Su teléfono vibró de repente; alguien le había enviado un mensaje. Gu Ting lo abrió y vio la foto de perfil de una chica en la pantalla del chat: una joven de dibujos animados en tonos morados, casi idéntica a la foto de pareja que ambos habían compartido durante siete años.
Su mirada se clavó en la pantalla. Ella solo le había escrito dos palabras:
«¿Ah Ting?»
Al leerlas, Gu Ting apretó con fuerza el teléfono en su puño.
Xie Hongyi, a su lado, intuyó que algo no iba bien y se inclinó por puro morbo para fisgar la pantalla.
—Ah Ting, ¿eh? ¿Y esto? —inquirió Xie Hongyi, sorprendido.
Un apelativo tan cariñoso como «Ah Ting» era demasiado íntimo para él; ni siquiera su propio padre lo llamaba así. Sin responder, Gu Ting dio media vuelta y echó a andar.
Xie Hongyi lo siguió a toda prisa.
—¿Adónde vas?
Como no quedaba lejos, Gu Ting no tardó en llegar al negocio de los padres de Wen Ke’an. Al ser mediodía, todos los estofados que Wen Qiangguo había preparado ya se habían agotado y no había clientes esperando.
—¡Vaya, hermano Ting! ¿Así que venimos directo a su casa? —dijo Xie Hongyi con tono burlón.
Gu Ting avanzó, pero justo antes de cruzar el umbral, se le quedó mirando el tatuaje del brazo a Xie Hongyi y soltó en seco:
—Tú no entres.
—…
Gu Ting entró solo mientras su amigo aguardaba a poca distancia. Al notar la entrada de un visitante, Wen Qiangguo se puso en pie y le ofreció una sonrisa amable:
—Lo siento, jovencito, ya se nos agotaron los estofados. Si busca comprar, tendrá que volver por la tarde.
—Hola, tío —saludó Gu Ting, inclinando levemente la cabeza—. No vengo a comprar. Quería saber si Wen Ke’an se encuentra aquí.
Al ver ante sí a un joven apuesto, de buena estatura y modales impecables, la primera impresión de Wen Qiangguo fue muy favorable.
—Debes de ser compañero de An’an. Ella se fue a la escuela hace un rato; allá la puedes encontrar.
—Entendido. Disculpe la molestia, tío.
Cuando Gu Ting hacía ademán de marcharse, Wen Qiangguo lo detuvo:
—Oye, muchacho, espera un segundo. Aún me queda un poco de estofado. Si no te molesta, llévatelo.
Embaló las últimas porciones sobrantes en un recipiente. No era una gran cantidad, pero el aroma era irresistible. Gu Ting lo aceptó con una sonrisa educada.
—Muchas gracias, tío. Que le vaya muy bien con el negocio.
Al salir, se encontró con un Xie Hongyi atónito. Este se aproximó y contempló al muchacho distante e inalcanzable de siempre. ¿De verdad era la misma persona que acababa de ver actuar adentro? Tras unos segundos de silencio, le dedicó un gesto de aprobación con el pulgar:
—Hermano Ting, qué pedazo de actor estás hecho. Te sale clavadito el papel de chico bueno.
—…
Gu Ting no dijo nada, pero cuando dio la vuelta, Xie Hongyi lo oyó murmurar en voz baja, casi para sí mismo:
—Hay que causar una buena impresión a los mayores.
***
Como Wen Ke’an seguía en la escuela, no podían encontrarse de inmediato; sin embargo, al tener ya sus contactos agregados, Gu Ting le escribió diciéndole que la esperaría en la entrada al terminar las clases.
Por primera vez, a ella el tiempo se le hizo eterno. Solo deseaba que las horas volaran y sonara el timbre final.
Por fin concluyó la jornada. Guardó sus cosas a toda prisa y caminó hacia la salida. La entrada estaba concurrida de estudiantes; Wen Ke’an escudriñó los alrededores, pero no vio a Gu Ting por ningún lado.
—¡Prima!
Justo cuando Wen Ke’an se disponía a dar unos pasos más, escuchó una voz a su lado. Se giró por instinto y vio a una joven tras ella. No llevaba el uniforme escolar, por lo que era evidente que no pertenecía al Instituto N.º 1.
—Prima, ¿es que ya no me reconoces? Soy Xing’er.
La chica, bastante maquillada, dio un paso repentino hacia ella, haciendo que Wen Ke’an retrocediera de inmediato. Fue en ese preciso instante cuando logró identificarla: se trataba de Wen Xing’er, la hija de su tío segundo.
Hacía años que no la veía. Li Yueyue, su tía segunda, siempre había sido una mujer clasista e interesada, por lo que casi habían roto todo contacto desde que la familia de Ke’an atravesó problemas económicos. En su vida pasada, tras el accidente automovilístico y el aumento de peso de Wen Ke’an, jamás había vuelto a cruzarse con ella.
—Cuánto tiempo, prima. Mi mamá me dijo que habías logrado bajar de peso, pero no imaginaba que te verías tan guapa —comentó Wen Xing’er, observando el rostro de Wen Ke’an con un matiz inocultable de envidia.
Wen Ke’an siempre había sido bonita de pequeña, pero fue durante la secundaria superior cuando sus facciones alcanzaron su máximo esplendor. Aquello, sumado a sus años practicando danza, le daba un aire distinguido y elegante.
—Gracias —respondió Wen Ke’an con cortesía, marcando una distancia prudente.
—Prima, vine a pedirte un favor —insistió Wen Xing’er—. Mañana por la noche hay un festival en mi escuela y me anoté para bailar, pero me lesioné la pierna y no puedo cancelar la presentación. Tú siempre has sido una bailarina excelente desde niña… ¿no podrías bailar en mi lugar?
—¿Se puede hacer eso? —preguntó Wen Ke’an con calma.
—¡Sí! Puedes usar un velo durante el baile, así nadie verá tu rostro —se apresuró a explicar.
Al notar el silencio de Wen Ke’an, Wen Xing’er simuló estar a punto de romper en llanto, le tiró de la manga y le suplicó:
—Prima, por favor, te lo ruego… ayúdame.
—¿Dónde es?
—¡En la escuela técnica de al lado! —señaló la institución vocacional contigua.
Wen Ke’an reflexionó un momento y acabó asintiendo:
—De acuerdo.
Wen Xing’er radió de alegría.
—¡Muchas gracias, prima! ¡Te busco mañana por la tarde!
Con el asunto resuelto, Wen Ke’an retomó su camino y cruzó la salida. Wen Xing’er se quedó allí, contemplando su figura desde atrás; al fijarse bien, no pudo evitar admitir que hasta su espalda lucía espectacularmente hermosa.
En ese momento, varias chicas con el mismo maquillaje recargado y el cabello teñido se le acercaron. Miraron a Wen Ke’an alejarse y luego se volvieron hacia Wen Xing’er:
—¿Esa es tu carta del triunfo? ¿Crees que funcione?
Wen Xing’er abultó los labios.
—Mi prima estudia danza desde niña y baila de maravilla. Seguro que sale todo bien.
—Nunca imaginé que fuera tan fácil convencerla —comentó una de sus amigas.
Wen Xing’er resopló con desdén:
—Tiene un corazón blando. Siempre me ha ayudado en todo lo que le pido.
—Es tan buena contigo y aun así se la vas a jugar… —comentó otra chica con segundas intenciones.
—Mientras esa gente no se la tome conmigo, me da igual —respondió Wen Xing’er con frialdad—. Además, ella aceptó sola, yo no la obligué a nada.
—…
Apenas caminó un tramo, Wen Ke’an divisó una figura esperándola bajo un frondoso plátano de sombra.
El joven se erguía alto y firme. Todavía no había tenido que atravesar las desgracias que le deparaba el futuro, por lo que aún irradiaba esa vitalidad limpia y entusiasta propia de la juventud.
Wen Ke’an echó a correr hacia él y frenó a escasos pasos. Bajo la sombra del árbol, ambos cruzaron la mirada en silencio.
Era la hora de salida y el flujo de alumnos era constante. Tanto Gu Ting como Wen Ke’an destacaban por su atractivo; la estampa del muchacho apuesto y la joven hermosa hacía que los transeúntes no pudieran evitar voltear a verlos.
Gu Ting dio un par de pasos hacia ella y, con absoluta naturalidad, le retiró la mochila de la espalda.
Wen Ke’an se quedó atónita por un segundo. Era un hábito que él conservaba de su vida pasada: en aquel entonces, la salud de ella era frágil, por lo que jamás la dejaba cargar nada pesado al salir juntos.
Al levantar la vista, vio que su bolso ya estaba colgado del hombro de Gu Ting. Un instante después, una sombra la envolvió ligeramente. Gu Ting se inclinó hacia ella, le tendió la mano con una sonrisa dulce y, con voz pausada y caballerosa, preguntó:
—¿Puedo tomar tu mano?
Ella posó la suya sobre la de él. La alegría en los ojos de Wen Ke’an era inocultable. Lo miró fijamente y susurró:
—Por supuesto.
Apenas terminó de hablar, Gu Ting apresó suavemente su mano pequeña y tibia, entrelazando sus dedos con firmeza.

