- Uno, dos, tres, cuatro (1)
—¿Quién eres?
Serena preguntó con voz digna, observando a la persona recién seleccionada. Era una mujer.
Era menuda, como Olive, y tenía la cara algo regordeta, pero el cuerpo muy delgado, con los huesos de las muñecas y los tobillos visibles bajo la ropa.
‘Debe ser del tipo de persona a la que se le engorda la cara con facilidad, pero cuyo cuerpo se mantiene delgado.’
Era difícil decir su edad debido a su pequeña estatura y mejillas regordetas.
‘¿Una adulta? ¿O una menor?’
Sus mejillas regordetas la hacían parecer de la misma edad que Ralph, pero podría ser mayor o menor.
‘Es difícil adivinar la edad de los plebeyos.’
Para simplificar, llamémosla niña. Tenía el pelo castaño oscuro y los ojos marrones, y sus mejillas regordetas le daban un aspecto adorable, pero no era especialmente guapa.
Sus ojos, nariz, boca y orejas parecían estar en su sitio y ser completamente funcionales, pero sus finas cejas y su nariz baja le daban una apariencia generalmente indistinta. Su presencia era tan tenue que probablemente se borraría de la memoria tras una breve conversación.
La ropa que llevaba era vieja y andrajosa. Su atuendo desaliñado, junto con sus rasgos poco definidos, la hacían parecer un tanto desaliñada. La chica miraba fijamente al grupo con la mirada perdida, como si estuviera sorprendida y desconcertada.
—¿D-De veras son personas de carne y hueso?
Su forma de hablar era un tanto peculiar. El rostro de la chica se contrajo y, acto seguido, se postró.
—¡Señor Caballero!
Pero ella hizo una reverencia no ante la princesa, sino ante el caballero.
—¡P-Por favor, salven a mis’manas! ¡Por favor, pa’ Dios!!
Tras postrarse, la niña gateó por el suelo y se aferró al zapato de Ralph. Él estaba desconcertado y no sabía qué hacer.
—¡Por favor, suéltame!
—¡Sálvennos!
—¡Yo te ayudaré, así que por favor suéltame! ¡Y por favor, suplícale a la Princesa, no a mí!
—¿Princesa?
Los ojos marrones de la chica recorrieron rápidamente al grupo. Tras examinar a todos con detenimiento, forzó una risa.
—¡Ja, ja, mi buen señor, ¡usted es puro vacilón! ¿Onde ’tá la princesa por aquí?
La Serena de antes se habría enfurecido con esas palabras. Pero al verse reflejada en el espejo, no se enfadó y perdonó a la muchacha ignorante.
‘Debe pensar que Ralph es el de mayor rango en nuestro grupo porque es el único que lleva armadura de placas y casco de metal.’
Actualmente, todos los demás miembros del grupo, a excepción de Ralph, llevaban cascos de piel de cocodrilo. Estos cascos, fabricados con las pieles de un jefe de un nivel superior al piso 20, eran más valiosos que los cascos estándar de los caballeros de la capital.
Sin embargo, dado que la chica no era experta ni en monstruos ni en armaduras, probablemente valoraba más el casco de metal. Al fin y al cabo, el joven caballero llevaba puesta la armadura de placas de Lucas, perteneciente a los Caballeros Reales, que combinaba practicidad y arte, lo que le daba un aspecto impresionante.
En cualquier caso, era importante informarle que la princesa, y no Ralph, era quien ostentaba la autoridad. En tal situación, la princesa jamás debía tomar la iniciativa. Quienes la rodeaban debían, en cambio, proclamar su estatus.
Si Philia hubiera estado allí, habría gritado inmediatamente: ‘¡Cómo te atreves!’ pero por desgracia, la condesa no estaba allí ahora.
Justo cuando Serena estaba a punto de guiñarle un ojo al conde Randy, una voz surgió de un lugar inesperado.
—¡Qué impertinencia! ¡Decir que no hay ninguna princesa entre nosotros! ¿Acaso tus ojos tontos no ven a esta persona?
La guía se puso delante de Serena y regañó a la chica, que parecía tener los ojos llorosos y encogió los hombros.
—¿Y quién es esa señora? ¿Qué, es de las famosas?
—Esta persona no es otra que la… del Reino de Hudgee-buji…
(Nota: al añadir ‘buji’ al nombre del reino, se forma la palabra ‘Heojibuji’, que significa ‘indeciso’, ‘vago’, ‘ambiguo’. Es un juego de palabras al estilo de Olive).
—Omita el ‘buji’.
—…¡La joya preciosa del Reino de Hudgee!
—Omite la parte en la que también soy una joya.
—¡La única nieta del rey y la hija mayor del príncipe heredero! ¡La hermana mayor del molesto príncipe! ¡Es la princesa! ¡También es la apóstol del dios del laberinto! ¡Una persona insignificante como tú ni siquiera podría vislumbrarla en una procesión, así que aparta la vista!
Tras hablar, Olive se agarró el estómago y se echó a reír.
—¡Jajaja! ¡Siempre he querido intentarlo alguna vez!
Muchos datos eran erróneos, su vocabulario era vulgar e incluso su intención era irrespetuosa, pero el efecto era innegable. La chica se arrodilló ante Serena, no ante Ralph, e inclinó la cabeza.
—¡Ah, jijo! ¡Princesa! ¡Esta pobre diabla cometió un pecado mortal! ¡Por favor, perdóneme, pa’ Dios! ¡Por favor, salve a mis’manitas!
—Antes de eso, dime quién eres, con sinceridad y detalle.
La niña derramó lágrimas y reveló su identidad.
—Yo soy Uno. Mis hermanas menores, Dos, Tres, Cuatro y yo, nos ganamos la vida haciendo trucos.
Serena frunció el ceño, preguntándose si la chica, que decía llamarse Uno, estaba bromeando.
‘¿Está jugando con los nombres de los niños?’
—¡Oh! ¡Cómo te atreves a intentar hacerle bromas a la Princesa!
Una vez más, la guía dio un paso al frente y habló en voz alta. Parecía estar imitando a Philia, con una expresión ligeramente arrogante.
—¡N-no, no es ningún vacilón, ¡es la pura verdad! Todos somos huerfanitos de una compañía de maromeros, ¡por eso no tenemos ni nombre! ¡Nos vamos nombrando según jale cada quien, por el orden en que nos fuimos uniendo pal’ grupo!
Si las palabras de Uno eran ciertas, se trataba de una convención de nombres comprensible. Serena asintió, instándola a continuar con la explicación.
—Nos venimos enterando de que iba a haber un fiestónón allá en Hudgee, así que nos la jugamos y nos dejamos venir pa’ Hudgeechen en barco.
Por suerte, ganaron buen dinero. Lo suficiente para cubrir sus gastos de viaje y algo más.
Ese día, como de costumbre, ella y sus hermanas estaban haciendo trucos cuando de repente el suelo tembló. Uno abrazó a sus hermanos, temblando, y luego perdió el conocimiento.
Cuando abrió los ojos, se encontraba en la misma plaza donde habían estado actuando. Pero pronto se dio cuenta de que aquel lugar no era la verdadera plaza. Temblaba, aterrorizada al ver a la multitud desaparecida, reemplazada por muñecos de madera.
—Por güena suerte, todos mis carnales estaban cerquitas. Cuatro, la más plebe, es bien avispada y dijo que este lugar era un laberinto.
Cuatro era realmente muy inteligente y, al parecer, incluso había conquistado los pisos 24 y 25. Sin embargo…
—Cuando íbamos p’arriba, nos topamos con un moscorón que nos tapaba el paso, ¡así que ni de chiste pudimos subir!
‘¿No es un cocodrilo?’
Si las palabras de Uno eran ciertas, la mosca podría ser el jefe del sexto nivel. Serena se aseguró de recordar la información sobre el monstruo mosca.
—Las escaleras que iban p’abajo estaban igualitas. Nomás bajamos y ¡ay, jijo, había un infierno de libros! Los mendigos libros volaban a nuestro alrededor queriéndonos dar de porrazos, así que de volada salimos hechos la raya de regreso pa’ acá.
—¿Estás diciendo que lograron completar el rompecabezas de esta plaza?
—Cuatro sí que es bien avispada, de a tiro.
Con el monstruo mosca arriba y los monstruos libro abajo, Uno y sus hermanas quedaron atrapadas en el séptimo nivel, sin poder moverse. Por suerte, los monstruos de los pisos 24 y 25, que ya habían sido conquistados, no las atacaron a menos que fueran provocados.
Uno y sus hermanas decidieron esconderse en el piso 24, donde las muñecas no se movían. Habían encontrado un lugar adecuado, pero el problema era la comida.
Las provisiones que tenían Uno y sus hermanas se agotaron rápidamente. Uno se preparó para los ataques de las muñecas de madera y recogió pan del árbol del pan.
Por suerte, las muñecas no atacaron. Así que Uno y sus hermanos bebieron agua de la fuente y comieron con moderación el pan del árbol del pan, sobreviviendo día a día. Entonces, un día…
—Todo el pan del árbol desapareció.
Alguien que llegó al piso 25 se había llevado todo el pan del árbol. Uno sollozó, aún resentida al recordarlo.
—De alguna manera logramos pasar el trago con el pan que habíamos pizcado antes, pero la verdad ya traíamos una unción de hambre. Pensábamos que nos iba a llevar la tiznada a todos, así que le entramos al bajón y nos robamos la comida de la cafetería.
‘Y fue entonces cuando los monstruos los persiguieron.’
Era una historia triste, perfecta para despertar compasión. De hecho, la llama de la justicia ardió con fuerza en los ojos de Ralph al escucharla.
—¡Eso es realmente lamentable! ¡Debemos rescatar a las hermanas de la señorita Uno de inmediato!
—¿Nos salvarás?
Ya que se habían conocido, ¿qué más podían hacer?
‘Tenemos que salvarlas.’
A pesar de la necesidad de ayudar, Serena estaba profundamente inquieta por esta situación, pero no era porque Uno y sus hermanas fueran a agotar sus escasos recursos.
‘¿Y si mueren por haberme conocido?’
La princesa se sentía incómoda con la idea de que conocerla sellaría el destino de Uno y sus hermanas, para bien o para mal.
¿Qué significaba esto? Serena había formulado una hipótesis sobre el funcionamiento del gacha. Su teoría era que, hasta que ella los encontrara, el destino de aquellos atrapados en el laberinto se inclinaba hacia la ‘vida’.
En el pasado, Serena se había preocupado por si la gente estaba muriendo en tiempo real y si debería empezar a pullear a las personas antes.
Sin embargo, después de más de un mes, casi dos, desde que la Princesa quedó atrapada en el laberinto, la cifra aproximada de 100.000 personas disponibles en la ventana de gacha no había disminuido.
Además, toda la gente que Serena había pulleado o con los que se había topado en el laberinto parecían haber despertado hacía poco. La princesa combinó estas dos pistas para formular su hipótesis.
‘Para que yo pueda pullear a estas personas, tienen que estar vivas, ¿no? ¿Y si el Dios del Laberinto ralentizara el tiempo de estas personas para que yo pudiera seleccionarlas?’
El Dios del Laberinto era omnipotente dentro del laberinto. Podía cambiar el tiempo entre el día y la noche con solo golpear un cristal, por lo que ralentizar el tiempo para las personas que vagaban por sus respectivos laberintos estaba sin duda dentro de su poder.
Si esta hipótesis fuera cierta, entonces Uno y sus hermanas tendrían más probabilidades de morir ahora que antes, solo porque Serena las había conocido.
‘Tendrían más probabilidades de sobrevivir si no se encontraran conmigo o si no fueron pulleados por mí.’
Esta era una de las razones por las que la Princesa no había pulleado a nadie, a pesar de haber acumulado más de 10 monedas de la muerte.
‘No quería traer a nadie que no fuera combatiente.’
Pero puesto que ya se habían conocido, ¿qué podía hacer? Tenía que verlo como el destino y salvarlos. La princesa reprimió un suspiro y preguntó a Uno.
—¿Dónde están tus hermanas?
—Se andan escondiendo allá en la calle de los negocios. ¡Ay, mi reina! ¡Princesa! ¡Por favor, por lo que más quiera, ¡salven a mis’manitas! ¡Este lugar está re feo y da un harto miedo!
—Lo entiendo, así que deja de llorar y abre el camino.
—Sí, señora.
Uno caminó apresuradamente hacia el piso 24.
—¡Un momento! ¿No tenemos que volver a conquistar un piso después de haberlo conquistado?
—La verdad ni sé de qué me habla, pero al principio la cosa sí estuvo medio rara, ya luego de que le hallamos el modo a todas las diferencias, todo marchó re bien.
Esto significaba que, una vez conquistado un piso, no tenían que preocuparse por encontrar las anomalías de nuevo. Serena sintió un verdadero alivio.
En medio de todo esto, Uno no había olvidado la bolsa con los sándwiches que había robado de la cafetería. Olive sonrió y le contó a Uno qué había sido de sus sándwiches.
—Esos desaparecen una vez que cruzas una puerta~
—¿Eh? Pero no desaparecen.
—¿Qué?
—Esta vez, pa’ mi mala pata, me torcieron los guardias. Pero de todos modos le seguimos pizcando y bajando comida pa’ echarnos un taco. La comida nunca se esfumó.
La guía protestó ante la increíble historia.
—¡¿De qué estás hablando?! ¡Todas las joyas que coleccioné desaparecieron!
Uno esbozó una sonrisa cómplice.
—Ah, pues las joyas. Al principio nosotros también las andábamos pizcando, pero al ratito nomás se nos hicieron de humo.
—¿Verdad? ¡Desaparecen!
—Pero fíjese que los corotos que uno junta ya después de hallarle el modo a todas las anomalías ahí se quedan.
—¡¿Qué?!
Olive parecía tan sobresaltada como si le hubiera caído un rayo. La guía agitó los brazos como si fueran alas.
—¡Entonces! Ya que hemos conquistado el piso 24, ¿todo lo que recojamos allí se quedará con nosotros?
La sonrisa de Olive se extendía de oreja a oreja.
—¡Con razón no encontramos ningún cofre del tesoro! ¡Todo el piso era un cofre del tesoro!
Las tiendas de los pisos 24 y 25 no vendían artículos útiles para explorar el laberinto, ya que todas eran tiendas de ropa, joyerías, tiendas de espejos o cafeterías.
Sin embargo, vendían metales preciosos caros, y siempre era buena idea tener más ropa. Entre las muñecas, incluso había algunas armadas, así que se podía ganar mucho dinero.
—Ahora no tenemos que preocuparnos por la ropa ni los zapatos, Serena-nim. ¡Incluso podemos tomar un té!
—¡Este nível hace que todas nuestras dificultades valgan la pena!
Como si la frustración que sintieron al encontrar la plaza fuera un recuerdo lejano, la moral del grupo se disparó. Al abrir la puerta y entrar en la cámara de piedra, los sándwiches, tal como había dicho Uno, no habían desaparecido.
El grupo de la princesa aún no había conquistado el piso 25, pero el piso 24 ya estaba listo. Los miembros del grupo esbozaron una sonrisa, imaginando los objetos que podrían obtener del piso 24.
—Cálmense. Salvar a las hermanas es lo primero.
—¡Por supuesto! ¡Las vidas humanas son lo primero!
—Oh~ creo que puedo quedarme al margen esta vez, ¿no?
Olive siguió a Uno, incapaz de apartar la vista de la joyería. Uno entró en una tienda y señaló la puerta de un almacén en el interior.
—Mis’manitas me están aguardando allá adentro.
La niña no abrió la puerta de inmediato, sino que llamó con un ritmo constante. Parecía una señal previamente acordada con sus hermanas. Esperó a que se abriera la puerta, pero no hubo respuesta.
Tras esperar un instante, a Uno le temblaron las manos al abrir la puerta. Dentro de lo que parecía el almacén de la tienda, solo había mercancías apiladas y no se veía a nadie.
—¡Ay, mi Dios, ya no están!
Sobresaltada y aterrorizada, Uno dejó caer la bolsa que contenía los sándwiches.

