un momento, ninguno se atrevió a decir nada.

El ambiente se volvió extrañamente incómodo.

Wen Qiangguo notó de inmediato que algo no andaba bien.

Se acercó cojeando y se colocó delante de Wen Ke’an, protegiéndola con su cuerpo. Luego sonrió amablemente.

—¿Han venido a comprar guisos, jóvenes? Nuestros guisos están muy buenos.

Li Yaobai no respondió.

Al ver que su líder permanecía en silencio, los demás tampoco se atrevieron a hacer ningún movimiento.

Después de un breve momento de silencio, la mirada feroz de Li Yaobai se apartó del rostro de Wen Ke’an.

Al instante siguiente, extendió la mano y volcó el recipiente de guisos que estaba frente a Wen Qiangguo.

La mayoría de los guisos ya se habían vendido y solo quedaban unas pocas piezas en el fondo.

Con un fuerte estruendo, el recipiente cayó al suelo y varias gotas de salsa salpicaron el vestido de Wen Ke’an.

El ruido atrajo inmediatamente la atención de las personas que se encontraban cerca.

Sin embargo, nadie se atrevió a acercarse. La mayoría se limitó a observar desde la distancia y a susurrar entre sí.

—¿No es ese chico?

—He oído que ahora estudia en el centro de la ciudad. Hace mucho que no lo veía por aquí.

—¿Cómo es que todos lo conocen?

—Yo solía verlo por aquí cuando era pequeño. Es el nieto de nuestro casero.

Wen Ke’an no tenía miedo.

Los observó con calma.

Cuando Li Yaobai volcó el recipiente, lo había empujado deliberadamente hacia otro lado, evitando que la mayor parte de la salsa le cayera encima.

Por eso, Wen Ke’an dedujo que, en realidad, no habían venido con la intención de buscar una pelea.

El chico que estaba al frente frunció el ceño y los miró con evidente impaciencia.

Su voz era clara y tajante cuando habló, pronunciando cada palabra con firmeza:

—No vuelvan a instalar su puesto aquí. Esto es solo una advertencia. Si los vuelvo a ver aquí la próxima vez…

Antes de que pudiera terminar su amenaza, una voz de anciana resonó no muy lejos.

—¡Pequeño bribón!

La voz le resultó familiar a Wen Ke’an.

Inconscientemente, volvió la cabeza.

Era la anciana que vendía pulseras.

Al verla acercarse, la expresión de Li Yaobai se tensó por un instante.

Uno de sus buenos amigos, que estaba a su lado, le dio una palmada en el hombro y le susurró con una sonrisa burlona:

—¿Qué ocurre, hermano Yao? ¿No es esa tu abuela?

—Tú, ven aquí —ordenó la anciana con voz firme.

Li Yaobai respiró profundamente un par de veces antes de acercarse a ella con una expresión de evidente fastidio.

Sin embargo, cuando llegó frente a su abuela, bajó obedientemente la cabeza.

—Abuela.

La anciana, que aún se veía fuerte y saludable, le dio dos fuertes palmadas en el pecho.

—¡Te lo advierto! Si vuelvo a verte causando problemas aquí, ¡te daré una paliza hasta que no puedas ni caminar, pequeño bribón!

Li Yaobai guardó silencio.

—…

Finalmente, respondió en voz baja:

—Oh.

La abuela agarró a Li Yaobai por la oreja y lo arrastró para que se disculpara.

Li Yaobai parecía un adolescente rebelde, pero, delante de su abuela, era sorprendentemente obediente. Se disculpó cuando ella se lo ordenó, aunque su expresión dejaba claro que no estaba siendo sincero en absoluto.

Mientras su abuela conversaba con Wen Qiangguo, Wen Ke’an observó al joven que se encontraba cerca.

Bajo la tenue luz, estaba apoyado contra un pilar cercano, con la cabeza gacha mientras pateaba distraídamente una botella vacía que tenía a sus pies.

Había algo en él, en aquella vivacidad y en ese aire juvenil, que le resultaba extrañamente familiar.

Wen Ke’an se quedó momentáneamente aturdida.

Que lo hubieran atrapado de aquella manera había puesto a Li Yaobai de muy mal humor. Estaba sumamente molesto, pero con su abuela presente, no podía hacer más que contenerse.

El mercado nocturno estaba repleto de gente y el ambiente era ruidoso.

Li Yaobai no pudo soportarlo más y buscó el paquete de cigarrillos que llevaba en el bolsillo. Sin embargo, tras un instante de vacilación, desistió.

Seguía mirando hacia abajo cuando, de repente, una mano pequeña y delicada apareció ante sus ojos.

En ella sostenía una bolsita con guisos.

Li Yaobai se sobresaltó y levantó lentamente la vista.

Frente a él estaba la hermosa muchacha del puesto.

Llevaba un vestido delicado y vaporoso, adornado con pequeños volantes. Aunque todavía era un poco rellenita, tenía el cuello largo y esbelto, y desprendía un aire delicado y distinguido.

Wen Ke’an permaneció frente a él en silencio durante un momento.

Cuando vio que finalmente levantaba la mirada, bajó ligeramente los ojos y dijo en voz baja:

—Esto lo habíamos preparado antes. Si no te importa, puedes llevártelo.

—…

Li Yaobai se quedó mirando fijamente la bolsa de guisos que tenía delante, sin entender muy bien qué estaba ocurriendo.

Sin saber por qué, extendió la mano y tomó la bolsa.

—Nada mal, hermano Yao. ¿Crees que esa belleza se ha enamorado de ti? Incluso te dio comida.

Sus amigos, que todavía no se habían marchado, se apiñaron a su alrededor en cuanto Wen Ke’an regresó al puesto.

—Piérdanse —maldijo Li Yaobai.

Sin embargo, bajó la mirada hacia la bolsa que tenía en la mano.

Entonces, como si de repente hubiera recordado algo, su expresión se ensombreció.

Arrojó la bolsa de guisos a un lado y dijo con frialdad:

—No la quiero.

Un subordinado que estaba a su lado reaccionó rápidamente y atrapó la bolsa en el aire.

—Sería un desperdicio tirarla. Si no la quieres, hermano Yao, ¡me la quedo yo!

—…

***

Esa noche, cuando llegó a casa, Wen Ke’an no pudo dormir.

De repente, creyó comprender por qué aquel joven le había resultado tan familiar.

Su aura era muy parecida a la de Gu Ting.

Cuando Gu Ting tenía diecisiete años, seguramente también había rebosado de vitalidad y espíritu juvenil.

Cuando ella lo conoció, sin embargo, Gu Ting acababa de salir de prisión. Estaba sucio, abatido y lleno de hostilidad. Nadie se atrevía a acercarse a él.

Ella había sido la primera persona que no le tuvo miedo y que decidió tenderle una mano.

Pensándolo bien, probablemente no era que realmente no tuviera miedo.

Simplemente, en aquel entonces, había perdido toda esperanza en la vida.

Ni siquiera le temía a la muerte.

Así que, ¿cómo iba a tenerle miedo a otra persona?

Al recordar el pasado, Wen Ke’an sintió una mezcla de emociones.

De repente, sintió un deseo irrefrenable de volver a ver al joven Gu Ting.

Pero ¿cuándo lograría encontrarlo?

Mientras Wen Ke’an daba vueltas en la cama sin poder dormir, Li Yaobai también sufría de insomnio.

Su abuela ya se había acostado.

Él salió al balcón y encendió un cigarrillo.

La pequeña chispa anaranjada brillaba débilmente en medio de la oscuridad.

Cuanto más pensaba en lo ocurrido aquella noche, más molesto se sentía.

Finalmente, sacó su teléfono y marcó un número.

—Oye, hermano Yao, ¿qué haces llamando a estas horas? Estaba a punto de irme a dormir.

Li Yaobai guardó silencio durante un momento.

Luego preguntó:

—¿Dónde están mis alitas de pato?

—…

La persona al otro lado de la llamada se quedó en silencio por unos segundos, claramente exasperada.

—Hermano, ¿qué hora crees que es? ¿De verdad piensas que tus alitas de pato siguen intactas?

—¿Se las comieron todas? ¿No me dejaron ninguna?

—No. De camino de vuelta nos encontramos con el hermano Ting. No nos comimos los guisos; se los dimos todos a él.

—…

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