Cuando Wen Xing’er regresó a la entrada de la sala de ensayo, su semblante no era nada bueno: en su rostro aún era visible una leve marca roja en forma de palma. Sus amigas, que la esperaban en la puerta, guardaron silencio al verla y se miraron entre sí sin decir una sola palabra.
Había un pequeño espejo fuera de la sala. Con lágrimas en los ojos, Wen Xing’er hacía todo lo posible por contener el llanto. Como la huella no estaba demasiado marcada y probablemente podría cubrirse con cosméticos, se volvió hacia una de sus amigas:
—Déjame usar tu base de maquillaje.
Tras retocarse, recuperó un poco la compostura. Miró hacia la sala de ensayos y preguntó:
—La fiesta está a punto de empezar, ¿cómo van los preparativos?
—Jasmine acaba de entrar. ¿Quieres pasar a ver? —explicó una de sus amigas.
Justo en ese momento, la puerta se abrió y Jasmine, que acababa de entrar, salió de golpe. Al notar su extraña expresión, la chica junto a Wen Xing’er sonrió con sarcasmo:
—¿Qué te pasa, Jasmine? ¿Acaso esa chica terminó con un maquillaje horrible?
«Cuanto más fea, mejor», pensó Wen Xing’er. Estaba de tan mal humor que ya ni disimulaba; de hecho, deseaba fervientemente que su prima hiciera el ridículo para alegrarle el día.
Sin embargo, en cuanto una joven vestida con un hanfu rojo cruzó la puerta, se escuchó un jadeo colectivo entre las presentes.
La muchacha lucía una silueta esbelta, un cuello largo y elegante, y una presencia imponente. El hanfu carmesí la hacía lucir como una princesa de la antigüedad: refinada, noble y deslumbrante. Para sorpresa de todas, su maquillaje de ojos era sumamente natural y combinaba a la perfección con el atuendo.
Al ver a Wen Ke’an, a Wen Xing’er se le desencajaron los ojos. Su amiga, por puro instinto, retrocedió un paso y murmuró:
—Vaya, qué hermosa es…
—…
***
El festival comenzó oficialmente. Las primeras presentaciones consistieron en canciones y bailes llenos de energía para caldear el ambiente. El recinto estaba abarrotado: la primera fila estaba reservada para los directivos e invitados de honor, y la segunda para los profesores.
En el centro de la fila principal, el director del instituto conversaba respetuosamente en voz baja con el invitado a su lado. El hombre, de cabello largo, permanecía sentado con elegancia y la mirada fija en el escenario.
—Profesor Wang, estos estudiantes son de lo más destacado de nuestro programa de danza —presentó el director en un susurro.
—Ya veo —respondió el hombre de cabello largo con indiferencia, sin mostrar emoción alguna.
El director lo miró de reojo. Su escuela técnica era famosa por su departamento de danza, del que habían salido talentos sobresalientes, y el hombre sentado a su lado era nada menos que el director de una compañía de danza de renombre nacional. Conseguir un puesto allí era extremadamente difícil, por lo que si algún alumno lograba llamar su atención, sería un inmenso honor para la institución.
—Los muchachos que participan hoy son lo mejor de nuestra escuela —insistió el director, buscando aprovechar la oportunidad al máximo—. ¿Ve a la chica del centro? Ganó el primer lugar en el concurso municipal. Y la del cabello corto es experta en baile urbano, también campeona.
Pese a los esfuerzos de recomendación, el respetado maestro permaneció impasible y comentó con desapego:
—Tienen buena figura, pero les falta bastante técnica.
—…
***
El evento transcurría demasiado formal y, tras un par de actos, perdió todo atractivo.
Xie Hongyi le dio un sorbo a su bebida y miró hacia Gu Ting. Como era de esperarse, este ni se molestaba en ver el escenario; mantenía la vista fija en su teléfono. En cuanto Xie Hongyi intentó asomarse, Gu Ting volteó la pantalla. Xie Hongyi sonrió, mordió la pajita y bromeó:
—Hermano Ting, no pareces muy concentrado en el espectáculo. ¿Con quién hablas tanto? ¿Con la cuñada?
Antes de que Gu Ting respondiera, la voz del presentador resonó en el recinto:
—A continuación, disfruten del baile Nirvana.
Las luces del escenario se atenuaron de golpe y un foco iluminó el lateral derecho. Al mismo tiempo, una joven vestida con un hanfu carmesí avanzó con elegancia. En silencio, paseó su hermosa mirada por el auditorio y se posicionó para iniciar.
—Maldita sea, ¿de dónde salió semejante belleza? —murmuró Xie Hongyi, perplejo.
A pesar de llevar un velo que le cubría la mitad del rostro, su figura refinada y sus rasgos delicados eran inocultables. La música comenzó a sonar suavemente y ella empezó a fluir al ritmo de la melodía. Poseía una figura esbelta, pero sus movimientos transmitían una firmeza cautivadora. El vestuario parecía fundirse con sus pasos, flotando en el aire al compás del baile. Gradualmente, el murmullo del público se extinguió por completo.
La interpretación desbordaba tanta emoción que mantuvo a todos fascinados. Incluso cuando la música cesó, la audiencia tardó unos instantes en reaccionar. No fue hasta que el presentador volvió a salir que el recinto estalló en atronadores aplausos.
Entre la ovación, los ojos de Wen Ke’an buscaban a una sola persona. Tal como lo había prometido, Gu Ting se encontraba en un asiento desde el cual ella podía divisarlo de un vistazo.
Sabiendo que no debía demorarse en el escenario, apartó la mirada. Bajo los focos brillantes, su piel lucía sumamente clara y las diminutas lentejuelas en la comisura de sus ojos centelleaban con sutileza, haciéndola parecer un ser divino descendido al mundo terrenal.
Al retirarse tras bambalinas, Wen Ke’an echó una última mirada hacia atrás, buscando a Gu Ting con una cálida sonrisa reflejada en sus ojos. Lo que ella no sabía era que muchísima gente notó ese gesto. Para la mayoría de los presentes, aquella mirada fugaz fue sencillamente inolvidable.
Gu Ting tampoco le había quitado los ojos de encima. La escena parecía superponerse con un sueño del pasado: en él, él contemplaba en silencio desde la oscuridad mientras su chica resplandecía con luz propia sobre las tablas. Sin embargo, esta vez era distinto. Esta vez, el afecto entre ambos era sincero, tangible y mutuo.
—¿En serio hay una chica tan guapa en nuestra escuela? Ni siquiera la reina de belleza se le acerca —murmuró Xie Hongyi, siguiendo con la vista la figura que se retiraba—. Vaya cintura que tiene, ¿verdad?
Giró la cabeza hacia Gu Ting, pero las palabras se le congelaron en la garganta. Gu Ting se puso de pie tranquilamente.
—Saldré un momento.
—Ah… claro —balbuceó Xie Hongyi, desconcertado.
Tras verlo partir, tardó unos segundos en reaccionar y le dio un codazo al compañero sentado al otro lado.
—¿Acaso el hermano Ting acaba de sonreír? —preguntó, e intentando recordar, añadió de inmediato—: Sonrió, ¿verdad? ¿Tú también lo viste?
—No me fijé bien, pero me pareció que sí, un instante.
—…
Xie Hongyi se dio una palmadita en el muslo.
—¡Maldita sea!
Llevaba años siendo amigo de Gu Ting y era la primera vez que le veía semejante expresión: una sonrisa cálida, llena de devoción y satisfacción, típica de quien contempla a la persona que ama. De pronto, un pensamiento cruzó su mente y abrió los ojos como platos:
—No me digas que la bailarina de recién… ¡¿era la cuñada?!
-…
Pero Xie Hongyi no fue el único impactado. En la primera fila, el director del instituto también permanecía atónito. No recordaba tener en el alumnado a una bailarina de semejante nivel; en apenas unos minutos sobre el escenario, demostró una técnica formidable y, sobre todo, una capacidad interpretativa excepcional.
Mientras el director digería lo sucedido, el prestigiado maestro a su lado se puso de pie de golpe. Con la mirada brillante fija en la dirección por donde ella se había retirado, se volvió hacia el director y le preguntó con evidente entusiasmo:
—Esa muchacha… ¿cómo se llama?
—Profesor Wang, aguarde un segundo, mandaré a confirmarlo de inmediato.

