SLMDG 34

—¿Cuál es el problema?

—¿Qué?

—Es cierto que utilicé a varias criadas para comprobar la eficacia del medicamento. Sin embargo, ¿dónde está la prueba de que todo se hizo sin su consentimiento?

Desgraciadamente, la confesión que Yelena había conseguido grabar tenía un vacío legal.

—¿De qué estás hablando? Ninguna de las criadas utilizadas como sujetos de prueba sabía por qué había quedado embarazada. Además, no hay testigos que demuestren lo contrario.

—Nunca dije que les administrara el medicamento a las criadas del ducado.

—¿Qué?

—Solo admití que les di el medicamento a unas criadas. Nunca dije que fueran las criadas del duque.

—¡…!

Había cometido un error.

Yelena había logrado desenmascarar la verdadera naturaleza de Inca Marezon, pero al final no contaba con pruebas suficientes para hacer que respondiera por sus crímenes.

—Reconozco que todo esto resulta sospechoso. Sin embargo, si me dejan marchar ahora mismo, no presentaré una denuncia formal por este asunto. Ah… y tampoco exigiré responsabilidades por la herida que ella me causó.

Lejos de mostrarse arrepentido, Inca Marezon incluso utilizó la herida que Yelena le había provocado en la cabeza para amenazarla.

Entonces…

¿Lo dejaron en libertad?

No.

—¿Cuándo tenía previsto Inca Marezon regresar con su familia?

—Dentro de dos días, Su Excelencia.

—Entonces las pruebas aparecerán por sí solas. Enciérrenlo hasta entonces.

—Sí, Su Excelencia.

—Ben. Antes del amanecer trae al castillo al hombre del que te hablé.

A la mañana siguiente, siguiendo las órdenes del duque Kaywhin Mayhard, Ben regresó acompañado del médico que había trabajado en el castillo y que había abandonado su puesto varios meses atrás.

El hombre se había escondido en una región tan remota que el viaje en carruaje tomaba un día entero. Para traerlo con rapidez, incluso fue necesario contratar a un hechicero que lo transportara durante la noche.

Cuando Yelena se enteró de ello, no pudo evitar quedarse sorprendida.

—…Ben, ¿cuánto dinero gastaste?

Convencer a un hechicero de colaborar requería una enorme suma de oro, y además había sido llamado de improviso para trabajar en plena noche.

Yelena miró fijamente al mayordomo esperando una respuesta, pero Ben solo sonrió con tranquilidad, sin decir una sola palabra.

Tras ser interrogado, el médico terminó confesando todos sus delitos.

Había aceptado el soborno de Inca Marezon y aprovechaba las revisiones médicas de las criadas para confirmar sus embarazos.

Después convencía a las jóvenes, que se negaban a creer lo que les estaba ocurriendo, de renunciar a su trabajo y regresar discretamente a su pueblo natal para dar a luz lejos del castillo.

Sin embargo, las palabras que utilizaba para persuadirlas fueron aún más indignantes.

—¿Una maldición?

Abbie habló con evidente desconcierto.

—Sí. Les decía que aquello podía ser una maldición y que revelar la verdad solo les traería más desgracias. Les aconsejaba guardar silencio, volver a su ciudad natal y dar a luz en secreto a un hijo cuyo padre nadie conocía.

—¿Qué…?

Los ojos de Yelena se abrieron de par en par.

—También las convencía de no abortar. Les aseguraba que, si intentaban deshacerse del bebé, la maldición recaería sobre ellas con una fuerza aún mayor.

—¿De verdad las criadas creyeron semejante mentira?

Por ingenua que pudiera ser una persona, aquello parecía ir demasiado lejos.

Incapaz de comprenderlo, Yelena volvió a preguntar.

Abbie guardó silencio durante unos segundos.

Parecía debatirse entre defender a quienes habían sido sus antiguas compañeras o responder con absoluta sinceridad.

Finalmente, eligió decir la verdad.

—Los rumores que circulan entre la nobleza también terminan llegando a los sirvientes que los atienden cada día.

—Y con el tiempo suelen exagerarse mucho más de lo que eran al principio.

El rostro de Yelena se endureció.

Al verla guardar silencio, Abbie inclinó rápidamente la cabeza.

—Lo siento.

—No… esto no es culpa tuya.

Yelena apretó con fuerza el puño junto a la taza de té.

Los rumores…

La supuesta maldición de Kaywhin Mayhard

Ese monstruo…

Cerró los ojos un instante y respiró hondo para contener la ira.

Después de todo, las criadas también habían sido víctimas.

No tenía intención de descargar su enojo sobre ellas.

En cambio, dirigió toda su furia hacia quien realmente la merecía.

—¿Qué castigo recibió el médico?

—Le amputaron ambas manos y le cortaron la lengua.

La expresión de Yelena se relajó ligeramente.

Más allá de las mentiras sobre la supuesta maldición, el simple hecho de colaborar con Inca Marezon para engañar a las criadas ya constituía una traición imperdonable contra todo el ducado.

Era un castigo más que merecido.

Después de aflojar el puño, tomó un sorbo de té antes de formular la pregunta que aún le rondaba la cabeza.

—Pero… ¿cómo descubrieron que el médico había sido sobornado?

Aunque lo dijo casi para sí misma, Abbie respondió enseguida.

—Porque todas las criadas afectadas renunciaban, como máximo, dos meses después de descubrir que estaban embarazadas.

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