Capítulo 27. ¿De verdad soy tan bonito?
[¡El duelo del siglo! ¡Maestro de la Espada contra Maestro de la Espada!]
[¿Cómo terminaron el príncipe heredero Dantellion y el marqués Lionel desafiándose a un duelo?]
[La verdad detrás del banquete de victoria del príncipe heredero]
Al día siguiente, después de que terminara el banquete de victoria, toda clase de artículos de chismes inundaron la capital.
Era exactamente lo que había esperado, así que no me sorprendió demasiado. Estaba hojeando el periódico que me había traído una doncella cuando giré la cabeza.
—¿Nuestra pequeña señorita encontró algo interesante en el periódico?
—Mmm.
Sophia me lo preguntó con una sonrisa divertida, pues suponía que la pequeña Claudia todavía era demasiado joven para saber leer.
Señalé la fotografía del príncipe heredero y respondí con entusiasmo:
—¡Mira! ¡Aquí está Su Alteza el príncipe heredero! ¡Es muy guapo!
—¡Vaya!
Sophia sonrió como si mis palabras llenas de alegría le parecieran adorables. Al parecer, le resultaba tierno que estuviera mirando el periódico por la fotografía del príncipe heredero.
Sin embargo, a diferencia de Claudia, yo sí sabía leer el idioma imperial. La verdadera Claudia nunca había aprendido a leer porque era muy pequeña y solía enfermarse con frecuencia.
Quizá eso era lo que llamaban la ventaja de estar poseída por alguien de otro mundo. No le di demasiada importancia y simplemente le sonreí radiante a Sophia.
Al final, el duelo entre el príncipe heredero y el protagonista masculino ya se había convertido en un hecho inevitable. La emperatriz viuda, que se había mostrado desconcertada durante el banquete, cambió de actitud y permaneció en silencio. En otras palabras, estaba aceptando tácitamente el duelo.
Seguro que cree que Cedric ganará.
Era evidente que Cedric tenía ventaja. Ambos eran Maestros de la Espada, pero la diferencia de experiencia entre ellos era considerable. Incluso los caballeros que intentaban predecir el resultado del enfrentamiento consideraban que Cedric tenía las de ganar.
La verdad, ni siquiera yo estoy segura.
Dantellion debía de tener algo en mente para haber actuado con tanta audacia, pero…
Así como yo tenía la ventaja de haber transmigrado, tampoco podía ignorar la ventaja del protagonista. Incluso yo creía que Cedric tenía más probabilidades de ganar.
¿Debería hacer que Dantellion pacte con un demonio de las joyas?
Quedaban tres demonios de las joyas. Lo mejor sería entregar la gema roja a un descendiente directo, si era posible. Sin embargo, las gemas negras que el primer duque había confiado a sus vasallos quizá fueran compatibles con Dantellion.
El problema es si puedo confiar lo suficiente en Dantellion como para entregarle una gema…
Lo pensé durante un momento, pero enseguida comprendí que preocuparme por eso no tenía sentido, considerando que ya estaba intentando unir a Veronica y Dantellion.
¡Muy bien! ¡Le entregaría una gema a Dantellion!
Tras tomar la decisión, me puse de pie de un salto, con la determinación ardiendo dentro de mí.
—Señorita, ¿adónde va?
—¡Al despacho!
—¿Va a visitar otra vez al duque?
—¡Sííí!
Por suerte, nadie consideraba extraño que fuera al despacho del duque sin pedir permiso.
Para los demás, seguramente solo parecía una niña pequeña que iba a buscar el cariño de su abuelo.
Por eso, Sophia me siguió tranquilamente, con una sonrisa afectuosa. Yo avancé con entusiasmo usando mis zapatos, que hacían ruiditos cada vez que daba un paso.
¡Pip! ¡Pip-pip! ¡Pip!
—¡Ah…!
—¡Ugh…!
—¿…?
Cada vez que pasaba junto a ellos, los sirvientes y los caballeros emitían sonidos extraños e inclinaban el cuerpo.
¿Acaso les había dado artritis por estar de pie todo el día? Parecía que en la residencia de la capital hacían trabajar a la gente incluso más que en la mansión del territorio.
Negué con la cabeza y seguí caminando. No tardé en detenerme frente al despacho del duque.
—¡Abuelito!
Sin dudarlo ni un instante, abrí la puerta de golpe. El duque nunca se había enfadado conmigo por hacer algo así, así que podía comportarme con toda la confianza del mundo.
¿Eh?
Pero lo que encontré frente a mí fue inesperado. Había varias personas desconocidas dentro del despacho del duque.
—Nuestra Dia, ¿viniste porque extrañabas a tu abuelito?
—¡Sííí!
—¡Jo, jo, jo! Ven aquí, entonces.
La presencia de los desconocidos me había intimidado un poco, pero, al escuchar al duque, corrí hacia él con mis pasitos cortos. El sonido de mis zapatos resonó por todo el despacho silencioso.
—Nuestra Dia está adorable hoy también.
—Mmm.
El duque levantó la mano y me acarició suavemente la cabeza. Acepté sus caricias con docilidad y después miré de reojo a los demás para observar sus reacciones.
Había dos hombres adultos de cabello azul marino oscuro y un niño un poco más alto que yo. Nunca había visto a ninguno de ellos.
—Salúdalos, Dia. Ellos son el jefe de la familia Gideon y sus herederos.
—¡…!
La familia Gideon.
Era una de las familias vasallas del duque de Winston y también había aparecido en la novela original. Se habían puesto del lado del duque de Winston y de Veronica, pero terminaron compartiendo su trágico destino.
El primer duque, que había celebrado un contrato con un archidemonio, había confiado una de las gemas negras a esta familia vasalla. Por eso, la familia Gideon mantenía desde hacía generaciones una relación muy estrecha con la familia Winston.
—Soy Dalton Gideon, jefe de la familia Gideon. Le presento mis respetos a la joven señorita Claudia.
El jefe de la familia Gideon fue el primero en inclinarse ante mí. Era un hombre maduro y apuesto, con el cabello azul marino corto y cuidadosamente peinado hacia atrás.
—Derek Gideon saluda a la joven señorita.
El hombre que estaba a su lado era Derek, el hermano menor del conde Gideon. Había oído que, en lugar de abandonar la familia, Derek se había quedado para ayudar a Dalton en sus responsabilidades como jefe.
Y, por último…
—Soy Abel Gideon. Es un honor saludar a la joven señorita Claudia.
—…
Abel, el hijo del conde Gideon y heredero de la familia. Por la diferencia de estatura, ¿tendría diez años? ¿Quizá once? Para ser un niño, tenía unos hombros sorprendentemente anchos.
—¡Mmm! ¡Me alegra conocerlos a todos!
—…
Asentí y los saludé, pero ninguno de los Gideon dijo una sola palabra. Un silencio frío se extendió por el despacho.
¿Qué pasaba? Me habían saludado por consideración al duque, pero ¿no tenían intención de relacionarse conmigo más allá de eso?
Quizá, al igual que los sirvientes de la residencia de la capital, los vasallos del duque tampoco estaban contentos conmigo por ser la hija de Cedric.
Eso sería un problema. Después de todo, probablemente ellos tenían la gema que quería entregarle a Dantellion. Necesitaba hacerme amiga de ellos y conseguirla.
Justo cuando estuve a punto de fruncir el ceño al pensar que mi plan podía verse frustrado, alguien habló.
—Q-qué adorable…
—Abel.
—L-lo siento.
Abel se puso rojo y bajó la cabeza apresuradamente. Parecía no saber qué hacer consigo mismo y jugueteaba nerviosamente con los dedos.
¡Oh, vaya!
Al parecer, no era que yo les desagradase. Más bien, ¡estaban tan encantados conmigo que se habían puesto nerviosos!
Esto podría servirme.
Lo pensé para mis adentros y sonreí con picardía.
—Jo, jo, jo. No pasa nada. Nuestra Dia es realmente adorable.
—Le pido disculpas…
—¿Quieres acercarte para verla mejor?
—¿Perdón?
Ante la pregunta del duque, Abel levantó la cabeza de golpe, sorprendido.
Tenía el rostro encendido y no podía ocultar la emoción que se reflejaba en sus ojos.
—P-pero ¿de verdad está bien?
—¡Sííí! ¡Dia también quiere!
—¡…!
Cuando asentí alegremente y le di permiso, Abel se acercó a mí con timidez. De cerca, era todavía más bonito de lo que parecía a la distancia.
Su cabello azul marino oscuro me recordaba al mar nocturno, brillante bajo la luz. Sus ojos azul índigo, que evocaban las profundidades del océano, eran igual de llamativos. Con una pizca de sinceridad, le sonreí ampliamente y exclamé:
—¡Abel, eres bonito!
—¡…!
El rostro de Abel se puso todavía más rojo. Creía que ya no podía sonrojarse más, pero al parecer me equivocaba.
Lo observé con curiosidad.
¿Mmm?
Sin embargo, algo me pareció extraño. Bajé ligeramente la mirada.
¿Un broche…?
Percibí una energía peculiar procedente del broche que llevaba prendido en el pecho. Me quedé mirando fijamente la gema negra engarzada en él.
Demonio, esto es…
[¡Sí! ¡No hay ninguna duda! ¡Hay un demonio dentro de esa gema!]
¡…!
Tal como sospechaba.
Después de haber hecho contratos con dos demonios, parecía que poco a poco empezaba a percibir la presencia de otros. Tragué saliva y, con esfuerzo, aparté la mirada del broche.
Luego me volví hacia el duque y anuncié:
—¡Quiero jugar con Abel!
—Mmm…
El duque dudó por un instante. Aunque Abel era el hijo y heredero de una de sus familias vasallas, se preguntaba si estaría bien dejarme a solas con un niño al que acababa de conocer.
—Está bien. Todavía tenemos asuntos que discutir, así que ustedes dos pueden quedarse en la sala de recepción.
—¡Sííí!
Por supuesto, Abel y yo no estaríamos realmente solos. En la sala de recepción también estarían mi niñera Sophia y varios sirvientes.
Pero eso no importaba. Mi objetivo era simplemente hacerme amiga de Abel y conseguir la gema. Sonreí ampliamente y extendí la mano hacia él.
—¡Abel, vamos!
—S-sí, señorita.
A pesar de su edad, Abel se comportaba con bastante madurez. Me tomó de la mano y me condujo como un caballero que escoltaba a una dama. Aunque, con todo el cuerpo rígido, caminaba como un robot.
—Señorita Claudia, yo…
—¿Mmm?
Apenas nos sentamos y las doncellas dejaron el té y los postres sobre la mesa, Abel volvió a hablar con el rostro todavía rojo. Lo miré con curiosidad.
—¿Qué pasa?
—Es que yo…
—¿…?
¿Qué intentaba decirme? Hice un esfuerzo por escuchar con atención.
Poco después, Abel volvió a abrir la boca.
—¿De verdad… soy tan bonito?
—…
Con el rostro completamente rojo como un tomate, Abel cerró los ojos con fuerza y me hizo aquella pregunta.

