Capítulo 5: Compañeros
Un hombre como Wen Zhi, incluso lisiado, era orgulloso y arrogante. ¿Cómo podía tolerar que otros lo observaran en ese estado de indefensión?
Si no fuera por su orgullo, habría pedido ayuda al caer.
Comprendiendo eso, Ming Wan se calmó, mirándolo a los ojos llenos de resentimiento contenido, dijo: “Entonces, ¿quieres que te ayude o prefieres que llame a alguien más? Cuánto más gente lo vea, más doloroso será.”
Wen Zhi la miró fijamente, con los ojos ardiendo como fuego, pero a la vez helados como el hielo, sus delgados labios apretados en una línea blanca.
Ming Wan sabía que prefería morir antes que suplicar ayuda.
Ella dijo con calma: “No te compadezco, ni estoy aquí para verte hacer el ridículo. Incluso si un desconocido se cayera en la calle, lo ayudaría a levantarse.”
Cuando volvió a tocar el brazo de Wen Zhi, aún podía sentir la rigidez y la resistencia en sus músculos, pero esta vez no la apartó con voz áspera.
Probablemente porque solía usar los brazos para empujar la silla de ruedas o alcanzar cosas, parecía delgado, pero los músculos de su torso eran sorprendentemente fuertes y poderosos, apoyándose en el hombro de Ming Wan como una pesada montaña.
Ming Wan apretó los dientes, usando casi todas sus fuerzas para lograr que Wen Zhi se ‘se pusiera de pie’ un poco, para que pudiera alcanzar la silla de ruedas y meter lentamente la parte superior de su cuerpo dentro.
En pleno invierno, en menos del tiempo que toma tomar media taza de té, ambos estaban ya empapados en sudor.
“¿Joven amo? ¡Ay, Dios mío, qué ha pasado!” – El mayordomo Ding, que pasaba por allí, quedó horrorizado por la escena.
Al ver que alguien se acercaba, Wen Zhi apartó bruscamente la mano de Ming Wan, se sentó en su silla de ruedas, se acomodó y enderezó la espalda con obstinación.
Ming Wan, con la mano apartada, retrocedió involuntariamente, limpiándose con fuerza las manchas de barro y sangre de las palmas de las manos, pensando: ‘¡Qué persona tan cruel, derribar el puente después de cruzar el río*!’
(N/T: *過河拆橋 (guò hé chāi qiáo) significa literalmente «derribar el puente después de cruzar el río». Se usa como una metáfora para describir la acción ingrata de abandonar, traicionar o deshacerse de una persona que te ayudó a lograr un objetivo o salir de un apuro una vez que ya no la necesitas. En español, equivale a expresiones como «quemar los puentes» o morder la mano de quien te dio de comer.)
Mirando a Wen Zhi, empapado y desaliñado, el mayordomo Ding ya había corrido con un paraguas, completamente desconcertado y murmurando con ansiedad: “¿Se ha caído? El joven amo debería haber avisado a los sirvientes antes de salir de la habitación. Es peligroso que salga solo con esta lluvia torrencial. Por suerte, la joven señora estaba aquí…”
El rostro de Wen Zhi, ceniciento por la lluvia, interrumpió el discurso del mayordomo Ding con voz ronca: “¡Vuelve a tu habitación!”
El mayordomo Ding asintió y le entregó el único paraguas de papel a Ming Wan, diciendo con gratitud: “¡Muchas gracias, joven señora! Por favor, tome este paraguas y regrese, pida a las doncellas que la ayuden a cambiarse de ropa. ¡Una señorita no debería mojarse con la lluvia fría!”
Ming Wan miró a Wen Zhi.
Wen Zhi bajó la mirada, evitando el contacto visual, con los labios apretados y las heridas, tanto nuevas como antiguas, superpuestas en sus nudillos. La lluvia había calado hasta los huesos, dejando un brillo blanquecino.
Ming Wan tomó el paraguas y preguntó tímidamente: “Mayordomo Ding, ¿cómo llego al ala lateral?”
“Gire a la derecha al salir del pasillo y llegará tras cruzar el pequeño patio con plataneros.” – Respondió el mayordomo Ding, aún preocupado. – “Un sirviente la acompañará…”
“No hace falta.” – Sonrió Ming Wan y declinó amablemente, dándose la vuelta y saliendo del patio. Agarrando su pila de libros, salió corriendo, con su falda con lotos rosa ondeando bajo la ligera lluvia otoñal.
De vuelta en su habitación en el ala lateral, Shao Yao la saludó, y Chang Song exclamó al unísono: “Señora, ¿se ha perdido? ¡Estaba a punto de ir a buscarla!”
Qing Xing la ayudó a plegar el paraguas y colgarlo afuera para que escurriera el agua, preguntándole sorprendida: “Señorita, ¿por qué tiene el cabello mojado? ¿Se ha mojado con la lluvia?”
Hong Shao secó rápidamente a Ming Wan con un pañuelo, frunciendo el ceño mientras decía: “¡Ay, Dios mío! ¡Rápido, pon a hervir agua para el baño, no vaya a ser que la señora se resfríe!”
Después de un baño caliente que disipó el frío, Ming Wan suspiró aliviada y preparó una sopa de jengibre con varias hierbas. De repente, oyó a Hong Shao exclamar sorprendida desde afuera.
Ming Wan levantó la cortina apresuradamente y salió, preguntando: “¿Qué pasa?”
Hong Shao cerró frenéticamente un libro abierto, sonrojada y tartamudeando. Qing Xing, que estaba cerca, rió entre dientes y le dio un golpecito en la mejilla, explicando: “Señorita, la hermana Hong Shao abrió por accidente su «Clásico Ilustrado de los puntos de Acupuntura y Moxibustión», ¡y se asustó con esas imágenes de figuritas desnudas!”
Esa broma alivió considerablemente la sensación de extrañeza de Ming Wan hacia su hogar, y sonrió, preguntando deliberadamente: “Hong Shao, ¿cuántos años tienes?”
“Diecisiete.” – Dijo Hong Shao en voz baja.
Ming Wan se acercó, sacó el libro ilustrado y se sentó con las piernas cruzadas sobre la suave alfombra, estudiándolo con gran interés. – “Siendo mayor que yo, ¿cómo puedes ser tan tímida? Los médicos no distinguen entre géneros; solo ven enfermedades. Estas figuritas desnudas no son diferentes de las flores y la hierba para nosotros. ¿Qué hay que temer?”
Hong Shao se dio una palmadita en el pecho, aliviada. – “Ya veo. Me asustaste; pensé que era algún tipo de libro prohibido…”
Ming Wan, aún inexperta, levantó la vista con curiosidad y preguntó: “¿Qué es un libro prohibido?”
Hong Shao, naturalmente, no se atrevió a responder y cambió rápidamente de tema: “Señora, ya que estudia medicina, ¿también ha visto estas imágenes?”
Ming Wan respondió: “¡No solo las he visto, sino que también las he tocado! Durante la acupuntura y el masaje, hay que quitarse la ropa.”
Qing Xing miraba fijamente, con la boca abierta, mientras Hong Shao se sonrojaba intensamente y decía rápidamente: “¡Señora, por favor, pare! ¡Qué vergüenza!”
Ming Wan se cubrió la cara con su libro, riendo a carcajadas hasta doblarse de la risa.
Las muchachas, despreocupadas y ajenas a las restricciones entre ama y sirvienta, jugaban libremente; sus risas claras apenas se oían por el patio y la pared.
En una habitación cálida y poco iluminada, el mayordomo Ding colocó un tazón humeante de sopa de jengibre en la mesita junto a Wen Zhi, juntó las manos frente a él, escuchando las alegres risas que venían del patio vecino, y no pudo evitar suspirar: “¡Qué amable es la señora! ¡Preparó sopa de jengibre especialmente y la trajo! Las jóvenes de esta edad son preciosas, como flores de durazno en marzo*. Hablando de eso, ¿cuánto tiempo hacía que no se oía una risa tan alegre en nuestra mansión?”
(N/T: * La expresión china “三月桃花似的” (sān yuè táo huā shì de) se traduce literalmente como «como las flores de durazno de marzo» y se utiliza de forma poética para describir la belleza radiante, fresca, sonrojada y típicamente juvenil del rostro de una mujer.)
El brasero crepitaba y la sopa de jengibre humeaba. Wen Zhi se había puesto una túnica azul oscuro de mangas ajustadas, con la mirada fija en el libro que sostenía, aparentemente ajeno a todo lo demás.
El mayordomo Ding, con la intención de hacer de celestino para la joven pareja, hizo una pausa y preguntó con timidez: “Ha dejado de llover. ¿Puedo sacar al joven amo a dar un paseo?”
Wen Zhi ni siquiera levantó la vista y respondió fríamente: “Cierra las puertas y ventanas.”
“Joven amo…” (mayordomo Ding)
“Sal, tío Ding.”
El mayordomo Ding, impotente, solo pudo cerrar la ventana, dejando una pequeña rendija para la ventilación, negó con la cabeza, suspiró y se marchó, cerrando la puerta tras de sí.
Las puertas y ventanas cerradas eran como una jaula, bloqueando la luz y la risa alegre y despreocupada de Ming Wan. Solo un fino rayo de luz fría se filtraba por la rendija, reflejándose en los insondables ojos de Wen Zhi.
La sopa se había enfriado por completo; él seguía sin levantar la vista.
Al día siguiente, la joven pareja debía entrar al palacio para presentar sus respetos a la Emperatriz Viuda.
Ming Wan se había bañado y vestido temprano por la mañana; llevaba el cabello recogido en un moño, un maquillaje ligero y unos pendientes de oro y perlas que colgaban delicadamente de sus pequeñas y claras orejas. Físicamente, no era una belleza deslumbrante, pero era pulcra y encantadora, conservando un atractivo juvenil.
Wen Ya, tomando la mano de Ming Wan, la observó de arriba abajo, luego frunció ligeramente el ceño y dijo: “¿No es un poco soso?”
Shao Yao dijo: “¡Exacto! Se supone que es la consorte del Heredero, y ni siquiera posee unas pocas piezas de oro o jade. Quería vestirla con más opulencia, pero la Señora no lo permitió.”
Ming Wan replicó en voz baja: “Esas joyas y esa ropa son demasiado extravagantes y pesadas; no me favorecen.”
“Muy bien.” – Dijo Wen Ya, apartando un mechón de cabello de la sien de Ming Wan, y luego sacando una horquilla de dos flores de su propio cabello y colocándola en diagonal en el moño de Ming Wan. – “Perfecto. Se está haciendo tarde; ¡vayan rápido!”
Después de que Ming Wan y su séquito abandonaran la mansión, el mayordomo Ding se volvió hacia Wen Ya con voz preocupada y dijo. – “Señorita, ¿no va a ir al palacio con ellos? Conoce el carácter del joven amo.”
Wen Ya se sentó en su silla, bordando concentradamente un pañuelo, y sonrió levemente. – “No fui y tampoco te dejé ir a propósito, para que tuvieran más tiempo a solas. Ah-Zhi y Ah-Wan se casaron antes incluso de conocerse, todavía no se conocen bien, ¡y necesitan una oportunidad para conocerse mejor!”
“Ya veo.” – Dijo el mayordomo Ding, comprendiendo de repente. – “¡Señorita, ha tenido usted una buena idea!”
***
El carruaje ya estaba estacionado junto a la puerta lateral. Ming Wan, levantando su falda de intrincados detalles, subió al carruaje, agachándose con cuidado para entrar, y se detuvo, sobresaltada.
Wen Zhi también estaba en el carruaje.
Había supuesto que Wen Zhi iría en un carruaje aparte.
Reaccionando, se recompuso, se agachó y se acomodó en el estrecho espacio junto a Wen Zhi.
El carruaje había sido claramente modificado para los viajes de Wen Zhi; no había banco reclinable, solo un taburete bordado junto a su silla de ruedas de madera. Cuando Ming Wan se sentó, debido al espacio reducido, su brazo casi tocaba el de Wen Zhi.
Ming Wan se ajustó la ropa con cuidado, sentándose correctamente, intentando no tocar a Wen Zhi.
El cansancio en los ojos de Wen Zhi persistía; permanecía frío y distante, como una espinosa escultura de hielo, ajeno a los leves movimientos de Ming Wan.
Aburrida, Ming Wan simplemente levantó la cortina del carruaje para contemplar las calles de la ciudad que se alejaban.
“Será mejor que bajes las cortinas del carruaje.” – Dijo una voz fría y ligeramente grave, sobresaltando a Ming Wan.
No se dio cuenta de inmediato de que Wen Zhi le hablaba. Tras un momento de silencio atónito, ella preguntó: “¿Por qué?”
Wen Zhi no la miró, sus labios finos y fríos se entreabrieron ligeramente: “Si alguien intentara asesinarme, la primera flecha te alcanzaría a ti.”
Su tono inexpresivo tenía un aire gélido y experimentado, provocándole un escalofrío sin motivo aparente.
Ming Wan no entendía por qué alguien intentaría asesinar a una persona con una dolencia en la pierna en medio de la ciudad, sin embargo, bajó la cortina en silencio, sintiendo cómo el carruaje se estrechaba cada vez más, dificultándole la respiración.
El silencio los acompañó durante el resto del trayecto.
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