Su risa permaneció en sus oídos: una sensación extrañamente cosquillosa.
Desde el incidente del callejón, Kazhan había empezado a visitar a Ysaris sin que nadie se lo pidiera. Aunque no tenía un motivo en particular, ella suspiraba exasperada ante su mirada silenciosa y le servía té de todos modos.
A pesar de lo que pudiera parecer —una reunión de estudiantes con tanta frecuencia—, no surgió ningún escándalo. Ysaris era la presidenta del consejo estudiantil, y no le faltaban visitantes, aparte de Kazhan.
Durante mucho tiempo corrieron rumores de que la princesa buscaba reclutar a su propio séquito. Un noble caído como Caín Jenut, sin conexiones pero con una esgrima excepcional, era el candidato ideal.
Aunque ambos mantenían su amistad, corrían rumores de que Jenut finalmente había abierto su corazón. Se convertirá en su caballero.
Ysaris lo estudió y luego sonrió suavemente.
Su respuesta, sin mentiras ni excusas, fue sorprendentemente pura. Kazhan miró fijamente a esta princesa que lo trataba como a un igual bajo el pretexto de la amistad.
Lo arrastraba a todas partes, amontonándolo sobre él nuevas experiencias. A pesar de sus obligaciones en el consejo estudiantil, le dedicaba tiempo, con el pretexto de que necesitaba una escolta en la que pudiera confiar antes que a los caballeros reales.
La primera noche del año nuevo, tras escapar de un banquete, una Ysaris algo achispada se burló de Kazhan por cumplir veinte años, y luego bebió copas de vino hasta desplomarse. Un lapsus poco común para alguien con tan poca tolerancia.
En primavera, celebró su cumpleaños (algo que nadie había hecho desde su llegada a Pyrein) y le regaló una espada magistralmente elaborada para su cadera.
Para Kazhan, Ysaris seguía siendo un enigma. Por mucho que la observara, no encontraba defecto alguno en su humanidad.
Bueno, a menos que contara su torpeza ocasional, o su forma dramática de suspirar delante de él, o sus faltas de decoro. Como aquella vez que gritó después de que la subió a un árbol que la había maravillado.
En todo caso, esas cosas sólo la hacían más…
Con cada día que pasaba, Kazhan desentrañaba nuevas verdades a través de Ysaris. Palabras que nunca había entendido ni sentido ahora cobraban forma.
Linda. Bonita. Elegante. Radiante. Preciosa. Encantadora.
Amada.
Todas convergiendo ante un único nombre: Ysaris Chernian.
¿Cómo no? Ella fue quien se las enseñó.
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