Capítulo 36: Cayendo de la Torre
Es el solsticio de invierno de nuevo, la luna llena colgaba en lo alto del cielo, la Vía Láctea centelleaba, reflejando diez millas de faroles que iluminaban las calles de Chang’an, creando una escena impresionante.
En la residencia del Príncipe Chen, Li Chengyi ordenó que le trajeran dos cajas de comida lacadas y se dirigió a Wen Zhi, quien estaba sentado frente a él en la mesa, diciendo: “Estos son pasteles de luna recién hechos de la Cocina Imperial, los probé y me parecieron deliciosos. ¿Te gustaría llevarte un par de cajas para probarlos? Considera esto como una muestra de mis felicitaciones por tu gran victoria durante su misión secreta en Hangzhou y por haber completado la compilación de la historia nacional, así como tu ascenso al cargo de viceministro del Ministerio de Personal y, simultáneamente, a Gran Académico del Salón Jianji.”
Wen Zhi leyó de un vistazo los documentos que Li Chengyi había colocado sobre la mesa antes de decir: “No me gustan los dulces.”
“¿No te gustan?” – Preguntó Li Chengyi, mostrándose ligeramente sorprendido. – “En el último banquete imperial, te vi mirando fijamente los pasteles de judías en el escritorio del ministro Liu, por lo que creí que te gustaban.”
Al escuchar esas palabras, Wen Zhi hizo una pausa, sin dejar de pasar las páginas de su documento.
Durante el último Festival de Medio Otoño, el Emperador ofreció un banquete para agasajar a sus ministros. En la mesa había un plato de pastel de judías rojas, que era un postre que Ming Wan solía llevar consigo para satisfacer sus antojos. Recordando el pasado, lo miró varias veces más.
Habían transcurrido cuatro años y medio y esa mujer a la que una vez había menospreciado y descuidado ahora ocupaba un lugar tan importante en su corazón; su imagen imborrable permanecía en cada respiración, en cada comida, en cada taza de té.
“Hablando de eso, ere la primera persona en esta dinastía en ascender al puesto de Segundo Secretario General Adjunto antes de los treinta años, y no eres un erudito de la Academia Hanlin que haya aprobado los exámenes imperiales, sin embargo, eres capaz de recopilar la historia nacional y puede servir como enviado para realizar misiones diplomáticas en las zonas fronterizas, y tu elocuencia en la corte te permite debatir con eruditos confucianos. En cuatro o cinco años lograste lo que a otros les lleva veinte, e incluso conseguiste someter a ese grupo de funcionarios corruptos y pedantes del gabinete…”
Li Chengyi desconocía la agitación emocional que Wen Zhi albergaba en su corazón, solo observó sus rasgos cada vez más maduros y profundos, y las ojeras que le marcaban, y comentó: “¡Mírate cómo estás ahora! ¡Estás arriesgando tu vida! Pero es mejor así; el Gran Tutor* Yao está envejeciendo y se retirará a su ciudad natal en unos años, el puesto de Gran Tutor será tuyo tarde o temprano. En ese momento Yu Zhi, tendré que pedirte que seas el tutor de Ah-Yuan.”
(N/T: *太傅 (tài fù): Gran Tutor. Era un título histórico de muy alto rango en la antigua China. Se trataba de uno de los tres altos funcionarios imperiales (conocidos como los Tres Duques o San Gong) que actuaban como consejeros principales del emperador y, a menudo, como tutores o maestros del príncipe heredero.)
Li Yuan es el hijo de Li Chengyi, que cumple cuatro años este año. Si Li Chengyi hereda el trono, Wen Zhi sería el tutor del futuro Príncipe Heredero.
Li Chengyi estaba confiando el futuro de la Gran Dinastía Sheng a Wen Zhi, demostrando así su confianza y el gran respeto que le tiene.
Pero la mirada de Wen Zhi permaneció impasible, simplemente cerró el documento con ligereza y dijo con indiferencia: “Quien sirva como tutor del Príncipe Heredero debe ser un gran erudito confuciano del país, yo no soy apto.”
“En cuanto al arte de gobernar un país y la habilidad para manipular los corazones de la gente, ni diez grandes eruditos confucianos se comparan contigo, Wen Zhi. No te niegues… Eh, espera, ¿qué acabas de decir sobre mi hijo?” – Li Chengyi comprendió tardíamente lo que sucedía; no estaba claro si realmente no entendía o fingía no entender.
“El Emperador retrasó la designación de un heredero en su apogeo, por dos razones: primero, porque favorecía a la Consorte Rong, y segundo, porque quería que tú y el Príncipe Yan se controlaran mutuamente, impidiendo que uno se volviera demasiado poderoso. Sin embargo, ahora que la Consorte Rong no puede tener hijos, y el propio Emperador es anciano y está enfermo, la cuestión de designar un heredero es urgente.” (Wen Zhi)
Wen Zhi rara vez pronunciaba frases tan largas; aparentemente agotado de tanto explicar, simplemente frunció el ceño y dijo concisamente: “El Emperador es desconfiado, cuanto más haga el Príncipe Yan, más ventajosa será la situación para nosotros.”
La calle Qinglong bullía de gente y un joven monje novicio repartía gachas y predicaba. Wen Zhi aparcó su carruaje a un lado del camino, esperando las empanadillas recién hechas de los puestos de comida nocturna.
Una mujer con un abrigo lila de invierno estaba de pie junto al camino, portando una linterna de loto rosa, mirando ansiosamente a su alrededor, como si buscara a alguien. Pasado aproximadamente el tiempo que se tarda en tomar una taza de té, un joven vestido de erudito se abrió paso entre la multitud, secándose el sudor de la frente, y le dijo a la mujer: “¡Qing Qing, llego tarde!”
Al ver llegar a su amado sano y salvo, la mujer llamada ‘Qing Qing’ se relajó visiblemente, luego frunció el ceño, le arrojó la linterna de loto al erudito y le dijo enfadada: “¿Qué haces aquí? Dijiste que ‘un caballero no rompe su promesa’, quedamos en vernos a las 7 de la tarde y ¡llevo quince minutos esperándote!”
“Lo siento mucho, estaba absorto en una discusión sobre las escrituras con mis compañeros y me retrasé un momento.” – El joven la miró con aire de disculpa, observando con cautela el rostro de Qing Qing, y luego tiró suavemente de su manga. – “¡No te enfades!”
Qing Qing se soltó de su mano y se dio la vuelta, resoplando. – “¡Entonces ve a celebrar la fiesta con tus compañeros! Son interesantes, son divertidos, ¿por qué tienes que molestarme a mí?”
El erudito hizo reverencias y se disculpó repetidamente, bajando la postura para implorar perdón. – “De verdad sé que me equivoqué, no volveré a hacerlo en el futuro, por favor, perdóname, Qing Qing.”
Su manera de disculparse con reverencias era a la vez serias y cómicas, y Qing Qing no pudo evitar soltar una carcajada.
“¿Ya no estás enfadada?”
El erudito, aún inclinado, observó con cautela la expresión de la mujer por encima de las anchas mangas de su túnica.
Qing Qing hizo un sonido de desdén, echando la cabeza hacia atrás con desafío. Su tono era fiero, pero sus ojos esbozaban una dulce sonrisa: “Dependiendo de tu comportamiento, ¡quiero comer jiaozi*!”
(N/T: * El jiaozi es una empanadilla tradicional de la gastronomía china cuyo significado principal está asociado con la riqueza, la prosperidad y la transición hacia un nuevo año.)
“¡De acuerdo, se las compraré a Qing Qing!” – El erudito sacó el dinero y se dirigió al puesto de comida nocturna al borde de la carretera, diciendo con familiaridad. – “Por favor, deme un plato de jiaozi de gambas frescas, sin cebolleta ni cilantro, con pimienta extra y caldo.”
Dentro del carruaje, Wen Zhi, con la frente apoyada en el codo, se quedó absorto en sus pensamientos al ver la escena.
Recordó la noche del decimosexto cumpleaños de Ming Wan, él también había olvidado su promesa con Ming Wan por asuntos personales, y cuando regresó a casa, Ming Wan ya estaba en la cama, de mal humor.
En aquel momento, Wen Zhi en realidad estaba extremadamente ansioso e impaciente, pensando que Ming Wan estaba exagerando, al fin y al cabo, solo era un banquete de cumpleaños. Podía compensarla fácilmente; ¿por qué ser tan terca? En aquel entonces, era demasiado joven y no comprendía que lo que se había perdido no era solo el banquete de cumpleaños de Ming Wan, tampoco entendía que, si simplemente se hubiera disculpado sinceramente y explicado bien las cosas, Ming Wan lo habría perdonado.
Él era demasiado orgulloso y prefería mantenerse obstinadamente indiferente y responder con palabras frías, antes que ceder un ápice.
Shen Zhao y Li Chengyi siempre decían que era la persona más inteligente del mundo, pero en realidad no lo era. Le llevó varios años comprender la lógica que incluso la gente común entendía.
Al verlo tan absorto en sus pensamientos durante tanto tiempo, un guardia no pudo evitar preguntar: “Señor, ¿qué tipo de jiaozi desea?”
Wen Zhi salió de su ensimismamiento, pero no pudo responder.
Después de que Ming Wan se marchara, venía allí cada solsticio de invierno a comer un plato de jiaozi de cordero, pero sin importar en qué puesto de comida comiera, nunca lograba saborear el mismo sabor que recordaba de aquel día a los dieciocho años, acurrucado en el carruaje. Pensó que la receta de los jiaozi había cambiado, pero en realidad no era así; era que la calidez de Ming Wan ya no estaba a su lado…
Ni siquiera sabía qué tipo de jiaozi le gustaban a Ming Wan, si las quería con cebolleta verde, jengibre o cilantro.
El erudito, que estaba al borde de la carretera, ya había traído las jiaozi preparadas según el gusto de su amada. Los jóvenes amantes se daban de comer el uno al otro, con sonrisas tímidas pero dulces.
Wen Zhi bajó la cortina del carruaje, con los ojos llenos de una luz oscura y melancólica, y dijo con desolación: “Ya no voy a comer más.”
Tras permanecer un rato en el carruaje, se oyó el sonido de los cascos de los caballos que se acercaban. Xiao Hua, que había salido a explorar, golpeó suavemente la pared del carruaje e informó: “Señor, están en el piso superior de la torre Wangyue*, todo está listo.”
(N/T: *»望月樓上» (Edificio/Torre Wangyue) se traduce al español como «Arriba en el pabellón para contemplar la luna» o «En el piso superior de la torre de observación lunar».)
Wen Zhi cerró los ojos y al abrirlos de nuevo, su mirada había recuperado la compostura y dijo con frialdad: “Procedan según lo planeado.”
La Torre Wangyue, ubicada en la calle Zhuque, era el restaurante más grande de todo Chang’an, con cinco pisos de altura. Frente a la calle principal, se podía ver innumerables luces; con vistas al lago Changhu, revelando sus aguas resplandecientes.
En ese momento, todo el restaurante estaba reservado, excepto la Terraza de observación lunar en el último piso, donde todavía permanecían comensales sentados.
La Terraza Wangyue tenía ventanas en los cuatro lados, con cortinas de bambú que bloqueaban el viento. El interior de la habitación está impregnado de calidez y un aroma fragante, con una chimenea de carbón crepitante, pero Jiang Lingyi solo sentía un frío que le calaba hasta los huesos.
Li Xu, sosteniendo unos palillos de marfil, colocó personalmente un trozo de pescado blanco como la nieve y brillante en el cuenco de Jiang Lingyi, diciendo: “Este sashimi de pescado es la especialidad de la Torre Wangyue. ¿Te gustaría probarlo, pequeña Jiang? Recuerdo que te encanta el pescado.”
Mientras hablaba, Li Xu parecía evocar algún hermoso recuerdo, su sonrisa se hizo más evidente al decir con dulzura: “¿Recuerdas el año en que nos conocimos? Era un día igual de frío. Huía de mis perseguidores y me refugié rápidamente en el patio trasero de la posada, con sangre por todas partes, entonces vi a la pequeña Jiang acercándose con una linterna, la linterna reflejaba la escarcha y la nieve, como un hada descendiendo de las nubes…
“No digas nada más…” – Lo interrumpió Jiang Lingyi con voz temblorosa.
Esos supuestos dulces recuerdos no eran más que veneno para Jiang Lingyi, recordándole constantemente cuán cruel era el destino.
Ella es una médica, pero salvó a una serpiente venenosa, que traicionó sus sentimientos, explotó su identidad, pisoteó su corazón sincero bajo sus pies y luego le dijo: ‘Te amo de verdad, Xiao Jiang.’
“No quiero oír hablar del pasado.” – Ella sintió náuseas.
Li Xu la miró fijamente durante un largo rato y luego dijo con dulzura y comprensión: “Eres demasiado terca, pequeña Jiang, a veces no entiendo por qué eres tan terca. Claramente me amabas tanto entonces, te sonrojabas con solo mirarme, ¿verdad? Ya que sentías algo por mí, entonces disfrútalo bien, ¿por qué torturarte así?”
Él abrió el pecho de Jiang Lingyi con facilidad, le arrancó el corazón y luego, con aires de superioridad, le preguntó por qué no aceptaba al ladrón que le había robado sus verdaderos sentimientos.
El rostro de Jiang Lingyi se sonrojó, sus dedos se aferraron a su manga y tembló al decir: “Sí, admito que sentía algo por Su Alteza, pero cada vez que pienso en lo que Su Alteza me ha hecho, mi corazón se congela y me digo a mí misma: ‘Jiang Lingyi, no puedes ser tan desvergonzada, ¿acaso si alguien te abofetea, también vas a ofrecer la otra mejilla?’…”
La voz de Jiang Lingyi era suave, siempre dulce y tímida. Li Xu no esperaba que dijera palabras tan duras y se quedó momentáneamente atónito antes de que su sonrisa se desvaneciera lentamente.
“¿Acaso la pequeña Jiang cree que sentir algo por mí es un acto desvergonzado?” – Dejó sus palillos de marfil y preguntó con ojos entrecerrados, que cuando no sonreían tenían una expresión gélida.
Jiang Lingyi en realidad le tenía mucho miedo; al ser observada así, su cuerpo se tensó como si se hubiera congelado.
Li Xu la tomó de la mano, la atrajo hacia sí y la mantuvo cautiva, mirando fijamente sus pupilas temblorosas y dijo. – “No eres Xiao Jiang.”
Jiang Lingyi se vio obligada a levantar la cabeza y mirarlo, sin poder decir una palabra.
“La pequeña Jiang que conozco es gentil y amable; ella no diría cosas tan hirientes.” – La mano de Li Xu se movió lentamente hacia arriba, deteniéndose en el delicado cuello de Jiang Lingyi, provocándole un escalofrío.
“Su Alteza, máteme.” – Jiang Lingyi cerró los ojos con resignación, esperando que esas manos le rompieran el cuello.
Pero él no lo hizo, en cambio, preguntó: “¿Por qué te mataría?”
Jiang Lingyi apretó los dientes temblorosos y, tras un largo rato, dijo con voz entrecortada: “Su Alteza, ¿usted… tenía una prometida?”
La mano que acariciaba suavemente su cuello se detuvo. Tras un largo silencio, Li Xu dijo con calma: “Eso ocurrió hace cinco o seis años. ¿Qué quiere preguntar la pequeña Jiang?”
Jiang Lingyi reprimió desesperadamente el impulso de huir y preguntó: “¿Cómo… murió ella?”
“Antes de la boda, escuchó accidentalmente mi secreto, así que no tuve más remedio que matarla.” – Dijo Li Xu con indiferencia, rozando con la punta de los dedos las temblorosas pestañas de Jiang Lingyi, obligándola a abrir los ojos. – “Sé lo que estás pensando, pequeña Jiang, sabes la verdad sobre la grave enfermedad de la Emperatriz, así que te preocupa que también te mate, ¿verdad?”
Antes de que Jiang Lingyi pudiera responder, él continuó: “De hecho, todos me aconsejaron que te matara, pero no puedo hacerlo. Soy una persona tan despiadada, capaz de quitarle la vida a setenta mil personas, pero solo tú… solo pensar en tus ojos claros, no tengo el corazón para hacerlo.”
Al oírlo mencionar ‘setenta mil personas’ y recordar a su prometido, asesinado misteriosamente hacía cinco o seis años, Jiang Lingyi pudo intuir que estaba relacionado con la derrota en la montaña Yan Hui.
El hombre, al que una vez amó, poseía la apariencia más hipócrita y el corazón más cruel del mundo. Ella era una sanadora, pero casi provocó la muerte de la Emperatriz y el Príncipe, convirtiéndose en cómplice de un asesino…
Un escalofrío le recorrió los huesos, los ojos de Jiang Lingyi se enrojecieron ligeramente, miró hacia la ventana entreabierta, tomando una decisión final.
“Tengo frío…” – Suavizó su voz, con sus dulces ojos brillando por las lágrimas y armándose de valor, le dijo a Li Xu. – “Alteza, ¿podría traerme una capa?”
Quizás reconfortada por su gesto de debilidad, la frialdad en los ojos de Li Xu se desvaneció y la soltó, diciendo: “Perdón, ¿te asusté?”
No sospechaba nada y se levantó para recoger la capa que colgaba del perchero de madera.
‘¡Ahora!’
Jiang Lingyi se subió a un taburete y luego al alféizar de la ventana, su cabello negro azabache y el dobladillo de su sencilla falda rosa se mecían con la cálida luz, creando arcos dorado-anaranjados, como una mariposa extendiendo sus alas en el cielo nocturno.
Li Xu se giró al oírla, con su suave sonrisa en su rostro aún presente, y la vio saltar desde el quinto piso sin dudarlo.
¡Un dolor agudo le recorrió la muñeca!
Jiang Lingyi quedó suspendida en el aire, alzando lentamente la mirada para encontrarse con la fría y furiosa mirada de Li Xu.
Él había perdido por completo su habitual gentileza; la sujetaba con fuerza por la muñeca, con una expresión aterradora y desquiciada y pronunció cada palabra con firmeza: “Pequeña Jiang, piénsalo bien. Si mueres, los mataré a todos para que te acompañen en la tumba, incluyendo a la familia de tu tío y su familia, e incluso a… ¡Ming Wan, que se esconde en Hangzhou!”
Como si mil flechas heladas la hubieran alcanzado, Jiang Lingyi lo miró con los ojos desorbitados, con el rostro contorsionado, mientras las lágrimas corrían sin control por sus mejillas, helándole hasta los huesos.
“Ming Wan escribe cartas a Huizhou todos los meses, ¿no es así?” – Preguntó Li Xu, como si hubiera descubierto su secreto y mirándola fijamente, dijo. – “¡Si te atreves a soltarme, ordenaré que la maten de inmediato!”
“Déjala ir…” – Suplicó Jiang Lingyi, aterrorizada.
Li Xu estaba muy satisfecho con su reacción y le tendió la mano, diciendo: “Dame la otra. Mientras tú vivas, los dejaré vivir también.”
En ese momento, los guardias que estaban afuera, al oír el alboroto, irrumpieron en la habitación uno tras otro. Jiang Lingyi sabía que no tenía ninguna posibilidad; Li Xu tenía su vida en sus manos… Ming Wan por fin había disfrutado de unos años de paz; ¡no podía ser una carga para ella!
Pensando en eso, se mordió el labio, temblando mientras extendía la otra mano, luchando por alcanzar la mano de Li Xu.
Un destello de alegría cruzó los ojos de Li Xu, pero inesperadamente, una flecha pasó rozándole la muñeca.
Bajo un dolor insoportable, Li Xu aflojó el agarre, y Jiang Lingyi, como si le hubieran roto las alas, ¡cayó hacia abajo en picada!
“Pequeña Jiang…” – Rugió Li Xu con voz ronca, lanzándose hacia la ventana sin dudarlo, solo para ser detenido y abrazado por los guardias que llegaban corriendo.
Jiang Lingyi cerró los ojos y los últimos veintidós años de su vida pasaron ante sus ojos como un relámpago. Pensó que iba a morir, pero una sombra oscura salió disparada, atrapando su cuerpo en caída y llevándola hasta un caballo estacionado junto a la calle, galopando sin parar.
Jiang Lingyi se desmayó, cuando volvió a abrir los ojos, era el amanecer. Se encontró en una casa tranquila y desconocida.
Una sirvienta entró con una palangana de cobre y dijo con expresión muy alegre: “¿Señorita, está despierta?”
Jiang Lingyi se incorporó, retrocediendo con cierta cautela, y preguntó: “… ¿Dónde estoy?”
La sirvienta la tranquilizó: “Señorita, no tema, este es el lugar más seguro de todo Chang’an.”
Jiang Lingyi miró a su alrededor, asegurándose de que no estaba en la residencia del Príncipe Yan, antes de soltar un suspiro de alivio y susurró: “¿Quién me salvó? ¿Podría llevarme a verlo?”
Una sirvienta condujo a Jiang Lingyi, recién arreglada, a un salón lateral. Dos jóvenes elegantemente vestidos conversaban dentro y al verla de pie en la puerta, ambos dejaron de hablar.
Jiang Lingyi reconoció un rostro familiar, frío y apuesto, y se quedó momentáneamente atónita: “¿El… joven heredero?”
“Doctora Jiang, ha estado alejada del mundo demasiado tiempo. ¿Acaso no sabe que Yu Zhi ya no es el heredero del Marqués de Xuan Ping?” – El otro hombre, que guardaba cierto parecido con Li Xu, se puso de pie y le sonrió con calma. – “Permítame presentarme. Soy Li Chengyi. El lugar donde se encuentra la señorita es mi villa en el palacio.”
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