PFM 117

 

La voz de Leonid salió áspera, como si le raspara la garganta. Sonaba como el gruñido de una bestia o algo que estaba siendo reprimido a la fuerza.

Yekaterina quería preguntarle qué era lo que ocultaba, pero no tuvo la oportunidad.

Porque al instante siguiente, Leonid la besó.

* * *

Su primera impresión del beso fue.

‘Hace calor.’

En sentido literal.

El cuerpo de Leonid se sentía tan caliente cuando ella lo tocó, que no fue ninguna sorpresa que su boca estuviera igualmente ardiente, si no más.

‘Siento que me estoy derritiendo.’

Cada punto de contacto se sentía como una quemazón. El sonido húmedo y chasqueante de sus labios, su nariz rozando la de ella, su respiración agitada en la mejilla y la mano que le agarraba el brazo.

Sentía como si su calor se le transfiriera directamente a ella.

Su corazón latía con fuerza.

Con cada caricia íntima en sus bocas, una emoción intensa la recorría, despertando un calor profundo en sus pulmones. Se dejó llevar fácilmente por esas provocaciones.

El beso fue dulce, irresistible, tanto que no pudo terminarlo de una sola vez.

Lo que empezó como una iniciación de Leonid pronto se convirtió en Yekaterina suplicando por más. No podía saciarse de aquel acto embriagador.

Ella no sabía que algo tan simple pudiera ser tan estimulante y dulce.

Quizás Leonid era realmente como el fruto prohibido. ¿De qué otra manera un simple beso podría encenderla de esa manera?

Cada vez que sus labios se separaban, ella dejaba escapar un suspiro de frustración. Sin embargo, Leonid no parecía dispuesto a complacer sus deseos. Frunció el ceño y la apartó.

“Ja… Basta. Estás encantado.”

¿Encantado? ¿Por qué?

Ella se lo preguntó, pero sus labios dijeron algo diferente.

«No me importa.»

“Sí me importa.”

Ante sus palabras, los labios de Yekaterina se curvaron hacia abajo. Era evidente que estaba mostrando su descontento.

Pero Leonid se mantuvo firme.

“Esa expresión no me hará cambiar de opinión. Si estuvieras en tus cabales, tal vez, pero…”

“Estoy en mi sano juicio.”

“Sí, claro… Uf.”

Leonid murmuró, pasándose una mano frustrada por el pelo mientras intentaba alejarse.

Pero, por desgracia para él, seguía siendo un hombre herido.

Dio un paso, pero tropezó torpemente y perdió el equilibrio, cayendo desafortunadamente justo encima de Yekaterina.

Sus corazones latían con fuerza, el sonido llenaba el espacio entre ellos: el corazón de Leonid.

«…Maldita sea.»

El hombre maldijo, sabiendo que su ritmo cardíaco acelerado lo había delatado.

Yekaterina le acarició el rostro con las manos.

Pronto, las sombras de las dos figuras entrelazadas cayeron al suelo.

* * *

Tiempo después, dentro de la cueva donde crepitaba el fuego, había uno que dormía y otro que no podía.

‘Así que terminó siendo así.’

Leonid pensó, mirando a Yekaterina, que dormía, con expresión preocupada. Parecía más agotada que nunca.

Ya fuera por lo sucedido hoy o por su contacto, una cosa era segura: la responsabilidad recaía en Leonid en cualquier caso.

‘Maldita sea.’

El recuerdo de lo sucedido antes le cortó la respiración y le subió el calor a la cara. Leonid se pasó la mano por el rostro.

Tras ceder a sus deseos, se habían besado varias veces. Sin embargo, Yekaterina siempre parecía insatisfecha. Resultaba extraño dada su habitual indiferencia.

El verdadero problema era que Leonid, consciente de lo inusual que era la situación, casi había sucumbido a ella.

El atractivo de Yekaterina era más potente de lo que había previsto.

Su bello rostro, sus labios ligeramente hinchados por los besos, sus mejillas sonrojadas y sus ojos relajados eran embriagadores. Pero lo más difícil era su voz.

— Leonid…

Su voz, normalmente tan seca, se había vuelto seductoramente suave, atrayéndolo con cada nota prolongada. Quisiera o no, la forma en que alargaba sus palabras resultaba casi insoportable.

¿De verdad estaba perdiendo la cabeza?

— ¿Tienes mi vida en tus manos?

En el instante en que escuchó esas palabras, se le encogió el corazón. No pudo soportar su mirada inocente que lo traspasaba.

Si Yekaterina hubiera sabido cómo sus palabras le oprimían el corazón, jamás habría hecho tal pregunta.

Leonid sabía perfectamente cómo se llamaba ese sentimiento ante los ojos del mundo. Pero deseaba con todas sus fuerzas negarlo. Si no hubiera pasado nada entre ellos, lo habría rechazado rotundamente y lo habría olvidado rápidamente.

Pero Yekaterina lo miró a los ojos y lo sedujo.

‘Debería haberme resistido.’

Un sentimiento de reproche cruzó su rostro mientras miraba a Yekaterina. Aun cuando se veía irremediablemente atraído por su tentación, jamás podría culparla.

‘¿Cómo pudo hacerlo?’

Todo era culpa de Leonid que ella se hubiera vuelto así.

 

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