Unos días después.
Me desperté y encendí la lámpara.
—¿Por qué estoy tan cansada?
Apenas había cerrado y abierto los ojos, y ya parecía haber llegado la mañana.
Me incorporé, sintiendo el cuerpo más agotado que el día anterior, y parpadeé con los ojos enrojecidos.
Sacudí la cabeza y me quité la bata para cambiarme de ropa. Después de vestirme, me senté un momento en una silla sencilla, abrí la puerta y salí de la habitación.
Mientras caminaba lentamente por el pasillo, sentí un ligero escalofrío en los brazos.
—¿Está volviendo el invierno?
Una de las ventanas del pasillo estaba abierta.
Al sentir el frío, me froté los brazos, que se me habían puesto de gallina.
Miré a mi alrededor.
—¿Por qué no hay nadie?
Ese día, el ambiente me parecía extrañamente apagado y sombrío.
Incliné la cabeza mientras cerraba las ventanas del pasillo.
«Es igual que siempre. No hay nada extraño».
…¿Eh?
Cerré los ojos y volví a abrirlos.
¿Acaso alguien acababa de susurrarme al oído?
Cerré los ojos una vez más y seguí caminando por el pasillo. Sin embargo, alguien volvió a susurrarme al oído.
«Sigue caminando».
La voz era tan tenue como el zumbido de un insecto, pero, por alguna razón, se sentía extrañamente intensa.
—Meldenique.
—…¿Mayordomo?
Me di la vuelta y miré al mayordomo.
Llevaba un elegante candelabro en la mano. En su superficie había unas inscripciones en un idioma antiguo.
—Hay un lugar al que debe ir.
Sin saber por qué, comencé a caminar, aunque no era mi voluntad hacerlo.
Era como si alguien estuviera controlando mi cuerpo.
Seguí al mayordomo.
De pronto, una voz turbia resonó en mis oídos.
El sonido era tan fuerte e inesperado que me detuve y miré a mi alrededor, sobresaltada.
No había nadie más que el mayordomo, pero aun así podía escuchar aquella voz…
«Algo no está bien».
Cuando empecé a sospechar, el mayordomo, que se había adelantado con el candelabro, se detuvo y me apremió.
—¿Por qué no sigue caminando?
Su expresión era autoritaria, y su actitud no se parecía en nada a la del mayordomo que yo conocía.
En circunstancias normales, le habría preguntado qué estaba pasando e incluso lo habría reprendido.
Pero ahora era diferente.
Por alguna razón, no podía abrir la boca. Era como si todos mis pensamientos se hubieran detenido.
Solo podía respirar superficialmente, con la boca entreabierta.
«Sí, debo seguir adelante. Estoy aquí y es mi deber».
Obligué a mis lentos pasos a alcanzar al mayordomo.
Mientras avanzaba, me pareció escuchar una risa espeluznante que no dejaba de resonar en mis oídos.
Bajé por una escalera de caracol que conducía a través de un pasillo sinuoso y descubrí un almacén subterráneo cuya existencia ni siquiera conocía.
Chirrido…
La puerta del almacén, cuyas bisagras parecían necesitar aceite, emitió un sonido inquietante al abrirse.
La misma voz que había escuchado antes volvió a susurrar, como si me empujara hacia el interior.
«Adelante».
Al mismo tiempo, el mayordomo, que había entrado primero, me hizo una seña.
—Adelante.
Lo miré.
Las comisuras de sus labios estaban extrañamente levantadas.
Por un instante, tuve la ilusión de que su sonrisa se extendía de una manera grotesca, como la de un payaso.
Mi instinto comenzó a gritarme que no debía entrar.
No sabía por qué, pero sentía que algo terrible ocurriría si cruzaba aquella puerta.
—¿Por qué no viene?
—Venga aquí. Ahora mismo.
Mi capacidad para pensar parecía haberse paralizado.
Obedeciendo sus órdenes, di un paso lento hacia delante.
Cuando entré en aquel enorme espacio subterráneo, el ambiente se volvió tan silencioso como el vacío.
En medio de aquel silencio, la voz que llevaba un rato haciéndome cosquillas en los oídos volvió a susurrar, esta vez como si me felicitara.
—Por fin ha llegado el momento de que cumplas plenamente con tu deber.
Di otro paso y murmuré entre dientes:
—¿Mi… deber?
—Tu deber es escribir el futuro.
Mi deber era escribir el futuro.
La puerta se cerró de golpe a mis espaldas, sin darme siquiera tiempo para reaccionar.
Al mismo tiempo, el mayordomo apagó la vela.
La oscuridad, como una espesa niebla negra, me envolvió por completo, como si quisiera devorarme.
Mi conciencia comenzó a desvanecerse.
El mayordomo, que había entrado conmigo, desapareció como si se hubiera disuelto en las tinieblas.
Así transcurrió el tiempo, tic, tac.
La habitación que al principio me había parecido enorme comenzó a encogerse poco a poco, hasta reducirse a un espacio de apenas cinco pyeong.
La puerta por la que había entrado también había desaparecido hacía tiempo.
En aquel espacio oscuro y estrecho, tan pequeño como una caja, respiré con la espalda apoyada contra una de las paredes.
En ese instante…
La extraña voz que había estado controlando mis movimientos volvió a resonar en mis oídos.
«Por favor, siéntate allí».
Mi cuerpo obedeció la orden de manera automática.
Tropecé con las piernas entumecidas y me senté.
«Cierra los ojos también».
Como una sirvienta obediente, seguí las instrucciones de aquella voz.
En cuanto me senté con los ojos cerrados, una cantidad abrumadora de información invadió mi mente.
En el instante en que cerré los ojos, dejé de ser Meldenique Kinnoa, la marquesa atrapada en aquel oscuro espacio.
Me convertí en la persona que había sido en el pasado.
Para ser más precisos, volví a ser una niña pequeña, alguien que podía resultar herida con facilidad.
¿Eran aquellos recuerdos que había intentado olvidar conscientemente?
Construía un pequeño castillo de arena debajo de un columpio.
Eso era todo lo que hacía una niña pobre que vestía una camisa demasiado grande, como si la hubiera sacado de algún lugar, y unos pantalones tan cortos que apenas le cubrían las piernas, combinados con calcetines.
Mientras construía mi castillo de arena en el patio de recreo, varios niños se acercaron a molestarme.
«Es una niña que come tierra».
«¡Si te acercas a ella, se te pegará la pobreza!».
«…Mira, vive en un orfanato. Es una mendiga. Te dije que no te acercaras».
Las personas que me odiaban, las que me acosaban y aquellas situaciones en las que tenía que recoger lo que quedaba después de que todos los demás hubieran terminado…
Parecía que mis recuerdos inconscientes habían sido editados para mostrar únicamente las situaciones incómodas y desafortunadas de mi pasado.
Ni siquiera cuando llegué a la secundaria y a la preparatoria cambió mucho el trato que recibía. La gente seguía diciendo que no quería acercarse demasiado a mí.
Aun así, durante la preparatoria conseguí hacer buenos amigos.
Llevábamos los mismos uniformes escolares, nos tomábamos de la mano, íbamos juntos al quiosco a comprar dulces y compartíamos confidencias.
Pero, al final del tercer año de preparatoria…
Uno de mis amigos se suicidó en la escuela.
«…Parece que sus resultados en el examen de ingreso a la universidad no fueron buenos».
«Pobre…».
Antes de morir, me dejó una carta.
En ella me pedía que viviera también por él, que siguiera adelante con la parte de la vida que él ya no podría vivir.
Así que lo intenté.
Seguí adelante y conseguí entrar como trabajadora contratada en la empresa que había sido mi objetivo.
Pensé que, si trabajaba duro y hacía todo bien, quizá podría convertirme en empleada permanente.
Pero…
—La política de nuestra empresa es que, en principio, los trabajadores contratados no pueden convertirse en empleados permanentes.
No lloré.
Simplemente comprendí que las cosas en este mundo no siempre salían como yo quería.
El día que recibí la notificación de despido, caminé sin rumbo hasta llegar frente a la escuela primaria a la que había asistido de niña.
El saldo de mi cuenta bancaria estaba disminuyendo, pero aun así entré en una papelería para comprar algo barato que pudiera comer.
Hacía mucho tiempo que no entraba en una tienda como aquella.
Mientras contemplaba los estantes cubiertos de polvo, me pregunté si podría encontrar un poco de consuelo en aquel lugar que me recordaba a mi infancia.
La mujer que atendía la papelería me observó con una expresión compleja y sutil antes de hablarme amablemente.
—El negocio no está yendo muy bien… Hoy es el último día que abriremos.
—Ah…
Solo entonces comprendí que aquella mujer también llevaba el peso del tiempo en su rostro.
Sentí que algo dentro de mí se derrumbaba.
Las cosas que me gustaban, los recuerdos que atesoraba… todo estaba desapareciendo.
Sentí que ya no me quedaba nada.
—Toma, te daré este caramelo. Pareces triste, pequeña.
Incluso entonces, seguía habiendo personas amables.
Solté un largo suspiro y asentí con energía.
—…Muchas gracias. Me lo comeré con mucho gusto.
Con el caramelo en la mano, me dirigí al patio de la escuela primaria.
Vi a un grupo de niños jugando al fútbol en el patio. Los observé distraídamente mientras reflexionaba sobre mi propia situación.
«¿Por qué tengo que ser siempre tan infeliz?».
La vida era como un billete de lotería cuyos números nunca coincidían.
Algunas personas nacían en hogares hermosos y caminaban felices por la vida sin mayores preocupaciones.
¿Por qué yo tenía que esforzarme tanto cada vez que me sentía enferma, agotada, frustrada o desesperada?
¿Por qué tenía que tomar el metro abarrotado todas las mañanas y trabajar hasta medianoche, para que al final lo único que me quedara fuera la presión de tener que renunciar?
Quizá mi desgracia no fuera muy distinta de la que sufrían muchas otras personas.
Pero, en aquel momento, me resultaba tan dolorosa que sentía como si una espada me atravesara.
Tal vez por eso, el trauma del que siempre había intentado alejarme terminó alcanzándome y aplastándome.
Y entonces, las lágrimas brotaron.
Me mordí los labios y me sequé las mejillas con una mano.
La verdadera razón por la que siempre había creído que todos los niños merecían ser felices…
Era que mi propia vida nunca había sido feliz.
Deseaba que, al menos, los niños pequeños pudieran serlo.
No tenía ninguna habilidad especial para enseñarles, así que quería dejarles un recuerdo breve y feliz en una papelería frente a una escuela primaria.
Me senté junto al arenero del patio y me pregunté si realmente podría hacer felices a los niños cuando ni siquiera yo había sido feliz.
No podía dejar de darle vueltas a lo mismo.
Fue entonces cuando alguien habló.
—Seguirás viviendo de la misma manera en el futuro.
La voz sonó con claridad, como si intentara lavar mi cerebro.
—Las personas como tú nunca podrán ser felices como los demás. Ni siquiera merecen serlo.
El mensaje era claro: seguiría fracasando, mi vida no tenía ningún valor y jamás podría ayudar a nadie.
—No eres más que una figura insignificante en los márgenes del mundo.
—…No.
Mi voz sonó débil y vacía incluso para mis propios oídos.
—Lo sabes, ¿verdad? Tu vida seguirá siendo insignificante.
Quizá las palabras que resonaban dentro de mi cabeza fueran ciertas.
—No soy especialmente infeliz, pero tampoco soy feliz. Simplemente seguiré viviendo y moriré siendo una figura secundaria en la vida de otra persona.
La voz continuó aplastando mi corazón.
Los viejos dolores que había mantenido ocultos bajo la superficie de mi conciencia me envolvieron como olas.
—En ese caso, ¿por qué no aceptas mi propuesta?
Sus palabras se clavaron en mis oídos como una cuchilla.
—En esta habitación encontrarás paz. Podrás descansar sin sentir dolor ni felicidad.
Como si me estuvieran lavando el cerebro, mi conciencia comenzó a debilitarse cada vez más.
Al escuchar aquellas palabras, sentí que por fin podía descansar.
«Quizá ya sea hora de dejar de luchar…».
—Solo tienes que asentir.
Abrí los ojos, llenos de lágrimas, mientras intentaba resistirme a aquella voz insistente.
—Solo tienes que escribir el futuro aquí para siempre. Te lo pido. No volverás a ser feliz ni infeliz.
Para siempre…
¿Significaba que debía entregarle todo y dejar que decidiera por mí?
Aquellas palabras parecían corroerme poco a poco.
Sin embargo, después de revivir todas las desgracias de mi pasado, mi corazón se había debilitado.
¿Sería por eso?
Como si estuviera poseída, intenté asentir.
Pero, justo en ese instante, escuché un pequeño susurro, tan delicado como el aleteo de una mariposa.
Era una voz tan tenue y frágil que apenas podía oírla…
Una voz que, de no ser por aquel silencio, jamás habría conseguido escuchar.

