El director, como era de esperarse, no reconoció a la bailarina, pero de inmediato llamó a la profesora a cargo. Esta revisó el programa y contestó:
—Director, la presentación figuraba a nombre de Wen Xing’er.
Mientras Wen Xing’er recogía sus cosas tras bambalinas, una estudiante de un curso superior a quien conocía bien se le acercó presurosa:
—¡Xing’er, te he estado buscando por todos lados! ¿Qué haces todavía aquí?
—¿Qué pasa?
—¡Rápido, ponte el vestido que llevaba tu prima! Un invitado de honor quiere verte. No sé bien los detalles, ¡pero le fue increíble en el escenario, así que seguro es algo genial!
Justo después de que Wen Xing’er saliera de tras bambalinas, en un rincón apartado y oscuro, se reunieron varios jóvenes de aspecto imponente. Lucían tatuajes y llevaban el cabello teñido de varios colores.
El tipo en el centro sostenía un cigarrillo entre los labios; uno de sus compinches se apresuró a encendérselo.
—Hermano Tong, Wen Xing’er acaba de avisar que todo está listo.
El tal Tong le dio una profunda calada al cigarrillo y soltó una risita maliciosa:
—No esperaba que esa zorra consiguiera a alguien tan buena. Es mil veces más linda que ella.
—Menudo cuerpazo tiene… Y al bailar, ¡qué cintura tan flexible! Hoy el Hermano Tong se la va a pasar en grande, jajaja.
—Ya tenemos la llave y preparé el polvo… ¿procedemos?
***
Por su parte, Wen Ke’an se estaba cambiando en una sala de ensayo desierta. Una estudiante de un curso superior acababa de llevarse el hanfu, pero como ella aún llevaba puestas varias prendas interiores, tardaría un momento en terminar.
Cuando estuvo lista, descubrió que la puerta había sido cerrada con llave desde fuera; era imposible abrirla desde el interior.
Sin embargo, intuyendo que algo malo podía ocurrir, Wen Ke’an no estaba desprevenida. Se acercó a la silla donde había estado sentada y sacó una llave oculta bajo el cojín. La había pedido prestada a un estudiante poco antes, previendo que alguien intentara dejarla encerrada.
Para evitar que Wen Xing’er intentara jugarle otra trampa, grabó un breve video con su teléfono antes de salir para dejar constancia de que la sala había quedado cerrada.
Extrañamente, las luces del pasillo estaban apagadas. Hacía solo unos minutos funcionaban a la perfección, pero ahora la oscuridad era total. Apoyando la mano en la pared, aceleró el paso y pronto dio con una pequeña salida de servicio. Al cruzarla, se topó con el almacén del gimnasio y, justo enfrente, un pequeño patio despejado.
Mientras buscaba la vía de escape hacia el exterior, un ruido a sus espaldas la hizo volverse por instinto. De la puerta de servicio emergieron varios muchachos.
Sus miradas no auguraban nada bueno.
—¿No dijiste que ya estaba resuelto? ¿Cómo demonios se escapó? —escuchó maldecir a uno de ellos en voz baja.
En ese instante, la verdad la golpeó. Había pecado de ingenua con respecto a Wen Xing’er; jamás imaginó que su propia prima cayera tan bajo.
Wen Ke’an retrocedió paso a paso con la mano metida en el bolsillo. En su vida pasada, Gu Ting le había enseñado algunas técnicas de defensa personal y, recordando sus consejos, siempre llevaba consigo un frasco de aerosol de pimienta casero.
—Oye, preciosa, no tengas tanta prisa por irte. ¿Por qué no nos hacemos amigos?
—¿Ustedes son alumnos de aquí? —preguntó Wen Ke’an, manteniendo la serenidad en la mirada.
Dos chicos de cabello teñido de rubio se le acercaron. Habiendo localizado una salida cercana, Wen Ke’an continuó hablándoles para distraerlos mientras se desplazaba con disimulo.
—Claro que sí, guapa. Tu baile de recién estuvo espectacular.
—Gracias.
Estaba a escasos pasos de la salida. Justo cuando se disponía a sacar el aerosol para tomar la iniciativa, ellos se le adelantaron arrojándole un polvo blanco. En ese mismo segundo, sintió a alguien posicionarse a sus espaldas y cubrirle con firmeza la boca y la nariz.
Wen Ke’an intentó zafarse por puro instinto, pero una voz familiar y profundamente reconfortante le resonó al oído:
—Soy yo.
Al escucharla, el pánico que amenazaba con apoderarse de su pecho se disipó al instante.
—Gu Ting, ¿qué haces tú aquí? —dijo el grupo, sorprendido por su repentina aparición.
El tal Tong dio un paso al frente. Observó a Gu Ting y soltó una sonrisa burlona:
—Vaya, parece que a nuestro famoso hermano Ting también le echó el ojo a esta linda chica. ¿Por qué no nos divertimos un rato entre todos?
Gu Ting ni se molestó en responderle. Lo primero que hizo fue examinar a Wen Ke’an de arriba abajo para asegurarse de que no tuviera heridas. Al comprobar que estaba ilesa, le tomó los hombros y la giró suavemente para que quedara de espaldas al grupo.
—Quédate aquí. No te des la vuelta por nada —le indicó en voz baja pero imperativa.
—De acuerdo —asintió ella obedientemente.
Con la confirmación de ella, Gu Ting se dio la vuelta, se hizo a un lado y tomó con firmeza una barra de madera.
A sus espaldas estallaron los gritos, maldiciones y el estruendo de la pelea.
Gu Ting luchó con una ferocidad despiadada; el grupo no fue rival para su furia y en cuestión de instantes todos cayeron abatidos, suplicando clemencia.
—Lárguense —espetó Gu Ting, propinándole una patada brutal al tal Tong. Si por él fuera, en verdad habría acabado con ellos allí mismo.
—¡Este tipo está loco! ¡Vámonos!
Los pocos que lograban ponerse en pie huyeron despavoridos.
***
El pequeño patio se sumió poco a poco en el silencio, roto únicamente por la respiración agitada de Gu Ting. Sus ojos lucían inyectados en sangre por la adrenalina y todo su cuerpo emanaba un aura violenta e intimidante. Le aterraba pensar qué habría ocurrido si hubiese llegado un solo segundo más tarde.
Invadido por una mezcla de rabia y angustia, descargó un golpe contra la pared más cercana. No quería que ella lo viera en ese estado. Tras tomar aire, se le aproximó despacio.
Wen Ke’an, obediente, no se había dado la vuelta; pero en cuanto él se puso frente a ella, la imagen le partió el corazón. La joven tenía los ojos enrojecidos y su cuerpo aún temblaba levemente por el susto.
Gu Ting se inclinó con infinita delicadeza y le limpió las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.
—Fue mi culpa… no llores —pidió en un susurro, poniéndose a su altura.
Wen Ke’an bajó la mirada con la nariz enrojecida y las pestañas aleteando suavemente. Dio un paso al frente, se apoyó contra su pecho y le rodeó la cintura con los brazos, buscándolo como una gatita asustada.
El corazón de Gu Ting dio un vuelco. La contempló con una mezcla de impotencia y ternura:
—Estoy sucio…
Temía mancharle la ropa, pero la chica se aferró a él con más fuerza, negándose a soltarlo. Sin más opción, se limitó a envolverla entre sus brazos.
Pasados unos minutos, Wen Ke’an lo liberó despacio. Se encontraban en un rincón apartado del patio, con la pared tras de Gu Ting.
Al alzar la mirada, chocó con los ojos intensos del muchacho. Por alguna razón, ella, que había logrado mantener la calma todo ese tiempo, sintió que las piernas le fallaban de pronto.
Gu Ting advirtió su debilidad y le pasó un brazo por la cintura para sostenerla. Con un giro fluido, la acorraló suavemente contra la pared.
Al rozarle la mano, Wen Ke’an notó que la temperatura de él era anormalmente elevada. Instintivamente, extendió la palma para tocarle la mejilla: la piel le ardía.
—Estás ardiendo… —murmuró con voz suave y entrecortada por el llanto reciente, sonando casi como un gemido.
En ese instante, una ola de calor abrasador recorrió a Gu Ting. Aunque su mente luchaba por mantenerse cuerda, supo que se debía al polvo blanco que había inhalado accidentalmente momentos antes.
—¿Tienes fiebre? —preguntó Wen Ke’an, posando su mano preocupada en la frente de él.
Su fragancia lo envolvió por completo. Aturdido por un segundo, la mirada de Gu Ting terminó posándose en sus labios rosados.
Haciendo acopio de su último vestigio de autocontrol, le sujetó con firmeza la mano que lo acariciaba y le ordenó con voz ronca y pausada:
—No te muevas.
—¿Estás bien, Ah Ting? —preguntó ella con un leve temblor en la voz.
—Estoy bien —musitó Gu Ting, inclinándose para apoyar la barbilla en su hombro con íntima calidez.
Wen Ke’an iba a hablar cuando sintió un roce tibio sobre el lóbulo de la oreja: él se lo había besado suavemente. Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo al oírlo susurrar junto a su oído:
—Mi niña.

