CCEPMD – 51

Capítulo 51: Abrazo

 

Ming Wan salió de la habitación, cerró la puerta suavemente y le dijo a Wen Zhi, que estaba en el pasillo: “La hermana mayor se desmayó debido al agotamiento y a la angustia emocional. Tomó su medicina, está dormida y se encuentra bien.”

Wen Zhi miró el charco de agua en el patio, de espaldas a ella, con una figura solitaria y fría, y dijo con calma: “Sí, gracias por el esfuerzo.”

Ming Wan estaba algo preocupada por el estado de Wen Zhi. Cuando él se enfadaba de verdad, no se descontrolaba; cuanto más reprimía su profundo resentimiento, más tranquilo y sereno parecía, como la calma antes de la tormenta.

La lluvia goteaba del alero, formando pequeños charcos en los escalones de piedra. Ming Wan tenía la intención de preguntarle a Wen Zhi cómo pensaba resolver el asunto, pero luego, temiendo presionarlo, cambió de opinión y dijo: “Confío en ti; encontrarás una solución.”

No quería que les pasara nada ni a Jiang Lingyi ni a al pequeño Shen Yan.

“Yo me encargaré de este asunto.” – Dijo Wen Zhi.

Justo en ese momento, Xiao Hua llegó, miró a Ming Wan y le susurró rápidamente al oído a Wen Zhi: “Mi señor, ha llegado gente del Príncipe Chen y del Príncipe Yan, esperando que usted los atienda.”

Wen Zhi frunció el ceño y se volvió hacia Ming Wan, diciéndole: “Quédate en la mansión, no vayas a ningún lado. Durante los próximos días, haré que alguien te vigile de cerca.”

Su voz fría y grave parecía evocar recuerdos de cinco años atrás, solo que Ming Wan ya no era la chica bulliciosa y obstinada que había sido antes.

Sabía que Wen Zhi estaba bajo una enorme presión en ese momento, que era un momento crítico, así que asintió suavemente: “De acuerdo.”

Poco después de que Wen Zhi se marchara, Wen Ya despertó lentamente.

Ming Wan sabía que Wen Ya sufría, así que pidió que le trajeran sopa de pollo y se sentó junto a la cama para consolarla: “Hermana, no temas, Wen Zhi ya ha empezado a ocuparse de eso, con sus habilidades, seguro que podrá solucionar la situación.”

Wen Ya, con su tazón de sopa en la mano, miraba fijamente a la pequeña Hanyu, que jugaba al volantín fuera de la puerta. Quizás pensando en su hijo, sus ojos se enrojecieron y las lágrimas le corrieron por el rostro.

Los rasgos de Wen Ya eran exquisitamente bellos, como los de Wen Zhi, solo que más gráciles y delicados, sus ojos, llenos de lágrimas, parecían flores de peral bajo la lluvia; incluso Ming Wan, siendo mujer, no pudo evitar sentir compasión. No era de extrañar que Shen Zhao, el famoso alborotador de Chang’an, se rindiera a sus pies, incluso lanzando fuegos artificiales, plantando flores de durazno y, el día de su matrimonio, usara cien cometas de papel para declararle su amor a su esposa ante todo Chang’an; una historia que aún se cuenta con entusiasmo.

Ming Wan, temiendo que la escena despertara las emociones de Wen Ya poniéndola melancólica, dudó repetidamente, pero finalmente ordenó a las sirvientas que se llevaran a la pequeña Hanyu.

 

***

 

Mientras tanto, en la residencia secundaria del Príncipe Chen.

El año pasado, para que Wen Zhi interviniera y protegiera a Ming Wan, Jiang Lingyi decidió contarles a Li Chengyi y Wen Zhi todo lo que sabía sobre los turbios negocios de Li Xu, incluyendo el secreto de como la Emperatriz casi perdió la vida en aquel entonces. Después del Año Nuevo, tal vez temiendo la represalia de Li Xu contra Jiang Lingyi, o tal vez demasiado preocupados por proteger la seguridad de la testigo, Li Chengyi y Wen Zhi le organizaron personalmente un excelente retiro aislado, permitiéndole disfrutar durante dos meses de la vida más despreocupada y placentera que pudiera imaginar.

Jiang Lingyi pensó que viviría en el anonimato para siempre, hasta ayer, cuando Li Chengyi envió hombres a caballo a la aldea de la montaña para traerla de regreso a la mansión del Príncipe Chen en Chang’an.

Los hombres de Li Chengyi no le habían contado lo sucedido, pero Jiang Lingyi, inexplicablemente, tuvo un presentimiento sin precedentes.

Tras una noche de pesadillas, Jiang Lingyi despertó temprano. El aire de la mañana primaveral era suave y húmedo, con gotas de rocío brillantes.

Ella caminó hacia el pasillo de una sala lateral en el patio anexo, extendiendo la mano para tocar una flor de manzano silvestre en ciernes, cuando oyó voces que provenían del interior de la sala a través de la ventana entreabierta.

“…A juzgar por las acciones actuales del Príncipe Yan, parece que pretende apoderarse tanto del imperio como de la belleza. Acabamos de tomar su Ministerio de Guerra, y para evitar un contraataque, concentramos la mayor parte de nuestros esfuerzos en Chang’an, pero inesperadamente, aprovechó la debilidad de Luoyang.” (Li Chengyi)

Era la voz de Li Chengyi, acompañada por el suave tintineo de las copas de vino y dijo lentamente: “Intercambiar a gente de la familia Jiang y a tu sobrino para conseguir a la doctora Jiang no le reportará ningún beneficio, solo nos repugnará. ¡Qué lástima por la doctora Jiang, tener que lidiar con un hermano imperial como é!”

Al escuchar que se mencionaba a ella y a Li Xu, el corazón de Jiang Lingyi se encogió de repente, como si una mano invisible la sujetara con fuerza.

‘¿Usar a gente de la familia Jiang y a su sobrino… para intercambiarlos por ella? ¿Qué significaba eso?’

‘¿Qué había sucedido mientras estaba lejos de Chang’an?’

Las gotas de rocío de las flores de begonia silvestre cayeron sobre las yemas de sus dedos, helándola tanto que retiró los dedos y se ajustó las mangas instintivamente.

“No.” – La voz fría pertenecía claramente a Wen Zhi. – “Si intercambiamos a una mujer inocente por la paz, ya hemos perdido.”

Siguió un largo silencio.

El sonido del vino al servirse llenó el aire, Li Chengyi suspiró: “Pero Yu Zhi, en última instancia, es un asunto entre la doctora Jiang y el Príncipe Yan. ¿Por qué involucrar a tu familia en esto?”

Reuniendo los fragmentos de información, Jiang Lingyi ya había adivinado toda la historia y una opresión en el pecho, una sensación de ahogo, la llenó de asfixia.

Li Xu le había dicho que no podía escapar, que si se atrevía a irse, mataría a todas las personas relacionadas con ella.

Él nunca bromeaba; realmente era capaz de hacerlo…

“¿Quién?” – Wen Zhi, sintiendo movimiento desde dentro, se levantó y abrió la puerta.

Una brisa fresca entró, el agua goteaba de los escalones y una flor de begonia silvestre cayó silenciosamente de una rama, desmoronándose en el barro.

Jiang Lingyi no había corrido mucho, tenía los ojos llenos de lágrimas, un dolor punzante le atravesaba los pulmones, dificultándole la respiración, se sentó en la barandilla tallada del pasillo cubierto, inclinándose hacia adelante, mordiéndose la mano para ahogar hasta el más mínimo sollozo.

Nunca antes había sentido con tanta intensidad que vivir era un error, que vivir era… repugnante.

No podía escapar… solo era una doctora que, por error, había salvado a una serpiente venenosa, pero ¿qué había hecho mal?

Escuchó pasos firmes detrás de ella y se giró bruscamente para ver el rostro frío y digno de Wen Zhi.

“No necesitas ir con él.” – Dijo Wen Zhi con frialdad, con los ojos inyectados en sangre, penetrantes e indiferentes, como si pudiera ver a través de sus pensamientos. – “Encontraré la manera de encargarme del resto.”

“¿Por qué?” – Jiang Lingyi cerró los ojos suavemente, con la voz quebrada por la emoción. – “Lord Wen, intercambiarme por unas cuantas vidas no es una pérdida.”

“Esto no es una transacción. La razón por la que he tomado esta decisión no es por ti, sino por Ming Wan.” – Wen Zhi se mantuvo firme, como una barrera afilada e infranqueable, y dijo sin rodeos. – “Ella siempre valora mucho a sus amigos, y no quiero lastimarla.”

Dicho eso, se dio la vuelta y se marchó, con esas pocas palabras.

“Wan Wan, Lord Wen, ya es suficiente.” – Bajo la tenue luz de la mañana, Jiang Lingyi se secó suavemente el agua del rostro, dejando escapar un largo suspiro antes de esbozar una dulce sonrisa teñida de lágrimas. – “Estos últimos dos o tres meses, aunque sea una felicidad que he robado, son suficientes.”

Jiang Lingyi sabía muy bien que, mientras viviera, Li Xu jamás la dejaría ir, ni a quienes la rodeaban; siempre encontraría la manera de obligarla a someterse.

Siendo así, ¿por qué no afrontarlo con serenidad? Ya fuera una bendición o una maldición, era su destino, y no debía implicar a nadie más.

 

***

 

Todas las tardes, un vendedor ambulante con caramelos, buñuelos y molinillos de viento recorría el callejón, haciendo sonar sus dos castañuelas de hojalata y pregonando con voz pausada.

La Oficina Médica Imperial envió las primeras muestras de grabado de las escrituras ilustradas, muchos de los grabados estaban borrosos y toscos, así que Ming Wan los marcó uno por uno con cinabrio para devolverlos y que los volvieran a grabar y corregir. Justo en medio de su trabajo, la pequeña Hanyu entró con sus piernitas, tirando de Ming Wan hacia afuera y exclamando: “Mamá, Hanyu se ha portado bien hoy, ¡vamos a comprar caramelos!”

La pequeña Hanyu se portaba muy bien, cuando Ming Wan estaba ocupada y no podía cuidarla la mayor parte del día, jugaba sola y nunca lloraba ni se quejaba.

Los gritos del vendedor se acercaban gradualmente, Ming Wan no pudo resistirse, así que dijo: “Está bien, pero solo puedes comer un paquete. Si se te pudren los dientes, ¡cuidado, que la pequeña Hanyu no podrá dormir del dolor!”

La pequeña Hanyu levantó un dedo con solemnidad y le aseguró: “No te preocupes mamá, ¡solo me comeré uno!”

Fue a la puerta trasera y saludó a los guardias. Últimamente, debido a las travesuras de Li Xu, Wen Zhi se había visto obligado a reforzar las defensas de la residencia Wen, con guardias apostados casi cada tres pasos, lo que la hacía prácticamente una fortaleza inexpugnable.

Los guardias detuvieron al vendedor ambulante y como estaba justo en la puerta, Ming Wan llevó a la pequeña Hanyu a comprar caramelos. Pero justo cuando pagaba, alguien se acercó por detrás y la detuvo.

Ming Wan se giró y vio el rostro sombrío de Wen Zhi, y no pudo evitar sobresaltarse: “¿Wen Zhi? ¿Qué pasa?”

“¿No tienes miedo de morir? ¡Acaba de ocurrir algo tan grave!” – Gritó Wen Zhi, sobresaltando a Ming Wan y a la pequeña Hanyu. Las lágrimas le brotaron de los ojos mientras miraba a Wen Zhi con temor.

“Solo estaba comprando caramelos en la puerta, los guardias están aquí.” – Él es muy fuerte, y a Ming Wan le dolía la muñeca por su agarre y frunciendo el ceño, dijo. – “Déjame ir primero, has asustado a Hanyu…”

La mención de los guardias solo hizo que Wen Zhi perdiera aún más el control, su mirada penetrante atravesó a los guardias temblorosos que bajaron la cabeza, mientras él dijo en voz baja: “¡Si hay una próxima vez, serán severamente castigados!”

Los guardias juntaron las manos apresuradamente en señal de disculpa.

Wen Zhi permaneció en silencio, arrastrando a Ming Wan hacia la habitación contigua. Él caminaba muy rápido, y Ming Wan tropezaba, obligada a seguirle el ritmo; a ella le preocupaba si sus piernas aguantarían semejante velocidad, y también Hanyu, que lloraba de miedo detrás de ellos, por lo que ella no dejaba de repetir: “¡Wen Zhi, más despacio! ¡No voy a correr, puedes caminar más despacio!”

Pero Wen Zhi no la escuchaba en absoluto.

Parecía como una cuerda que había estado tensa durante mucho tiempo y que finalmente se rompía. Con rostro ensombrecido, arrastró a Ming Wan directamente a la habitación contigua, diciéndoles fríamente a las atónitas Shao Yao y Qing Xing: “¡Fuera!”

Luego, con un brazo largo, empujó a Ming Wan contra la puerta, dejándola atrapada dentro.

Su palma golpeó la puerta cerca de su oreja, produciendo un fuerte estruendo que sobresaltó a Ming Wan.

Los ojos oscuros y rojizos de Wen Zhi casi escupían fuego mientras miraba fijamente a Ming Wan, diciendo: “¿Es necesario que te encadene a mi lado para que me obedezcas?”

Ese Wen Zhi era alguien que Ming Wan nunca había visto antes, como una bestia llevada al límite, ardiendo de rabia desesperada y resuelta.

“Wen Zhi, yo…”

“¿Tengo que volver a identificar el cadáver? ¿Tenemos que estar separados otros cinco años?”

Él tenía los ojos inyectados en sangre, su voz casi como si estuviera interrogándola.

La voz de Ming Wan sonaba ronca mientras miraba fijamente el rostro frío y apuesto de Wen Zhi, tan cerca del suyo, incapaz de pronunciar una sola sílaba.

No era miedo, sino un dolor similar al de un corazón desgarrado violentamente.

Antes, cuando Qing Xing mencionó el naufragio de hace cinco años atrás, solo había mencionado brevemente la búsqueda de Wen Zhi, sin darle mayor importancia, pero ahora, con el arrogante Gran secretario Wen interrogándola con voz ronca y desesperada, comprendió cuán profundamente los sucesos de hacía cinco años se habían grabado en su corazón.

Él tenía miedo, estaba al borde del colapso.

Él temía que Ming Wan ‘muriera’ como cinco años atrás, temía no poder protegerla como no pudo proteger a Shen Yan.

Ming Wan siempre había creído que palabras como ‘miedo’ y ‘debilidad’ jamás se asociarían con Wen Zhi, él siempre se mantenía en una posición elevada e inaccesible, por eso Ming Wan se atrevió a irse sin ningún remordimiento y pudo enfrentarse a él con tanta valentía…

Pero resultó que nadie nace invulnerable.

“Wen Zhi, escúchame.” – Ming Wan se recompuso, alzando lentamente la mano para abrazar la figura fuerte y alta de Wen Zhi y mirándolo, susurró, palabra por palabra. – “No me iré, estaré bien, me has protegido bien, ¿verdad?”

Habían pasado cinco años, y por primera vez, ella le ofreció un abrazo proactivo. Sus suaves curvas se presionaron contra el duro pecho de Wen Zhi, haciéndolo tensarse por completo y la ira contenida en sus ojos se disipó como nubes que se abren para dejar ver el sol.

“Wen Zhi, estoy aquí, ¿por qué tienes tanto miedo? ¡Tonto!” – Ming Wan intentó suavizar su voz y susurró con un suspiro.

Antes de que terminara de hablar, Wen Zhi la estrechó con fuerza entre sus brazos.

Sus brazos eran fuertes y poderosos, casi la incrustaban en sus huesos, le dolía un poco, le costaba respirar, pero también le proporcionaba una sensación de seguridad sin precedentes.

Wen Zhi bajó la cabeza, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello, con la respiración agitada y cálida.

Ming Wan pensó: ‘Wen Zhi probablemente sea como un gato; solo tengo que acariciarle el pelaje.’

Su mente estaba llena de pensamientos confusos hasta que sintió algo cálido y húmedo que le corría por el cuello hasta deslizarse por el cuello de su blusa; sobresaltada, intentó girar la cabeza instintivamente, pero Wen Zhi la sujetó con fuerza, impidiéndole hacerlo.

Ming Wan pareció comprender algo y se quedó paralizada.

Tras un largo rato, ella levantó suavemente la mano y acarició el cabello negro que caía sobre la nuca de Wen Zhi.

La luz del sol que entraba por la ventana era tenue, y ambos se abrazaron con fuerza, dándose fuerzas el uno al otro tras cinco años de separación.

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