Los arbustos debían de haber sido mucho más ásperos para la piel de un niño.
Y, aun así…
Para poder estar solo, no había tenido más remedio que esconderse en un lugar así.
Los pasos de Yelena se detuvieron de golpe.
El duque Mayhard, que había avanzado un paso más, también se detuvo y se volvió para mirarla.
—No creo que esté realmente maldito de una forma que pueda afectar a otras personas.
…
—Pero, sea una maldición o no…
Hizo una breve pausa.
—Existe la posibilidad de que mi hijo nazca con las mismas marcas que yo.
Sus ojos azules permanecieron fijos en ella.
—No tengo intención de tener un heredero.
Yelena permaneció inmóvil.
Entonces él añadió con calma:
—Si aceptaste convertirte en mi esposa porque esperabas tener un heredero… lo siento.
Solo entonces Yelena comprendió por qué él la había llevado hasta el jardín oriental.
Así que era eso…
Ese era el verdadero motivo de aquel paseo.
Guardó silencio unos instantes antes de hablar.
—Déjame hacerte una sola pregunta.
Mayhard no respondió.
Simplemente la observó.
Yelena respiró hondo.
—¿No quieres tener hijos… porque tu infancia fue infeliz?
No obtuvo respuesta.
Sin embargo…
El silencio era una respuesta en sí mismo.
El viento sopló entre los árboles del jardín oriental.
La brisa rozó sus tobillos descubiertos y, por alguna razón, le pareció extrañamente fría.
***
Cuando regresó a sus habitaciones, Yelena permaneció un largo rato en silencio antes de llamar a Abbie.
—Señora, ¿me llamó?
—Abbie… ¿Has oído hablar del antiguo duque y de la antigua duquesa de Mayhard?
Los padres del actual duque.
Los antiguos señores del ducado habían fallecido hacía muchos años.
Murieron poco antes de que Mayhard heredara el título.
Más exactamente, fue tras la muerte de ambos cuando él se convirtió en duque, apenas unos días antes de cumplir dieciséis años.
Abbie pareció pensativa.
—Nunca llegué a servirlos personalmente…
Era lógico.
Abbie apenas pasaba de los veinte años.
Haciendo cuentas, el antiguo duque y su esposa debían de haber fallecido hacía unos nueve años.
Yelena asintió.
Era la respuesta que esperaba.
Abbie continuó.
—Pero siempre escuché que eran muy buenas personas.
—¿En qué sentido?
—Dicen que ambos eran amables y generosos. Que incluso cuando algún criado joven cometía errores, preferían perdonarlo antes que castigarlo.
Tras pensar un momento, añadió:
—Y también decían que querían muchísimo al joven duque.
«…Lo amaban.»
Sí.
Eso mismo era lo que Yelena siempre había oído.
Nunca había conocido al antiguo duque ni a su esposa.
Sin embargo, sus historias eran tan conocidas que cualquiera podía repetirlas.
Los describían como personas bondadosas, alegres y amables con todos.
Y, sobre todo…
Como unos padres que adoraban a su hijo.
Ese era el rumor más famoso sobre ellos.
Precisamente porque su hijo no era un niño cualquiera.
Todos señalaban las marcas de su rostro y susurraban que era un niño maldito por el demonio.
La mayoría pensaba que incluso unos padres encontrarían difícil aceptar a un hijo así.
Por eso, además de hablar de la supuesta maldición del pequeño Mayhard, la gente elogiaba el enorme amor que sus padres le habían demostrado.
Cuando Yelena escuchó aquellos rumores por primera vez, no les dio demasiada importancia.
Al fin y al cabo…
Los rumores no dejaban de ser rumores.
Podían ser verdad.
O podían ser completamente falsos.
Hasta entonces nunca le había importado cuál de las dos opciones fuera cierta.
Pero ahora…
Era diferente.
Porque si aquellos rumores eran mentira…
Entonces significaba que el hombre que acababa de decirle que no quería tener hijos había vivido una infancia completamente distinta a la que todos creían.
Ese pensamiento le oprimió el pecho.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
No era una sensación agradable.
Llevándose una mano al pecho, volvió a mirar a Abbie.
—¿Quién lleva más tiempo trabajando en este castillo?
—El mayordomo Ben.
—Tráelo, por favor.
Poco después, Ben llegó a la habitación.
Yelena observó el rostro surcado de arrugas del anciano durante unos segundos antes de preguntar:
—Ben… ¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?
—Este año cumpliré treinta años al servicio de la familia Mayhard.
—Entonces has estado aquí desde antes de que naciera el duque.
Ben hizo una leve inclinación de cabeza, pero no respondió.
Yelena fue directamente al grano.
—¿Cómo fue la infancia del duque?
El anciano dudó.
—Eso…
—Quiero que me respondas con sinceridad.
Lo miró fijamente.
—¿Creció realmente rodeado del amor de sus padres?
Ben bajó la vista.
Después de un largo silencio respondió con voz respetuosa:
—Lo lamento, señora.
Yelena frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
El mayordomo hizo una nueva reverencia.
—No puedo hablar sobre la vida privada de Su Excelencia.
—Ben…
—Perdóneme.
Fue todo lo que dijo.
Por mucho que Yelena esperó, el anciano no volvió a abrir la boca.
Comprendiendo que no conseguiría sacarle una sola palabra más, suspiró en silencio.
Finalmente dijo:
—…Puedes retirarte.
—Sí, señora.
Ben hizo una última reverencia y abandonó la habitación.
Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a envolver la estancia.
Yelena permaneció inmóvil.
Ahora estaba aún más convencida de una cosa.
Si Ben se negaba con tanta firmeza a hablar del pasado del duque…
Era porque aquel pasado ocultaba algo que nadie quería mencionar.

