RPE 57

Cuando Wen Ke’an notó la expresión inusual de Gu Ting, dio media vuelta con la intención de irse primero. Sin embargo, las largas piernas de Gu Ting la alcanzaron fácilmente y, antes de que pudiera dar unos pasos, la sujetó firmemente de la muñeca.

—¿Adónde vas? —preguntó Gu Ting con voz baja y entretenida.

—Eh… creo que acabo de oír a un estudiante mayor llamándome —dijo Wen Ke’an, mirando a lo lejos mientras entrecerraba los ojos.

Justo cuando iba a hablar de nuevo, escuchó la voz de él:

—¿Lo dijiste a propósito?

Wen Ke’an se tomó un momento para pensar, luego miró a Gu Ting con una expresión de completa inocencia y confusión:

—¿Qué cosa?

Gu Ting sonrió, mirándola fijamente con parsimonia:

—Si quieres llamarme así, hagámoslo en casa.

“……”

Tras un día bastante ajetreado, Gu Ting acompañó a Wen Ke’an de regreso a su residencia universitaria después de cenar en la cafetería.

—Si te resulta incómodo quedarte en el dormitorio, puedes venir a mi casa —dijo Gu Ting, contemplando el edificio con evidente preocupación.

El ambiente en la residencia era sumamente sencillo: no había aire acondicionado, solo un viejo ventilador de techo. Aunque a Wen Ke’an no le molestaba el calor, Gu Ting temía que no se sintiera del todo cómoda.

—Lo sé, no te preocupes —respondió Wen Ke’an sonriendo mientras se frotaba las mejillas con ambas manos—. Iré a verte en unos días. Últimamente mis padres no paran de hacerme videollamadas.

Por motivos de trabajo, Gu Ting no dormía en el campus; le había preparado un departamento muy cerca de la universidad para que ella pudiera mudarse cuando quisiera. Sin embargo, como el semestre acababa de comenzar, sus padres estaban angustiados y la llamaban casi a diario. Wen Ke’an aún no se atrevía a confesarles que prácticamente ya vivían juntos.

—Está bien. Te he comprado algunas cosas, te las traeré en un par de días.

Wen Ke’an se sorprendió:

—¿Qué más compraste?

En los últimos dos días, Gu Ting ya le había enviado multitud de aperitivos y frutas, casi abarrotando la despensa del cuarto.

Gu Ting sonrió de forma misteriosa:

—Lo sabrás cuando lo veas.


La brisa vespertina soplaba suavemente mientras una pequeña luna asomaba en el firmamento.

—Inclínate un poco, tengo algo que decirte —murmuró Wen Ke’an en voz baja, mirándolo fija.

Gu Ting se inclinó obedientemente. Al segundo siguiente, la chica se puso de puntillas y le plantó un suave beso en la mejilla.

“……”

Sintiendo una punzada de vergüenza al notar el paso de otros estudiantes, Wen Ke’an dio un paso atrás y dijo con timidez:

—Deberías volver a descansar, se está haciendo tarde.

Gu Ting la miró fijamente durante un largo instante, con la garganta contrayéndose ligeramente, antes de responder en voz baja:

—De acuerdo.


Cuando Wen Ke’an regresó al dormitorio, lo encontró inusualmente silencioso. La habitación tenía capacidad para cuatro personas y sus otras dos compañeras ya habían llegado.

Una de las nuevas chicas, a quien Wen Ke’an no conocía, estaba desempacando. La otra no se encontraba presente; sin embargo, Wen Ke’an notó que el escritorio junto a la nueva compañera estaba repleto de productos de lujo extremadamente costosos.

Wen Ke’an se acercó a Sha Yi y le preguntó en un susurro:

—¿Qué ocurre?

Sha Yi vaciló un momento antes de responder muy bajito:

—La nueva compañera de cuarto que llegó hoy es Shi Chu.

—¿Shi Chu? —Wen Ke’an sintió que el nombre le sonaba familiar.

—No sé si lo viste, pero ella salió en aquel programa de telerrealidad sobre transformaciones de jóvenes —explicó Sha Yi—. Su episodio se grabó en nuestro pueblo.

Al oír eso, Wen Ke’an logró recordar. El padre de Shi Chu era un empresario de renombre en el país y ella era la única heredera del grupo. Además, Wen Ke’an tenía cierto recuerdo previo de ella: en su vida anterior había coincidido con Shi Chu en un evento, y recordaba que tiempo después el padre de la chica falleció, mientras que la propia Shi Chu fue incriminada y pasó cinco años en prisión.

—Shi Chu sigue pareciendo exactamente igual que antes, no ha cambiado en absoluto —susurró Sha Yi.

Apenas terminó de hablar, la puerta de la habitación se abrió. Entró una chica vestida con un atuendo negro, el cabello corto hasta los hombros y un maquillaje recargado con sombras oscuras en los ojos, transmitiendo un aire bastante distante.

Tras entrar, Shi Chu las miró a todas y dijo con indiferencia:

—Alguien vendrá a ayudarme a organizar mis cosas más tarde. ¿Les molesta?

Sin esperar respuesta, añadió:

—Es un chico.

—Está bien, supongo… —respondió Sha Yi en voz baja, sin atreverse a negarse.

—No se queden demasiado tiempo; la residencia cierra a las diez —comentó Wen Ke’an de manera serena.

Shi Chu asintió:

—De acuerdo.

Enseguida sacó su teléfono y le dijo a alguien al otro lado de la línea con tono áspero:

—¿Vas a venir o qué? Si no estás aquí en diez minutos, ni te molestes.

Con Shi Chu en la habitación, el ambiente se volvió pesado. Tanto Sha Yi como la otra compañera desconfiaban claramente de ella, manteniéndose en silencio y concentradas en sus propias cosas.

En menos de cinco minutos, el chico llegó para ayudar a Shi Chu con sus pertenencias. Al verlo, a Sha Yi se le abrieron los ojos de par en par. Wen Ke’an también se llevó una sorpresa: al principio pensó que Shi Chu habría llamado a algún sirviente de su familia, pero este joven se veía completamente distinto. Vestía una camisa blanca impecable, tenía la piel clara y emanaba una actitud despreocupada.

—Ese es el mejor puntaje de la evaluación de nuestra provincia —le susurró Sha Yi a Wen Ke’an momentos después, impresionada—. Normalmente es superreservado y casi no habla con nadie. No puedo creer que haya venido a ayudar a Shi Chu con sus maletas.

Mientras Shi Chu salía al balcón a fumar, el chico organizaba tranquilamente sus pertenencias. Wen Ke’an se le quedó mirando, sintiendo que su cara le resultaba conocida, aunque no lograba ubicar de dónde.


Al comenzar las clases, dio inicio el entrenamiento militar obligatorio. La intensidad del primer día no fue excesiva y el instructor se mostró bastante amable, concediéndoles descansos frecuentes.

Tras la sesión de la tarde, Wen Ke’an estaba hambrienta, por lo que fue a cenar a la cafetería más cercana junto con Sha Yi. Como Sha Yi era muy tímida y no hablaba demasiado, miraba su teléfono mientras comía para romper el hielo. Al cabo de un rato, alzó la vista hacia Wen Ke’an y susurró:

—An’an… tú y tu hermano aparecieron en el muro de confesiones del campus.

—¿Ah? —Wen Ke’an se inclinó hacia la pantalla de Sha Yi—. Déjame ver.

En la página del muro, un chico le había dejado una declaración a ella, mientras que en la publicación de al lado, una chica se le declaraba a Gu Ting. Las dos publicaciones estaban estratégicamente juntas.

El grupo de entrenamiento de Gu Ting estaba en el campo oeste, mientras que el de ella se encontraba en el campo este, bastante alejados el uno del otro.

Tras pensarlo un segundo, Wen Ke’an aclaró con absoluta seriedad:

—En realidad es mi novio.

—¿Qué? —Sha Yi se quedó helada—. ¿Cómo?

Wen Ke’an señaló la foto de Gu Ting y le explicó:

—Sí, es mi novio.

Sha Yi se desconcertó aún más:

—¿Me estás diciendo que tu hermano es tu novio?

A Wen Ke’an le causó mucha gracia la cara de asombro de su compañera:

—Hablo en serio; no es mi hermano biológico, no tenemos ningún lazo de sangre.

Sha Yi finalmente lo comprendió y se dio palmaditas en el pecho, aliviada:

—Casi me da un ataque del susto.


Avanzado septiembre, el otoño empezaba a sentirse y las noches se volvían frescas. Como las clases recién comenzaban, los alumnos disponían de tiempo libre por las tardes, por lo que muchos salían al patio a distraerse.

Wen Ke’an estaba sentada en un banco junto al sendero, con una pierna descansando sobre el regazo de Gu Ting mientras él le daba un masaje.

—¿Qué tal? ¿Te duele menos? —preguntó Gu Ting en voz baja, mirándola a los ojos.

—La técnica de masaje de Gu Ting mejora día a día —elogió Wen Ke’an con una sonrisa.

La intensidad del entrenamiento militar había sido dura y, tras pasar todo el día de pie, aún sentía calambres en las piernas. Gu Ting sabía que su cuerpo era delicado y no aguantaría tanta exigencia, por lo que cada noche se aseguraba de masajearla.

Como la residencia cerraba a las diez, no podían prolongar mucho la cita. Gu Ting la acompañó hasta la entrada a las nueve y media.

—Ve a descansar temprano, ¿sí?

—Entendido. —Viendo que no había muchos estudiantes alrededor de la puerta, Wen Ke’an se armó de valor, le rodeó el cuello con los brazos, le di un rápido beso en los labios y le sonrió—: ¡Tú también!

Una vez que Wen Ke’an entró al edificio, Gu Ting se dio media vuelta para marcharse, pero fue interceptado de golpe por el mismo chico que días atrás le había pedido el contacto de Wen Ke’an. El mucho parecía no haber tirado la toalla.

Con una expresión incrédula, el chico le preguntó a Gu Ting:

—¿Ustedes dos… son pareja?

—Mm —admitió Gu Ting, estando de un humor inusualmente bueno esa noche.

Los ojos del chico se abrieron de par en par:

—¿Pero no se supone que eres su hermano?

Gu Ting guardó silencio un instante antes de responder con tono pausado y burlón:

—¿Y acaso por ser su hermano no podemos estar juntos?


……

En lo que parecía un día cualquiera de entrenamiento militar, Wen Ke’an acababa de romper filas y se disponía a salir del terreno cuando un chico se le acercó de repente. El joven tenía rasgos delicados y parecía tan nervioso que ni siquiera podía sostenerle la mirada.

—¿Pasa algo? —preguntó Wen Ke’an amablemente.

El chico dudó unos segundos, pero finalmente reunió el valor necesario para soltar:

—Compañera… el incesto no lleva a nada bueno. Espero que lo pienses con racionalidad.

Wen Ke’an:

—¿?

Tras todos esos días, Wen Ke’an finalmente cayó en la cuenta de las graves consecuencias de haberlo llamado «hermano» con tanta desenvoltura frente a todos.

Cuando Gu Ting fue a verla esa misma noche, la encontró sumida en sus pensamientos con cara de pocos amigos.

—¿Alguien te molestó? —Gu Ting se sentó a su lado y, con total naturalidad, le tomó la mano para acariciarla suavemente.

—No debí haberte llamado hermano —dijo Wen Ke’an con un profundo tono de arrepentimiento.

—¿Eh?

—Ahora medio campus piensa que estoy saliendo con mi hermano biológico —explicó Wen Ke’an con impotencia—, ¡hasta vinieron a pedirme que no cometa incesto!

Gu Ting soltó una carcajada:

—Está bien, mientras estemos juntos no me importa lo que digan.

—¡A mí sí me importa! —protestó Wen Ke’an—. Tengo que encontrar la forma de aclarar esto.

—¿Qué tal si yo también publico algo en el muro de confesiones? —sugirió Gu Ting con una sonrisa traviesa.

Wen Ke’an lo observó en silencio durante unos segundos. Al ver esa sonrisa en sus labios, intuyó de inmediato que tramaba alguna locura.

—Ni hablar —negó ella con la cabeza.

—¿Entonces qué quieres hacer? —preguntó él, sin perder la sonrisa.

Wen Ke’an reflexiónó un instante y, de repente, le pellizcó la mejilla mientras sus ojos se entornaban de risa:

—¿Y si cambias la forma en que me llamas y me dices «hermana» a mí?

Gu Ting:

—¿?

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