RPE 23.1

—¿Deberíamos ir al hospital? —preguntó Wen Ke’an preocupada; su temperatura corporal seguía demasiado alta.

—No hace falta, estaré bien enseguida —le susurró Gu Ting al oído—. Déjame abrazarte un rato.

Su voz sonaba débil. Wen Ke’an se quedó inmóvil, obediente, y dejó que la estrechara entre sus brazos.

Sin embargo, al cabo de un rato, el eco de unos pasos rompió la calma del pequeño almacén.

—¿Qué le pasa al equipo de utilería? ¿Por qué no prepararon con tiempo los objetos para la presentación?

—Ya es tardísimo y este almacén es gigante. ¿Dónde se supone que voy a encontrar lo que pide?

Las cajas acumuladas frente a ellos obstaculizaban la vista, por lo que Wen Ke’an no lograba descifrar cuántas personas se aproximaban. Miró a Gu Ting y murmuró:

—Viene alguien…

Con la mano aún apoyada en la pared, Gu Ting se erguió ligeramente, echó un vistazo hacia atrás y dijo suavemente:

—Tranquila, no vendrán hacia acá.

En efecto, los estudiantes se desviaron hacia otra sección del depósito. El rincón donde ellos se ocultaban permanecía sumido en la penumbra, resguardado por montones de cajas.

Wen Ke’an lo contempló en silencio: mantenía la vista baja, dejando al descubierto el perfil recto y pulido de su nariz. De forma inevitable, la memoria la trasladó a la primera vez que se cruzaron en su vida pasada. También había sido una noche como esa.

Gu Ting acababa de salir de prisión y huía de sus antiguos enemigos. Ella tropezó con él en un callejón, malherido y con una mirada que helaba la sangre. Podría haber seguido de largo, pero el frío invernal apretaba y, movida por la compasión, decidió llevarlo a su casa.

Su intención original era acogerlo solo una noche, hasta que recuperara un poco de fuerza; pero jamás imaginó que aquel gesto fortuito los uniría para siempre. Por aquel entonces, su propia existencia era un caos total, y ni ella misma sabía de dónde había sacado fuerzas para apiadarse de un extraño. Sin embargo, nunca se arrepintió de haberlo hecho: él fue quien terminó devolviéndole la esperanza de seguir con vida.

Con las luces del depósito apagadas y los alumnos ya retirados, la tranquilidad regresó por completo al lugar. La luna brillaba plena y las estrellas resplandecían en el cielo.

Wen Ke’an observaba al muchacho a su lado sin pestañear. Pensó que aquello debía ser una divina bendición, una segunda oportunidad que les concedía volver diez años atrás en el tiempo.

Gu Ting intuyó su mirada y se volvió hacia ella. La joven poseía unos ojos grandes y expresivos donde parecía albergarse el resplandor de mil estrellas.

—¿Qué pasa? —preguntó él con voz pausada, conteniendo a duras penas el torbellino de su interior.

Sin decir una sola palabra, movida por un impulso, Wen Ke’an se alzó levemente sobre sus pies y le depositó un tierno beso en la mejilla.

«…»

Aquel gesto avivó el fuego en su pecho, volviéndolo casi incontrolable. Gu Ting soltó un leve suspiro, la sujetó por la cintura y rozó con sus labios la comisura de la boca de ella. Al principio creyó que bastaría con ese breve contacto; sin embargo, el deseo es codicioso y, tras unos suaves besos iniciales, anheló más.

—Mmm…

Wen Ke’an sintió que perdía el aliento e intentó retroceder por instinto, pero la firme mano de él aferrada a su cintura se lo impidió. La intensidad de él fue aumentando gradualmente hasta hacer que a ella se le empañaran los ojos.

—Ah Ting… —gimió en un susurro presurosa, al límite de sus fuerzas.

Al oírla llamarlo así, Gu Ting se rigidizó de golpe y la liberó despacio.

Wen Ke’an quedó con los ojos anegados en lágrimas y el rostro encendido, con los labios visiblemente enrojecidos e hinchados.

***

Justo cuando ella se disponía a hablar, advirtió que Gu Ting miraba hacia abajo. Al seguirle la vista, notó que la pantalla de su teléfono —guardado en el bolsillo— resplandecía. Lo había puesto en silencio para la presentación. Al sacarlo, vio una llamada entrante de Jin Ming y contestó.

—An’an, ¿dónde andas? Yo también vine a la escuela técnica, ¿por qué no te veo por ningún lado? —se escuchó al otro lado de la línea en cuanto atendió.

—Estoy tras bambalinas —respondió Wen Ke’an en voz baja, con los ojos fijos en Gu Ting.

—Ya terminaste tu acto, ¿no? ¿Nos regresamos juntas? Se está haciendo tarde y no es prudente andar solas a estas horas —insistió Jin Ming.

Sabiendo que Gu Ting aún no se sentía del todo bien, Wen Ke’an dudó. Iba a declinar la propuesta cuando él la interrumpió entre murmullos:

—Estoy bien… vete a casa primero.

—Voy para allá en un momento —le dijo Wen Ke’an a su amiga antes de dar por terminada la llamada.

Involuntariamente, buscó rozar la palma de Gu Ting y notó que continuaba ardiendo. Percibiendo su intranquilidad, él le dedicó una sonrisa serena:

—De verdad, no pasa nada.

—Tal vez debería acompañarte…

—Es peligroso que te quedes a mi lado —la cortó él mirándola con absoluta seriedad.

«…»

Poco después de abandonar el área de utilería, Wen Ke’an tropezó con Jin Ming, que venía a su encuentro. Jin Ming lucía un atuendo bastante estrafalario esa noche, escoltada como de costumbre por algunos de sus peculiares insectos guardianes —bichos que no sabía exactamente cómo adiestraba, pero que resultaban sorprendentemente astutos—.

Jin Ming se le aproximó a paso firme y le examinó el rostro con atención. Frunciendo el ceño, soltó:

—¿Alguien te molestó aquí adentro?

—No, para nada —respondió Wen Ke’an, sorprendida.

—¿Segura? —dijo Jin Ming sin terminar de creerle, señalándose el área de los párpados—. ¿Y entonces por qué tienes los ojos así? ¿Estuviste llorando?

Wen Ke’an se llevó la mano a la cara instintivamente. Su piel solía delatarla: con apenas soltar un par de lágrimas, la zona alrededor de sus ojos se enrojecía tanto que parecía haber sufrido un ataque de llanto inconsolable.

Sintiendo un leve picor, se los frotó con delicadeza y contestó suavemente:

—No es nada, solo se me metió una basura. Ya se me pasó.

—Menos mal.

Con la molestia aliviada, Wen Ke’an la observó y preguntó:

—¿Por qué viniste hasta acá?

—Te estuve llamando y no respondías; me preocupé de que te hubiera sucedido algo. Como estaba aburrida en casa, vine a echar un vistazo —explicó Jin Ming.

Contar con una amiga tan atenta conmovió profundamente a Wen Ke’an. Apenada, se disculpó:

—Tenía el teléfono silenciado por la presentación y no vi tus mensajes…

Al notar su apuro, Jin Ming no pudo evitar sonreír:

—No te preocupes. Lo importante es que estés bien. El ambiente de esta escuela técnica es muy caótico; mejor no vuelvas por aquí sola en otra ocasión.

—De acuerdo —asintió Wen Ke’an obediente.

—Ya es tarde, regresemos. Tus padres se van a preocupar si te demoras más.

***

Poco después de que ambas se marcharan, un grupo del equipo de utilería se aproximó al área para retirar los objetos que quedaban tras bambalinas.

Uno de los muchachos observó a Wen Ke’an a lo lejos y comentó extrañado:

—¿Aquellas dos no son alumnas del Instituto N.º 1? ¿Qué andan haciendo por acá?

—¿Las conoces?

—Claro, esa chica es famosísima por lo guapa que es; andaban rondando fotos suyas en los foros de estudio del N.º 1 hace poco.

—Parece que estaba llorando… ¿por qué tendría los ojos tan rojos?

—Vaya a saber. Mejor démonos prisa con la utilería antes de que el director nos vuelva a regañar.

Terminaron de meter las cajas al depósito y, al salir, chocaron de frente con la silueta de alguien parado en medio de la penumbra.

Por suerte, la figura se encontraba a cierta distancia. Los estudiantes tardaron unos segundos en reaccionar y murmuraron sobresaltados:

—¡Diablos! ¿Y ese qué hace ahí parado?

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